PARTE 2: EL PROYECTO BERLÍN NUNCA FUE UN VIAJE DE NEGOCIOS

Samuel cerró la puerta de mi oficina.

No se sentó.

—Hay algo que no te he contado.

Deslicé hacia él la carpeta.

—Entonces empieza.

Samuel abrió el Proyecto Berlín.

—Los desvíos existen. Pero no empezaron hace seis meses.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro años.

Sentí un escalofrío.

Cuatro años.

Exactamente cuando Adrián y yo nos casamos.

Samuel señaló varias transferencias.

—Mira los destinatarios.

Empresas distintas.

Luxemburgo.

Suiza.

Singapur.

Pero todas terminaban en el mismo fideicomiso.

CROWN MERIDIAN TRUST.

—¿De quién es?

—Eso intenté averiguar.

Samuel sacó otra hoja.

—Hasta esta mañana.

Leí el nombre del beneficiario.

CLARA XU.

Lo miré.

—Nunca he oído hablar de esto.

—Lo sé.

—¿Cuánto dinero tiene?

—Más de ochocientos millones.

Se me secó la boca.

—Eso es absurdo.

—Hay algo más extraño.

Samuel pasó otra página.

—Los fondos no salieron originalmente del Grupo Cheng.

—¿Entonces?

—Salieron de Xu International.

El nombre de la empresa de mi padre.

La compañía que había quebrado cuando yo tenía diecinueve años.

Mi padre murió poco después.

Las deudas consumieron casi todo.

O eso me habían dicho.

—¿Cómo terminó mi dinero en manos de Adrián?

—Esa es la pregunta correcta.

Mi teléfono vibró.

Mensaje de Adrián.

“Estoy tomando el primer vuelo.”

Lo ignoré.

Samuel continuó.

—El abuelo de Adrián compró parte de los activos de tu familia después de la quiebra.

—Eso lo sabía.

—Pero no los compró.

Levanté la vista.

—Los administró.

Sacó un contrato de hacía doce años.

Mi padre había colocado acciones, patentes y propiedades en un fideicomiso temporal.

La familia Cheng actuaría como custodio.

Hasta que yo cumpliera treinta años.

Mi cumpleaños había sido siete meses atrás.

Un mes antes de que Adrián se marchara a Berlín.

—¿Por qué nadie me entregó nada?

Samuel guardó silencio.

Ya sabía la respuesta.

—Adrián.

—Su firma aparece en una extensión del fideicomiso.

—¿Puede extenderlo sin mi autorización?

—No.

La página siguiente llevaba mi firma.

Era falsa.

Me quedé mirándola.

No lloré.

Ya había gastado demasiadas lágrimas en aquel hombre.

—¿Y Elena?

Samuel abrió otro archivo.

Elena Qiao figuraba como directora administrativa de Crown Meridian Europe.

—Entonces no era una amante acompañándolo en un viaje.

—No solamente.

El Proyecto Berlín era una reestructuración.

Si se completaba, varios activos del fideicomiso pasarían a sociedades europeas.

Una vez transferidos, recuperarlos sería mucho más difícil.

—Por eso necesitaba el portafolio.

Samuel asintió.

—Contiene la autorización original de tu padre.

La única copia certificada que demuestra que los Cheng eran custodios, no propietarios.

Entonces entendí.

Adrián no había recordado a su esposa.

Había recordado la llave.

—¿La auditoría puede detener la transferencia?

—Temporalmente.

—Hazlo.

Samuel no se movió.

—Clara, antes necesitas saber otra cosa.

Sacó una fotografía.

Adrián y Elena salían de un edificio en Berlín.

No era un hotel.

Era una clínica privada.

La fecha era de hacía cinco meses.

—¿Qué hacían allí?

Samuel dejó un expediente médico delante de mí.

—No pude obtener detalles clínicos. Solo documentación corporativa relacionada con pagos.

Crown Meridian había pagado una cantidad enorme a aquella clínica.

Beneficiaria:

Elena Qiao.

Concepto:

“Programa de preservación familiar.”

Mi estómago se contrajo.

—¿Está embarazada?

—No lo sé.

Y no necesitaba saberlo para tomar mi decisión.

—Eso es asunto suyo.

Samuel pareció sorprendido.

—¿No quieres averiguarlo?

—Quiero recuperar lo que pertenece legalmente a mi familia y entregar las pruebas correspondientes.

Cerré el expediente.

—Lo que Adrián haga con Elena ya no es mi matrimonio.

Dieciocho horas después, Adrián aterrizó.

No fue a casa.

Fue directamente a mi oficina.

Entró sin anunciarse.

Tenía la misma ropa con la que probablemente había subido al avión.

Nunca lo había visto así.

—¿Dónde está Samuel?

—Buenos días.

—Clara.

—Sigues sin saber saludar.

Golpeó la carpeta contra mi escritorio.

—Congelaste las operaciones europeas.

—La auditoría las congeló.

—Por información que tú entregaste.

—Información que encontré en una caja fuerte dentro de la casa donde vivía.

Adrián se inclinó hacia mí.

—No entiendes lo que estás haciendo.

—Explícamelo.

—Proyecto Berlín no estaba robándote dinero.

—Entonces ¿por qué falsificaste mi firma?

Se quedó callado.

—Eso pensé.

—Intentaba proteger los activos.

—¿De quién?

Otra pausa.

—De tu familia.

Solté una risa.

—Mi padre está muerto.

—Tu padre sí.

La forma en que lo dijo me hizo detenerme.

—¿Qué significa eso?

Adrián cerró la puerta.

—Xu International no cayó por malas inversiones.

—Eso ya lo sospecho.

—Tu padre descubrió que alguien estaba vaciando la empresa.

—¿Quién?

—Tu madre.

Sentí que algo me golpeaba por dentro.

—Mi madre murió cuando yo tenía ocho años.

—Eso te dijeron.

No respiré.

Adrián sacó su teléfono.

Me mostró una fotografía tomada en Berlín.

Una mujer de espaldas.

Cabello oscuro.

Abrigo blanco.

Elena caminaba a su lado.

—¿Quién es?

—Mei Xu.

Mi madre se llamaba Mei Xu.

—No.

—Está viva.

Lo miré fijamente.

—¿Y esperas que crea que desapareciste seis meses con Elena para protegerme de mi madre muerta?

—No.

Adrián guardó el teléfono.

—Espero que entiendas por qué necesitaba los documentos antes de que ella los consiguiera.

—¿Elena trabaja para mi madre?

—Trabajaba.

—¿Y ahora?

Su mandíbula se tensó.

—No estoy seguro.

Eso sí me sorprendió.

—¿Qué ocurrió en Berlín?

—Descubrimos que alguien dentro del Grupo Cheng estaba enviando información a Mei.

—¿Por eso no regresaste?

—Por eso no podía decirte nada.

—Podías decirme que seguías vivo.

Bajó la mirada.

—Sí.

Fue la primera vez que no intentó justificarse.

—Podías preguntarme cómo estaba.

—Sí.

—Podías no aparecer fotografiado con Elena como si fueras soltero.

—Sí.

—Podías no falsificar mi firma.

Adrián cerró los ojos.

—Sí.

Me levanté.

—Entonces no confundas secretos empresariales con permiso para destruir nuestro matrimonio.

—Clara…

—El divorcio sigue siendo válido.

Eso pareció afectarlo más que los cientos de millones congelados.

—No volví para discutir el divorcio.

—Perfecto.

—Volví porque alguien intentó matar a Elena anoche.

Me quedé quieta.

—¿Qué?

—Manipularon los frenos de su coche.

No dije nada.

—Antes del accidente me envió un archivo.

Adrián colocó una memoria sobre la mesa.

—¿Qué contiene?

—Una grabación de tu padre.

—Mi padre murió hace once años.

—La grabación tiene fecha de hace tres meses.

El aire cambió.

Samuel entró justo entonces.

Vio a Adrián.

Luego la memoria.

—No la conectes.

Adrián se giró.

—¿Por qué?

Samuel parecía pálido.

—Porque acabamos de encontrar otra copia.

—¿Dónde?

—En el portafolio marrón.

Lo abrimos.

El doble fondo era casi invisible.

Dentro había una tarjeta de memoria y una fotografía.

Mi padre aparecía sentado frente a una ventana.

Más viejo.

Mucho más viejo de lo que había sido cuando supuestamente murió.

A su lado estaba mi madre.

Viva.

La fecha impresa era de hacía cuatro meses.

Pero había una tercera persona.

Elena.

Los tres miraban a cámara.

En el reverso, mi padre había escrito:

“Clara, si estás viendo esto, significa que Adrián finalmente perdió el control del Proyecto Berlín.”

Adrián dejó de respirar.

Seguí leyendo.

“No confíes en Samuel Torres.”

El silencio cayó sobre la oficina.

Levanté lentamente la mirada.

Samuel no parecía sorprendido.

Eso fue peor.

—Samuel.

Él cerró la puerta con llave.

Adrián se colocó inmediatamente entre nosotros.

—Aléjate de ella.

Samuel soltó una risa cansada.

—Seis meses en Berlín y todavía no lo entendiste.

—¿Entender qué?

Samuel me miró.

—Que Proyecto Berlín nunca tuvo como objetivo sacar el patrimonio de Clara.

Sacó un documento de su maletín.

Lo dejó delante de mí.

Era el acta fundacional de Crown Meridian Trust.

Beneficiaria: Clara Xu.

Protector del fideicomiso: Samuel Torres.

Pero debajo aparecía otra cláusula.

“En caso de fallecimiento o incapacidad de la beneficiaria, el protector asumirá control provisional de todos los activos.”

Sentí frío.

—¿Por qué tienes ese poder?

Samuel no respondió.

Adrián sí.

—Porque él redactó el fideicomiso.

Miré a Samuel.

—Eso fue hace doce años.

Yo tenía dieciocho.

Samuel parecía casi igual de edad que ahora.

—¿Cuántos años tienes?

—Esa no es la pregunta que deberías hacer.

—Entonces dime cuál es.

Samuel señaló la fotografía de mis padres.

—Pregúntate por qué tu padre confiaría ochocientos millones a un hombre que tú supuestamente conociste por primera vez después de casarte.

No pude moverme.

—¿Quién eres?

Por primera vez, Samuel dejó de sonreír.

—El hombre al que tu padre encargó vigilarte.

Adrián apretó los puños.

—¿Desde cuándo?

Samuel me sostuvo la mirada.

—Desde el día en que Clara nació.

Sentí que el corazón se detenía.

—Eso es imposible.

Samuel abrió su cartera.

Sacó una fotografía antigua.

Mi padre sostenía a una recién nacida.

Yo.

A su lado estaba Samuel.

Exactamente igual que ahora.

Sin una arruga más.

Sin un año encima.

En el reverso había una fecha de treinta años atrás.

Y una frase escrita por mi padre:

“Si Mei vuelve por nuestra hija, Samuel sabrá qué hacer.”

Miré otra vez al hombre que llevaba años creyendo que era simplemente el vicepresidente ejecutivo del Grupo Cheng.

—¿Quién eres realmente?

Samuel guardó silencio.

Entonces Adrián miró la fotografía y susurró:

—Clara…

—¿Qué?

Señaló al hombre situado detrás de mi padre.

Yo no lo había visto.

Era Adrián.

Más joven.

Pero indiscutiblemente Adrián.

La fotografía tenía treinta años.

Mi exmarido tenía treinta y cuatro.

Y, según aquella imagen, había conocido a mi familia cuando apenas debería haber sido un niño.

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