Roberto cargó a la pequeña contra su pecho y salió corriendo del callejón.
—Ven conmigo —le gritó a la hermana mayor.
La niña corrió detrás de él descalza.
Veinte minutos después, las puertas de urgencias se cerraron frente a ellos.
La mayor permaneció inmóvil.
—¿Va a morir?
Roberto se agachó.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía.
—¿Y tu hermana?
—Luna.
—Entonces escucha, Sofía.
Le sostuvo las manos.
—Luna está donde debe estar.
Dos horas después apareció la pediatra.
—Llegaron justo a tiempo.
Luna sufría deshidratación extrema, desnutrición y una infección respiratoria grave.
Pero viviría.
Sofía comenzó a llorar.
Roberto también.
Aquella tarde compró ropa, zapatos y comida para ambas.
Después preguntó lo inevitable.
—¿Dónde están vuestros padres?
Sofía bajó la cabeza.
—Mamá murió.
—¿Y vuestro padre?
—No tenemos.
La trabajadora social revisó los pocos documentos que Sofía llevaba dentro de una bolsa de plástico.
Entonces frunció el ceño.
—Señor Acevedo, debería ver esto.
Era el certificado de nacimiento de Luna.
Nombre de la madre:
Mariana Ferreira.
Nombre del padre:
vacío.
Pero algo llamó la atención de Roberto.
La fecha de nacimiento.
Exactamente nueve meses después de la muerte de Clara.
—¿Quién era Mariana?
Sofía señaló una fotografía arrugada.
Roberto sintió que el corazón se detenía.
Conocía a aquella mujer.
Mariana había trabajado como enfermera privada de Clara durante sus últimos meses.
—¿Por qué vuestra madre terminó viviendo en la calle?
Sofía dudó.
—Antes teníamos una casa.
—¿Qué ocurrió?
—Un hombre vino después de que mamá recibiera una carta.
Sofía rebuscó dentro de su bolsa.
Sacó un sobre.
En la parte superior aparecía el logotipo de Acevedo Technologies.
Roberto lo abrió.
Era una transferencia de dos millones de reales autorizada tres años atrás.
Beneficiaria:
Mariana Ferreira.
Concepto:
ACUERDO DE CONFIDENCIALIDAD.
La firma inferior pertenecía a Roberto.
O parecía pertenecerle.
—Yo nunca firmé esto.
Sofía comenzó a temblar.
—Mamá decía lo mismo.
Roberto llamó inmediatamente a su abogado.
La investigación inicial reveló que el dinero había salido realmente de una cuenta corporativa.
Pero Mariana jamás recibió dos millones.
Solo una pequeña fracción.
El resto terminó en una sociedad administrada por Eduardo Acevedo.
El hermano mayor de Roberto.
Aquella noche Roberto regresó al hospital.
Sofía dormía junto a Luna.
Sobre la mesa había otro objeto.
Un pequeño medallón.
Roberto lo reconoció inmediatamente.
Había pertenecido a Clara.
Lo tomó con manos temblorosas.
—¿De dónde sacaste esto?
Sofía despertó.
—Era de mamá.
—Eso es imposible.
—Dijo que pertenecía a la verdadera madre de Luna.
Roberto dejó de respirar.
—¿Qué acabas de decir?
Sofía se incorporó.
—Mariana no era la mamá verdadera de Luna.
Roberto sintió que las paredes se cerraban.
—Entonces ¿quién era?
La niña señaló el medallón.
—La señora de la fotografía que estaba dentro.
Roberto lo abrió.
La fotografía era de Clara.
Su esposa muerta.
Al día siguiente ordenó una prueba genética.
Utilizaron una muestra de Roberto y otra de Luna.
El resultado llegó cuarenta y ocho horas después.
PROBABILIDAD DE PATERNIDAD:
99,99 %.
Roberto tuvo que sentarse.
Luna era su hija.
Pero Clara había muerto meses antes de que aquella niña pudiera haber sido concebida naturalmente.
Entonces su abogado encontró un expediente de la clínica donde Clara había recibido tratamiento.
Antes de morir, Clara había congelado embriones.
Uno había desaparecido del registro.
Autorización de transferencia:
Eduardo Acevedo.
Roberto llamó inmediatamente a su hermano.
—¿Qué hiciste con el embrión de Clara?
Silencio.
Después Eduardo respondió:
—¿Dónde encontraste a las niñas?
Roberto apretó el teléfono.
—Contéstame.
—Roberto, escucha cuidadosamente.
La voz de Eduardo ya no sonaba tranquila.
—No lleves a Luna a tu casa.
—¿Por qué?
—Porque Mariana no terminó en la calle por accidente.
Roberto sintió un escalofrío.
—¿Quién la perseguía?
Eduardo respiró profundamente.
—La misma persona que decidió que Clara debía morir antes de poder contarte que estaba embarazada.
Roberto quedó paralizado.
—Clara tenía cáncer.

—Eso fue lo que te dijeron.
Y entonces Eduardo pronunció la frase que destruyó todo lo que Roberto había creído durante tres años.
—Tu esposa no murió por su enfermedad, hermano.
—Alguien aceleró su muerte para quedarse con vuestra hija.