PARTE 2: LA SEGUNDA ESPOSA QUE ETHAN HABÍA PREPARADO DURANTE CINCO AÑOS

—Salgan de mi casa.

Ethan me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—Maya, cálmate.

—Estoy perfectamente tranquila.

Señalé la puerta.

—Tú dijiste que Julia era como una hermana.

Luego la miré.

—Y tú sabías que estaba casado conmigo.

Julia levantó la barbilla.

—Un matrimonio sin amor no significa nada.

Aquello terminó de aclarármelo todo.

—Perfecto.

Tomé mi teléfono.

—Entonces ninguno tendrá problema con que mañana solicite el divorcio.

Ethan palideció.

—No puedes hacer eso.

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—Quiero decir que no necesitamos llegar tan lejos.

Casi me reí.

El hombre había celebrado una boda con otra mujer.

Pero mi divorcio le parecía excesivo.

Julia le agarró el brazo.

—Déjala. Es lo que queríamos.

Ethan se volvió hacia ella con tanta brusquedad que Julia soltó su manga.

—Cállate.

Ese gesto me hizo detenerme.

Julia también pareció sorprendida.

—¿Qué pasa?

Ethan no respondió.

Y entonces comprendí algo.

Él quería una segunda mujer.

Pero no quería perder a la primera.

¿Por qué?

La respuesta llegó al día siguiente.

Mi abogado revisó nuestras propiedades.

La casa estaba a mi nombre.

También dos locales comerciales que había heredado de mi madre.

Pero había algo que yo desconocía.

Cinco años atrás, Ethan había utilizado uno de esos locales como garantía para un préstamo empresarial.

—Eso es imposible —dije—. Nunca firmé nada.

Mi abogado deslizó una copia.

La firma parecía mía.

No lo era.

El préstamo inicial había sido de 180.000 dólares.

Después aparecieron renovaciones.

Ampliaciones.

Garantías adicionales.

En total, más de 600.000.

—¿Dónde fue el dinero?

—A Parker Development.

La empresa de Ethan.

Pero una parte había terminado en otra compañía.

JH Holdings.

—¿Julia?

Mi abogado asintió.

Julia Hayes.

Sentí una calma extraña.

Cinco años.

Exactamente el tiempo que llevaban juntos.

La boda no era el comienzo de su relación.

Era la celebración de un negocio que yo llevaba años financiando sin saberlo.

Presentamos inmediatamente la impugnación de las firmas y solicité el divorcio.

Ethan apareció aquella misma noche.

Solo.

—Necesitamos hablar.

—Habla desde ahí.

No le permití entrar.

—Julia no sabe nada de los préstamos.

—Eso no mejora tu situación.

—Cometí errores.

—Celebraste una boda mientras seguías casado.

—No fue legal.

—Qué alivio.

Apretó la mandíbula.

—Su padre me salvó cuando mi empresa estaba quebrada.

—¿El padre muerto frente a cuyo retrato lloraba ayer?

Ethan dejó de respirar.

Lo vi.

—¿Qué?

—Nada.

—No.

Me acerqué.

—¿Qué acabas de intentar ocultar?

—El padre de Julia murió hace tres años.

—¿Seguro?

Ethan guardó silencio.

Al día siguiente regresé al pueblo.

Pregunté por los padres de Julia.

Su madre sí había muerto.

Su padre, Samuel Hayes, supuestamente también.

Pero nadie había asistido a su entierro.

No hubo cuerpo.

Solo una urna cerrada.

Encontré algo más.

Samuel había sido socio de mi padre.

Antes de que mi padre muriera.

Cuando se lo conté a mi abogado, pidió revisar documentos antiguos de mi herencia.

Tres días después me llamó.

—Maya, ven.

Había encontrado un fideicomiso.

Mi padre había colocado los dos locales y otros activos dentro de una estructura patrimonial que yo controlaría completamente al cumplir treinta y cinco años.

Mi cumpleaños era dentro de seis semanas.

Pero existía una condición extraña.

Si moría casada y sin hijos, parte de la administración temporal recaería en mi cónyuge.

Ethan.

Sentí un escalofrío.

—¿Él sabía esto?

—Alguien consultó el fideicomiso desde su empresa hace cuatro años.

Cuatro años.

Mientras Ethan me decía que nunca le importaría mi herencia.

Pero todavía faltaba explicar a Julia.

Entonces recibí un mensaje suyo.

“Necesito hablar contigo sin Ethan.”

Nos encontramos en una cafetería.

Ya no parecía la novia orgullosa.

Parecía aterrorizada.

—Ethan me mintió.

—Eso no es precisamente una revelación.

—No sobre ti.

Puso una carpeta sobre la mesa.

—Sobre mi padre.

Samuel Hayes estaba vivo.

Julia lo sabía.

Su falsa muerte había servido para ocultarlo de varios acreedores.

—¿Entonces por qué llorabas frente a su retrato?

Bajó la mirada.

—La gente del pueblo cree que murió. Mi padre insistió en que siguiéramos representándolo.

—¿Y Ethan?

—Siempre lo supo.

Julia sacó varios mensajes.

Samuel había organizado gran parte de su relación con Ethan.

Incluso había pagado la casa donde ambos pensaban vivir después de aquella boda falsa.

Pero un mensaje me heló.

“NO PERMITAS QUE ETHAN SE DIVORCIE LEGALMENTE DE MAYA TODAVÍA.”

—¿Por qué? —pregunté.

—Eso mismo quiero saber.

Seguimos leyendo.

La respuesta estaba tres mensajes después.

“FALTAN SEIS SEMANAS PARA QUE SE ACTIVE EL FIDEICOMISO.”

Me quedé inmóvil.

Julia me miró.

—Maya, yo pensaba que Ethan seguía contigo porque era cobarde.

—No.

—Te necesita casada con él.

Asentí.

Y entonces apareció algo peor.

Samuel hablaba de un documento que Ethan debía conseguir antes de mi cumpleaños.

“LA FIRMA DE MAYA DEBE ESTAR EN LA CESIÓN ANTES DEL DÍA 14.”

Era la transferencia de mis derechos patrimoniales.

Julia empezó a llorar.

—Yo no sabía nada de esto.

—Pero sabías que era mi marido.

No respondió.

—No confundas descubrir que también te engañaba con convertirte en inocente.

Me levanté.

Aquella tarde entregamos toda la documentación al abogado.

Pero antes de irme, Julia dijo algo.

—Hay otra cosa.

Me giré.

—Mi padre conocía a tu madre.

Sacó una fotografía antigua.

Samuel Hayes estaba junto a mis padres.

Y entre ellos había un niño.

Ethan.

Tendría unos ocho años.

—Ethan me dijo que conoció a tu familia cuando empezó a salir contigo.

—Eso creía.

En el reverso alguien había escrito:

“PARKER — SEGUNDA FASE CUANDO MAYA SEA MAYOR DE EDAD.”

Sentí que se me helaban las manos.

Ethan no había aparecido casualmente en mi vida.

Alguien lo había colocado allí.

Llamé a mi abogado.

—Necesito que investigues a Samuel Hayes desde antes de que yo conociera a Ethan.

Su respuesta llegó esa misma noche.

—Encontré algo.

Samuel no había sido simplemente socio de mi padre.

Había administrado temporalmente el fideicomiso después de su muerte.

Y fue expulsado cuando desaparecieron casi dos millones de dólares.

Mi padre había presentado una denuncia.

Tres días después sufrió el accidente que lo mató.

Entonces llamaron a mi puerta.

Miré por la mirilla.

Ethan.

Pero no estaba solo.

A su lado había un hombre mayor.

Reconocí inmediatamente el rostro del retrato de la boda.

Samuel Hayes.

Abrí únicamente la cadena de seguridad.

—¿Qué quieren?

Samuel me observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Tienes los ojos de tu madre.

—Aléjese de mi casa.

—Primero deberías escuchar por qué Ethan nunca podía divorciarse de ti.

—Ya lo sé. El fideicomiso.

Samuel negó.

—Eso es solo dinero.

Ethan estaba completamente pálido.

—Samuel, basta.

El hombre continuó.

—Tu padre descubrió algo antes de morir, Maya.

Sacó un sobre envejecido.

Dentro había un certificado.

Mi certificado de nacimiento.

Pero el nombre del padre no era el hombre que me había criado.

Decía:

SAMUEL HAYES.

Miré al hombre frente a mí.

Luego a Ethan.

—Esto puede ser falso.

—Por supuesto —respondió Samuel—. Haz una prueba.

Ethan dio un paso atrás.

Entonces entendí por qué parecía más asustado que yo.

—¿Tú sabías esto?

No respondió.

—¿ETHAN?

Samuel soltó una risa amarga.

—Lo descubrió hace cinco años.

Exactamente cuando había comenzado su relación con Julia.

Miré a Ethan.

Luego a Samuel.

Después comprendí la implicación.

Si aquel documento era auténtico, Julia y yo compartíamos padre.

Éramos hermanas.

Y Ethan llevaba cinco años manteniendo relaciones paralelas con ambas mientras Samuel dirigía el juego desde las sombras.

Pero Samuel todavía sostenía otro documento.

—Hay algo que ninguno de ustedes sabe.

Miró a Ethan.

—Tú tampoco eres un Parker.

Ethan quedó inmóvil.

Samuel deslizó una segunda partida de nacimiento por la abertura de la puerta.

La recogí.

Leí el nombre de la madre.

Luego el del padre.

Y sentí que el mundo se inclinaba.

SAMUEL HAYES.

Levanté la vista lentamente.

—No.

Samuel negó.

—Ese registro fue manipulado.

—¿Entonces por qué traerlo?

—Porque alguien quería que pareciera que Ethan era mi hijo.

Sacó una fotografía tomada en el hospital hacía treinta y cuatro años.

Dos recién nacidos.

Dos pulseras.

PARKER.

HAYES.

Y una anotación escrita a mano:

“INTERCAMBIO COMPLETADO.”

Ethan dejó de respirar.

Samuel me miró.

—Tu padre murió intentando demostrar qué niño salió realmente de aquel hospital.

Luego señaló a Ethan.

—Y si quieres saber por qué tu marido apareció en tu vida años después, Maya, no empieces investigando su aventura con Julia.

Hizo una pausa.

—Empieza preguntando quién decidió, cuando Ethan todavía era un bebé, que algún día tendría que casarse contigo.

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