PARTE 2: LA BOFETADA QUE LE COSTÓ MUCHO MÁS QUE UN MATRIMONIO

La abogada respondió al tercer tono.

—Despacho Ferrer y Asociados.

—Quiero divorciarme.

Otro golpe hizo temblar la puerta.

—Y necesito que escuche esto.

Acerqué el teléfono.

—¡Cuando salgas te voy a romper la otra pierna! —rugió Marcos desde el pasillo.

Hubo un breve silencio.

—Señora, ¿está usted en peligro inmediato?

—Sí.

—No abra la puerta. Voy a contactar con emergencias mientras seguimos hablando.

Dieciocho minutos después llegaron la policía y una ambulancia.

Cuando salí de la habitación, Marcos estaba siendo atendido por las quemaduras.

Al verme, Carmen señaló hacia mí.

—¡Deténganla! ¡Intentó matar a mi hijo!

No discutí.

Entregué mi teléfono.

La grabación empezó con el golpe contra la puerta.

Después llegaron los insultos.

Las amenazas.

Y finalmente la voz de Marcos diciendo que iba a matarme.

La sonrisa de Carmen desapareció.

—Eso está manipulado.

—Entonces quizá esto también.

Señalé la cámara instalada sobre la entrada del comedor.

Todos levantaron la cabeza.

Diego palideció.

Yo tampoco sabía que estaba allí.

La había colocado Marcos meses antes después de que desapareciera dinero de un cajón.

La grabación mostraba toda la escena.

Yo cocinando.

Diego exigiendo el arroz.

Marcos acercándose por detrás.

Y la bofetada.

También mostraba algo que yo no había visto.

Después del golpe, Marcos levantó nuevamente la mano.

Yo había agarrado la olla justo cuando él avanzaba hacia mí.

Aquella tarde salí de esa casa con mi maleta.

No regresé.

Tres días después, Marcos recibió la demanda de divorcio.

Entonces empezó la segunda guerra.

—No vas a llevarte nada —me dijo por teléfono—. La casa es de mi madre y todas nuestras cuentas están a mi nombre.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

Porque Marcos todavía creía que yo me había casado con él por dinero.

Nunca se había molestado en preguntar de dónde procedía el mío.

Antes de conocerlo, había heredado de mi abuelo una pequeña empresa de distribución alimentaria.

Durante seis años la convertí en una compañía con contratos para hoteles, hospitales y colegios.

Marcos sabía que trabajaba.

Simplemente jamás consideró importante saber en qué.

Él llamaba a mi empresa “el negocito de Sofía”.

Mi abogada, Laura Ferrer, descubrió algo más.

—Necesito preguntarte por estas transferencias.

Colocó varios extractos delante de mí.

Durante los seis meses anteriores a la boda, habían salido cantidades pequeñas de una cuenta secundaria de mi empresa.

Después otras mayores.

Destino: Comercializadora MC.

—No conozco esa sociedad.

Laura giró el portátil.

El administrador era Diego.

Mi cuñado.

Sentí que se me helaba la espalda.

—¿Cómo consiguió acceso?

—Alguien utilizó tus credenciales corporativas.

Pensé inmediatamente en Marcos.

Durante nuestra relación había usado mi ordenador algunas veces.

Conocía mis contraseñas antiguas.

—¿Cuánto?

—Ciento ochenta y siete mil euros.

La bofetada dejó de ser el centro de la historia.

Ordené una auditoría completa.

Lo que apareció fue peor.

Facturas falsas.

Servicios inexistentes.

Compras cargadas a mi empresa.

Incluso parte de los gastos de nuestra boda había sido pagada con dinero desviado sin mi autorización.

Pero había una operación diferente.

Quinientos mil euros.

Pendiente de ejecución.

Fecha programada: tres días después de nuestra boda.

Miré a Laura.

—¿Por qué después?

—Porque necesitaban que estuvieras legalmente casada.

No entendí hasta que me mostró el documento.

Era una solicitud de financiación utilizando participaciones de mi empresa como garantía.

Abajo aparecía mi firma.

Perfectamente imitada.

—Yo nunca firmé esto.

—Lo sabemos.

La entidad financiera también conservaba una copia de mi documento de identidad y una autorización notarial.

—Tampoco fui a ningún notario.

Laura permaneció demasiado seria.

—Precisamente.

La mujer que se presentó llevaba tu documentación.

Y las cámaras seguían conservando las imágenes.

Cuando vi el vídeo, sentí náuseas.

Carmen entraba en la notaría acompañada de otra mujer.

La mujer llevaba gafas oscuras, el cabello peinado como el mío y una mascarilla.

Pero reconocí el bolso.

Se lo había visto cientos de veces.

Valeria.

Mi cuñada.

Habían planeado utilizar mi matrimonio para entrar en mi patrimonio.

De pronto comprendí las prisas de Marcos por casarnos.

Su insistencia en que no necesitábamos separación de bienes.

La forma en que Carmen había empezado a preguntar por mis cuentas.

Aquella familia no quería una nuera.

Quería una firma.

Una semana después, los cité a través de mis abogados.

Marcos llegó con el rostro todavía marcado por las quemaduras.

—¿Quieres dinero para retirar las denuncias?

—No.

Laura colocó las pruebas sobre la mesa.

Una a una.

Transferencias.

Facturas.

Solicitud de financiación.

Vídeo de la notaría.

Diego empezó a sudar.

Valeria dejó de sonreír.

Carmen miró a Marcos.

—Dijiste que ella nunca revisaba esas cuentas.

La habitación quedó en silencio.

Marcos cerró los ojos.

Yo casi agradecí aquella frase.

—Así que todos lo sabíais.

Carmen comprendió demasiado tarde lo que había admitido.

Pero todavía faltaba algo.

Laura abrió una última carpeta.

—Durante la auditoría encontramos una transferencia antigua.

—¿De cuánto?

—Doscientos cincuenta mil euros.

—¿A quién?

Laura me mostró el nombre.

No era Marcos.

Ni Diego.

Ni Carmen.

Era mi padre.

El mismo hombre que había muerto hacía cuatro años.

—Eso es imposible.

—La transferencia ocurrió hace nueve meses.

Sentí que se me paralizaba el cuerpo.

—Mi padre está muerto.

Laura asintió.

—Legalmente, sí.

Después deslizó hacia mí una fotografía obtenida por el investigador.

Carmen estaba sentada en una cafetería.

Frente a ella había un hombre de cabello gris.

La imagen no era perfecta.

Pero yo conocía aquella postura.

Aquellas manos.

Aquel rostro.

Mi padre.

El hombre a cuyo funeral había asistido cuatro años atrás estaba vivo.

Y había sido él quien presentó a Marcos ante mí.

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