Saqué el teléfono.
Doña Beatriz sonrió.
—¿Vas a llamar a tus soldados?
Marqué un número que llevaba años esperando no necesitar.
—General Salvatierra.
Mi antiguo superior respondió al segundo tono.
—Sara.
—Activa Protocolo Centinela.
Hubo tres segundos de silencio.
—¿Estás segura?
Miré a Jimena.
—Completamente.
Colgué.
Rodrigo soltó una carcajada.
—¿Eso era todo?
—No.
Señalé a los celadores.
—Retiren las correas.
—Existe una orden judicial —protestó uno.
—Entonces quiero verla.
El documento apareció minutos después.
Lo estudié.
La firma judicial parecía auténtica.
El informe psiquiátrico también.
Solo había un problema.
El médico que supuestamente había evaluado a Jimena a las 22:40 figuraba participando esa noche en un congreso en Lisboa.
Doña Beatriz dejó de sonreír.
A la 1:17 llegaron dos oficiales de la Policía Judicial acompañados por un fiscal.
A la 1:24 bloquearon el traslado.
A la 1:31 apareció un médico independiente.
Jimena no presentaba signos que justificaran aquella internación forzosa.
Presentaba lesiones compatibles con una agresión.
Rodrigo palideció.
—Esto es absurdo.
Jimena me miró.
—Mamá, el colgante.
Beatriz todavía lo tenía.
Extendí la mano.
—Devuélvalo.
—Es basura.
—Entonces no tendrá inconveniente.
Por primera vez vaciló.
El fiscal lo notó.
—Señora De la Torre, entregue el objeto.
Cuando el colgante llegó a mis manos, presioné una pequeña ranura interior.
Extraje el microchip.
Carlos retrocedió.
Ahí cometió su error.
—Eso no prueba nada.
Nadie había explicado todavía qué contenía.
El fiscal lo miró.
—¿Y usted cómo sabe que pretende probar algo?
Carlos cerró la boca.
Entregué el chip.
Jimena había pasado seis meses reuniendo información financiera de la Fundación De la Torre.
Transferencias.
Empresas pantalla.
Pagos a funcionarios.
Facturas falsas.
Y más de treinta millones de euros desviados mediante sociedades extranjeras.
Pero había algo todavía peor.
Una carpeta se llamaba:
MORALES.
Contenía fotografías mías.
Mis destinos militares.
Los horarios de Jimena.
Incluso documentos sobre mi marido, fallecido dieciocho años atrás.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Por qué investigaban a mi familia?
Beatriz no respondió.
A las tres de la madrugada comenzaron los registros.
Antes del amanecer, varias cuentas relacionadas con el conglomerado quedaron inmovilizadas mientras avanzaba la investigación.
Rodrigo fue apartado de Jimena.
Carlos pidió un abogado.
Y Beatriz dejó finalmente de fingir tranquilidad.
Pero cuando creí que habíamos encontrado el centro del problema, el general Salvatierra me llamó aparte.
—Sara, hay algo en el chip que no podemos incorporar todavía al procedimiento ordinario.
Me mostró un archivo cifrado.
Había sido creado veintidós años antes.
Mucho antes de que Jimena conociera a Rodrigo.
Dentro aparecía el nombre de mi marido:
TENIENTE CORONEL ALEJANDRO MORALES.
Debajo:
OPERACIÓN TORRE.
—Alejandro murió en un accidente —dije.
Salvatierra no contestó.
Abrió una fotografía.
Mi marido aparecía sentado junto al padre de Rodrigo y a una Beatriz mucho más joven.
En la mesa había exactamente el mismo colgante que Jimena llevaba desde niña.
Sentí que dejaba de respirar.
—Ese colgante era de Alejandro.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estaba relacionado con los De la Torre?
Salvatierra abrió el último documento.
Era una prueba genética realizada poco después del nacimiento de Jimena.
La persona que había solicitado el análisis era Beatriz de la Torre.
Y la muestra comparativa pertenecía a Rodrigo.
—¿Qué demonios significa esto?
Salvatierra me miró con gravedad.
—Que los De la Torre sabían quién era Jimena mucho antes de que Rodrigo afirmara haberla conocido.
Entonces escuchamos la voz de Beatriz desde la puerta.
Ya no sonaba arrogante.
Sonaba aterrada.
—Sara, dile que cierre ese archivo.
Me volví.
Beatriz tenía los ojos clavados en la prueba.
—¿Por qué?
Sus labios temblaron.

—Porque si Jimena descubre por qué Alejandro le dejó realmente ese colgante, los quinientos millones serán el menor de nuestros problemas.
Hizo una pausa.
—También descubrirá que su matrimonio con Rodrigo nunca fue una casualidad.