Alejandro permaneció de pie en medio de la sala vacía.
Las rosas se le escaparon de los dedos.
—¿Dónde está Valentina?
Marta bajó la mirada.
—Me pidió que no se lo dijera.
—Trabajo para mí.
—La señora también me pagaba.
Aquella respuesta lo irritó.
—Marta.
—Y fui yo quien la ayudó a levantarse de la cama mientras usted estaba fuera.
Alejandro se quedó callado.
Marta nunca le había hablado así.
—Su hijo se llama Mateo —añadió ella.
El golpe fue preciso.
Mateo.
Claro que lo sabía.
Habían elegido aquel nombre durante el séptimo mes.
Pero en quince días había preguntado tantas veces si Isabel había comido, dormido o dejado de llorar que casi había olvidado preguntar por su propio hijo.
Cogió el teléfono.
Llamó a Valentina.
Número fuera de servicio.
Llamó a su suegra.
Esta vez ella respondió.
—¿Qué quieres?
—Necesito hablar con Valentina.
—Ella no necesita hablar contigo.
—Soy su marido.
La mujer soltó una risa amarga.
—Eras su marido cuando entró sola en quirófano.
Alejandro cerró los ojos.
—Quiero ver a Mateo.
Hubo silencio.
—Entonces habla con el abogado de mi hija.
La llamada terminó.
A la mañana siguiente, Alejandro llegó a su empresa sin haber dormido.
Su abogado ya lo esperaba.
—Tenemos un problema.
—¿El divorcio?
—Ojalá fuera solamente eso.
Dejó tres documentos sobre la mesa.
Alejandro los reconoció.
Acciones.
Garantías bancarias.
Un acuerdo de inversión firmado cuatro años antes.
—¿Qué tiene que ver Valentina con esto?
El abogado lo miró extrañado.
—¿De verdad no lo sabes?
—¿Saber qué?
—El capital inicial que salvó esta empresa cuando estabas al borde de la quiebra no vino de tu padre.
Alejandro frunció el ceño.
—Claro que vino de él.
—No.
El abogado señaló una sociedad que Alejandro apenas recordaba.
Grupo Varela.
—La familia de Valentina.
Alejandro sintió que algo se cerraba alrededor de su garganta.
Siempre había creído que Valentina provenía de una familia cómoda, pero común.
—¿Cuánto invirtieron?
—Siete millones.
—Eso es imposible.
—Tu suegro hizo la inversión mediante intermediarios porque Valentina le pidió que jamás te lo contara.
—¿Por qué?
El abogado abrió otro documento.
—Porque quería saber si te quedarías con ella sin sentir que le debías algo.
Alejandro se dejó caer en la silla.
Y entonces llegó la segunda revelación.
El acuerdo contenía una cláusula.
En caso de divorcio provocado por abandono durante una emergencia médica familiar, el Grupo Varela podía ejercer una opción de recompra sobre parte de las acciones financiadas originalmente.
Alejandro levantó la vista.
—¿Puede quitarme la empresa?
—No inmediatamente.
El abogado hizo una pausa.
—Pero puede quitarte el control.
Su teléfono comenzó a sonar.
Consejo de administración.
Banco.
Director financiero.
Tres inversores.
Todos habían recibido la misma notificación.
Valentina no solo había abandonado la casa.
Había activado la cláusula.
Alejandro salió de la oficina y condujo directamente hasta la casa de su suegra.
Golpeó la puerta.
Nada.
Volvió a golpear.
Finalmente abrió Teresa.
—Quiero ver a mi hijo.
—No está aquí.
—¿Dónde está?
—Seguro.
—¡Soy su padre!
—Entonces deberías haber estado allí cuando nació.
Alejandro bajó la voz.
—Cometí un error.
—No.
Teresa lo miró con una frialdad absoluta.
—Un error dura cinco minutos. Tú elegiste durante quince días.
Entonces apareció un coche detrás de él.
Alejandro creyó que era Valentina.
No lo era.
Bajó un hombre de unos treinta y cinco años, traje oscuro y una carpeta médica bajo el brazo.
Teresa lo dejó entrar inmediatamente.
—¿Quién es?
Ella no respondió.
Alejandro bloqueó la puerta.
—He preguntado quién es.
El desconocido lo observó.
—Doctor Gabriel Ferrer.
—¿Pediatra?
—Cirujano neonatal.
El miedo sustituyó a la rabia.
—¿Qué le pasa a Mateo?
Teresa cerró los ojos.
—Eso también te lo perdiste.
Durante el nacimiento, Mateo había sufrido una complicación respiratoria.
Había pasado sus primeras horas bajo vigilancia intensiva.
Valentina había tenido que autorizar procedimientos mientras todavía estaba bajo los efectos de la anestesia.
—¿Por qué nadie me dijo nada?
Teresa lo miró incrédula.
—Te llamé diecisiete veces.
Alejandro recordó la pantalla iluminándose junto a Isabel.
Recordó apagarla.
Se apoyó contra la pared.
—¿Está bien?
—Ahora sí.
Aquellas dos palabras casi lo derrumbaron.
Entonces el doctor Ferrer abrió la carpeta.
—Señora Teresa, también tenemos los resultados que pidió Valentina.
Teresa se tensó.
—¿Aquí?
El médico miró a Alejandro.
—Pensé que el padre ya lo sabía.
Alejandro levantó lentamente la cabeza.
—¿Saber qué?
Teresa intentó quitarle la carpeta.
Demasiado tarde.
Una hoja cayó al suelo.
Alejandro la recogió.
Era un informe del hospital.
Fecha de nacimiento de Mateo.
Grupo sanguíneo.
Pruebas neonatales.
Y una anotación solicitando análisis genéticos adicionales.
—¿Por qué hicieron esto?
Nadie respondió.
—¿Por qué hicieron una prueba genética a mi hijo?
El doctor miró a Teresa.
—Eso tendrá que explicárselo Valentina.
Alejandro sintió un frío profundo.
Entonces vio otra hoja dentro de la carpeta.
En la parte superior aparecía un nombre que no esperaba encontrar.
ISABEL MENDOZA.
La mujer con quien había pasado los quince días posteriores al nacimiento de Mateo.
Alejandro levantó los ojos.
—¿Qué tiene Isabel que ver con mi hijo?
Teresa palideció.
Y entonces comprendió que su suegra conocía a Isabel.
No de aquella semana.
Desde mucho antes.
—Pregúntale a Isabel —susurró Teresa— por qué regresó al país exactamente el día en que Valentina entró de parto.
Alejandro dejó de respirar.
—¿Qué estás diciendo?
Teresa lo miró con lágrimas contenidas.
—Que mientras tú creías estar abandonando a tu esposa por tu primer amor, alguien estaba asegurándose de que no estuvieras en el hospital cuando naciera Mateo.
Y por primera vez, Alejandro comprendió que aquellos quince días quizá nunca habían comenzado por casualidad.
