Oliver todavía sostenía mi mano cuando Ethan lanzó la botella de agua al banco.
Cruzó la cancha directamente hacia nosotros.
—Lina.
—¿Qué?
Sus ojos bajaron hacia nuestras manos.
—Necesito hablar contigo.
Oliver sonrió.
—Estamos hablando ahora.
Ethan lo miró.
—No te pregunté.
Mia abrió los ojos, fascinada.
Yo retiré la mano.
—No tenemos nada que hablar.
—¿Nada?
Ethan soltó una risa seca.
—Después de cinco años, ¿ahora soy “nada”?
El silencio cayó alrededor.
Mia me miró.
—¿Cinco años?
Demasiado tarde.
Ethan acababa de destruir personalmente el secreto que había protegido durante media década.
Lo agarré del brazo y lo arrastré hacia el pasillo.
—¿Te volviste loco?
—Probablemente.
—Tú exigiste mantener nuestra relación en secreto.
—Porque tenía dieciocho años y era un idiota.
Me quedé callada.
Ethan respiró profundamente.
—Pensé que si nadie sabía que eras mi novia, nadie podría utilizarte contra mí.
—¿Utilizarme para qué?
Su expresión cambió.
—La grabación.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Aquella grabación con la que lo había chantajeado cinco años atrás.
—¿Qué pasa con ella?
—Nunca fue lo que tú creíste.
Ethan sacó su teléfono.
Había conservado el archivo original.
Completo.
Yo solo había grabado cuarenta segundos.
El audio entero duraba diecisiete minutos.
Lo reprodujo.
Escuché la voz de Ethan.
Después la de otro hombre.
Su padre.
Hablaban de dinero.
De una investigación.
Y de mi familia.
—¿Qué es esto?
—La noche que te confesaste, mi padre acababa de decirme que los Morgan estaban siendo investigados.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi familia?
Ethan asintió.
—Alguien estaba utilizando empresas relacionadas con tu padre para mover millones.
—¿Por eso me rechazaste?
—Porque me ordenaron mantenerme lejos de ti.
Lo miré incrédula.
—¿Y luego aceptaste salir conmigo porque te chantajeé?
Por primera vez sonrió.
—Lina, podía haber eliminado tus copias cuando quisiera.
Me quedé inmóvil.
—Entonces…
—Acepté porque quería estar contigo.
Aquello dolió más de lo esperado.
—¿Y esconderme durante cinco años también fue porque me querías?
Su sonrisa desapareció.
—Eso fue cobardía.
No intentó justificarse.
—Y cuando recibí tu mensaje terminando conmigo entendí que había conseguido exactamente lo que intentaba evitar.
—¿Qué?
—Perderte.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Retrocedí inmediatamente.
—Ethan, no.
—No voy a proponerte matrimonio aquí.
Casi suspiré aliviada.
Entonces abrió la caja.
Dentro había una llave.
—Nuestros padres no están negociando una boda.
—¿Entonces qué hacen?
—Intentan detener una.
Fruncí el ceño.
Ethan me entregó una carpeta.
Había una solicitud de matrimonio civil.
Nuestros nombres aparecían impresos.
Pero mi firma ya estaba allí.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
La firma había sido falsificada.
Y el documento había sido preparado dos meses antes de nuestra ruptura.
El solicitante no era Ethan.
Era Blake Family Holdings.
—¿Por qué una empresa quiere que nos casemos?
Ethan pasó a la siguiente página.
Mi abuelo había creado un fideicomiso cuando yo era niña.
Valor actual:
más de cuarenta millones.
La condición era extraña.
Si yo me casaba con un descendiente directo de la familia Blake antes de cumplir veinticinco años, ambas familias recuperarían conjuntamente ciertos activos.
—¿Recuperar?
—Nuestros abuelos fueron socios.
Ethan señaló otro documento.
—Hasta que alguien robó una parte de la empresa y consiguió que nuestras familias se culparan mutuamente.
Entonces vi un nombre.
Oliver Bennett.
El mismo Oliver que acababa de conocer.
—¿Qué tiene que ver él?
Ethan endureció la mandíbula.
—Mia no te lo presentó por casualidad.
Sentí frío.
—¿Qué quieres decir?
—Oliver lleva semanas preguntando por ti.
Antes de que pudiera responder, Mia apareció corriendo por el pasillo.
Estaba pálida.
—Lina, tienes que venir.
—¿Qué pasó?
—Oliver desapareció.
Me mostró su teléfono.
Había recibido un mensaje suyo.
Una fotografía.
Era mi antigua grabación.
Pero debajo había una frase:
“Ethan nunca te contó quién instaló realmente aquel micrófono.”
Miré a Ethan.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué significa?
No respondió.
Le arrebaté el teléfono y amplié la imagen.
En una esquina aparecía la orden original de instalación del sistema de audio.
Fecha:
dos días antes de mi confesión.
Persona que autorizó el dispositivo:
Ethan Blake.
Lo miré.
—¿Tú pusiste ese micrófono?
Ethan cerró los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
Cuando volvió a mirarme, había algo parecido a culpa en su expresión.
—Porque tú crees que aquella noche me chantajeaste para convertirme en tu novio.
Se acercó lentamente.
—Pero la verdad, Lina, es que yo necesitaba que escucharas aquella conversación.

Sentí que el corazón se detenía.
—¿Para qué?
Ethan respondió en voz baja:
—Para conseguir que fueras tú quien me obligara a entrar en tu vida.