PARTE 2: LOS TRES NIÑOS NUNCA FUERON EL VERDADERO SECRETO

Gabriel apretó la nota entre los dedos.

—¡Elena!

Salí del estudio con una carpeta en las manos.

Por primera vez en años, mi esposo parecía tener miedo de mí.

Arrojó las pruebas de ADN sobre la mesa.

—Lo sabías.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes del primer embarazo de Clara.

Gabriel retrocedió.

—¿Y me dejaste creer durante cinco años que eran mis hijos?

Lo miré fijamente.

—Tú decidiste creerle sin hacer una sola prueba.

Su rostro se endureció.

—¿Por qué no me dijiste que soy estéril?

Abrí la carpeta.

Dentro estaba su análisis prematrimonial.

—Porque alguien cambió tus resultados.

El original decía claramente:

AZOOSPERMIA CONGÉNITA.

Pero el informe que Gabriel había recibido antes de nuestra boda indicaba fertilidad normal.

—¿Quién hizo esto?

Señalé la firma.

Doctor Richard Bennett.

El padre de Clara.

Gabriel quedó inmóvil.

—Eso significa que Clara sabía…

—Desde el principio.

Había más.

Transferencias.

Correos.

Contratos.

Durante cinco años, Gabriel había enviado más de cuatro millones de dólares para mantener a Clara y a los niños.

Pero gran parte del dinero terminaba en Bennett Medical Investments.

—Te utilizaron —dije.

Gabriel cerró los ojos.

Entonces hizo la pregunta inevitable.

—¿Quiénes son los padres de los niños?

—No lo sé.

—Mentira.

—No necesitaba saberlo para divorciarme de ti.

Deslicé otro documento hacia él.

Gabriel palideció.

—¿Divorcio?

—Lo presenté esta mañana.

En ese momento se abrió la puerta.

Margaret entró furiosa.

—¡Elena! ¿Qué demonios le hiciste a mi hijo?

Gabriel lanzó las pruebas sobre la mesa.

—No son mis hijos.

Margaret dejó de respirar.

Solo durante un segundo.

Pero lo vi.

Gabriel también.

—Mamá…

Ella retrocedió.

—Clara me engañó igual que a ti.

—Entonces ¿por qué no estás sorprendida?

Silencio.

Saqué la última carpeta.

—Porque Margaret pagó las pruebas prenatales de los tres niños.

Gabriel giró lentamente hacia su madre.

—¿Qué?

Las pruebas no habían buscado confirmar su paternidad.

Buscaban otra coincidencia genética.

Todas comparaban a los niños con un segundo hombre.

Thomas Morrison.

El padre de Gabriel.

Muerto seis años antes del primer embarazo de Clara.

Gabriel se rio nerviosamente.

—Eso es imposible.

—También pensé eso.

Abrí los resultados.

Los tres niños compartían parentesco directo con la familia Morrison.

No eran hijos de Gabriel.

Pero sí pertenecían a su linaje.

Margaret se dejó caer en una silla.

—Basta.

Gabriel golpeó la mesa.

—¿Quién es su padre?

Margaret comenzó a llorar.

—Tu hermano.

—No tengo ningún hermano.

—Sí lo tienes.

La habitación quedó completamente silenciosa.

Margaret confesó que había tenido otro hijo antes de Gabriel.

Alexander.

Su existencia fue borrada después de una disputa familiar y había vivido durante décadas bajo otro apellido.

—¿Clara tuvo tres hijos con él?

Margaret asintió.

—Entonces ¿por qué hacérmelos pasar por míos?

—Por el fideicomiso de tu abuelo.

El primer descendiente masculino reconocido legalmente por Gabriel heredaría el control de Morrison Industries.

Clara y Alexander necesitaban que Gabriel reconociera a uno de aquellos niños.

Los otros dos reforzaban la mentira.

Pero algo seguía sin encajar.

—¿Por qué Elena sabía todo esto? —preguntó Gabriel.

Margaret me miró.

Su expresión cambió.

—Porque ella no estaba investigando a Clara.

—¿Entonces a quién?

Margaret señaló mi carpeta.

—A mí.

Gabriel me miró confundido.

Saqué una fotografía de Alexander.

Su rostro perdió el color.

Porque Alexander no era un desconocido.

Era el médico que me había atendido durante los últimos tres años.

El mismo hombre que Gabriel había visto aquella tarde en ginecología.

—Elena…

No respondí.

Gabriel recordó de repente la hoja de resultados que yo sostenía aquel día.

—¿Por qué estabas en ginecología?

Margaret se levantó.

—No.

Su voz tembló.

—Elena, no se lo enseñes.

Saqué lentamente otro informe.

Era una prueba de embarazo.

Positiva.

Gabriel me miró como si hubiera recibido un golpe.

—Estás embarazada.

—De doce semanas.

Su rostro se quebró.

—Pero yo no puedo…

—Lo sé.

Margaret empezó a llorar.

Gabriel bajó la mirada hacia el nombre del médico responsable.

DR. ALEXANDER MORRISON.

Después vio una anotación genética adjunta al expediente.

Y comprendió que todavía estaba interpretando mal la situación.

Levantó la cabeza.

—¿De quién es ese bebé?

Cerré la carpeta.

—Esa es precisamente la pregunta que tu madre lleva tres meses intentando impedir que respondamos.

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