PARTE 2: EL BEBÉ QUE NUNCA DEBIÓ LLEGAR A NUESTRA CASA

No llamé a Marcus.

Primero repetí las pruebas.

Esta vez utilicé otro laboratorio.

También envié mis propias muestras.

Dos días después llegaron los resultados.

El menor era hijo biológico de Marcus y mío.

El mayor no era hijo biológico de Marcus.

Pero tampoco era mío.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Aquel bebé había estado cinco meses en mis brazos.

Lo había alimentado.

Lo había consolado durante noches enteras.

Había aprendido cada uno de sus sonidos.

Pero biológicamente no era nuestro.

Llamé inmediatamente al hospital.

Cuando mencioné la fecha del parto y los números de identificación, la administrativa guardó silencio demasiado tiempo.

—Señora Lin, tendremos que revisar el expediente.

—Revíselo ahora.

Aquella tarde aparecí personalmente.

Pedí las pulseras originales, registros de neonatología y cámaras.

Entonces encontré la primera irregularidad.

Habían nacido dos niños registrados como mis gemelos.

Pero durante cuarenta y siete minutos después del parto existieron tres pulseras vinculadas a mi número de historia clínica.

Tres bebés.

—¿Quién era el tercero?

Nadie quiso responder.

Hasta que una enfermera jubilada, Teresa Molina, aceptó reunirse conmigo.

Cuando vio la fotografía del mayor, empezó a llorar.

—Sabía que algún día ocurriría.

—¿Qué ocurrió?

—Ese niño pertenecía a otra mujer.

Sentí náuseas.

Aquella noche había dado a luz otra paciente.

Su bebé nació casi al mismo tiempo que los míos.

Y uno de mis gemelos sufrió una complicación respiratoria y fue trasladado temporalmente.

Durante ese intervalo, alguien cambió las identificaciones.

—¿Accidentalmente?

Teresa negó.

—No.

Sacó una copia de un registro.

Había una autorización para modificar las pulseras.

La firma pertenecía a mi suegra.

Margaret Lin.

Regresé a casa temblando.

Marcus estaba sentado en el sofá con el mayor sobre el pecho.

—Tenemos que hablar.

Al ver los documentos, su rostro perdió el color.

No pareció sorprendido.

Y eso fue peor.

—Tú lo sabías.

—Emily…

—¡Tú lo sabías!

El bebé comenzó a llorar.

Marcus lo abrazó instintivamente.

Entonces comprendí aquella mirada que llevaba meses viendo.

No era favoritismo.

Era culpa.

—¿Desde cuándo?

—Desde el nacimiento.

Me faltó el aire.

Marcus explicó que su madre lo llevó aparte mientras yo seguía sedada.

Le dijo que uno de nuestros hijos había muerto.

Y que, si yo despertaba y descubría la verdad después del aborto que había sufrido años antes, quizá no lo soportaría.

—Entonces pusieron otro bebé en su lugar.

Marcus cerró los ojos.

—Mi madre dijo que su madre había muerto durante el parto y que nadie vendría a reclamarlo.

Le di una bofetada.

—¿Y nuestro hijo?

—Creí que estaba muerto.

—¿Lo viste?

Silencio.

—¿Viste su cuerpo?

—No.

Ahí supe que todavía faltaba algo.

Esa misma noche enfrentamos a Margaret.

Cuando coloqué los resultados delante de ella, ni siquiera intentó negarlo.

—Lo hice por esta familia.

—¿Dónde está mi otro hijo?

Por primera vez, Margaret pareció asustada.

—No preguntes.

Marcus golpeó la mesa.

—¡¿Dónde está mi hijo?!

Margaret comenzó a llorar.

—Vivo.

Las piernas me fallaron.

Mi bebé estaba vivo.

Había pasado cinco meses creyendo que otro niño era mi gemelo mientras mi verdadero hijo estaba en alguna parte.

—¿Quién se lo llevó?

Margaret negó con desesperación.

—No entiendes.

Saqué mi teléfono.

—Entonces se lo explicarás a la policía.

—¡Emily, espera!

Margaret abrió una caja fuerte.

Sacó un sobre.

Dentro había fotografías recientes.

Un bebé.

Mi bebé.

Reconocí inmediatamente la pequeña mancha detrás de su oreja, idéntica a la del menor.

En la última fotografía aparecía una mujer cargándolo.

La reconocí.

Era Sophia Lin.

La hermana mayor de Marcus.

La mujer que supuestamente vivía en Singapur.

—¿Por qué Sophia tiene a mi hijo?

Margaret se derrumbó en la silla.

—Porque el bebé que tú estás criando era suyo.

Miré hacia el salón.

Marcus todavía sostenía al mayor.

—¿Qué?

—Sophia perdió la custodia de su hijo —susurró Margaret—. Necesitábamos hacerlo desaparecer antes de que Servicios Sociales pudiera llevárselo.

Sentí horror.

Habían intercambiado a los bebés.

Pero entonces Marcus formuló la pregunta que yo todavía no había pensado.

—¿Por qué darle nuestro hijo a Sophia?

Margaret levantó lentamente la cabeza.

—Porque necesitábamos que pareciera que ella tenía un bebé diferente.

—¿Diferente de quién?

Margaret miró al niño que Marcus llevaba cinco meses amando.

Después dijo algo que hizo que mi esposo casi lo dejara caer.

—Hazle una prueba de ADN con tu padre.

Marcus palideció.

—¿Por qué?

Margaret cerró los ojos.

—Porque Sophia no es solamente la madre de ese niño.

Su voz se quebró.

—Tu padre es su padre también.

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