A la mañana siguiente, Álvaro se despertó antes que yo.
O eso creí.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en la cama.
En la cocina encontré una taza de café sobre la mesa y una nota escrita con su letra:
“Salgo temprano. Te quiero.”
La guardé en el bolsillo.
No porque me conmoviera.
Sino porque quería recordar exactamente cómo se sentía una mentira cuando todavía parecía amor.
Durante todo el día actué con normalidad.
Trabajé.
Sonreí.
Contesté sus mensajes.
Incluso le envié una fotografía de la cena.
Álvaro respondió con un corazón.
Pero aquella tarde regresé a la mansión.
No para limpiar.
Para buscar respuestas.
La misma empleada que me había recibido el día anterior me reconoció.
—¿Otra vez aquí?
—Olvidé algo.
—¿Qué?
—Mi dignidad.
Ella soltó una pequeña risa.
—No eres la primera.
Aquellas palabras me hicieron detenerme.
—¿Qué significa eso?
La mujer miró hacia el pasillo.
—Nada.
—Dímelo.
Bajó la voz.
—El señor Álvaro ha hecho esto antes.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—No conmigo.
Se acercó un poco.
—Con otras mujeres.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Cuántas?
—No lo sé.
Entonces escuchamos pasos.
La empleada se apartó rápidamente.
La madre de Álvaro apareció al final del corredor.
Llevaba el mismo vestido elegante que el día anterior.
Me miró como si ya supiera exactamente por qué había regresado.
—¿Qué buscas?
—Mi bolso.
—Ya te lo enviaron.
Mentira.
Mi bolso seguía en el armario de servicio.
Pero no discutí.
—Entonces me marcho.
Ella sonrió.
—Hazlo.
Me detuve.
—¿Eso es lo que quiere?
—Desde el principio.
—¿Y Álvaro?
Su expresión se volvió fría.
—Álvaro hará lo que tenga que hacer.
Me acerqué un paso.
—¿Incluso abandonar a su propio hijo?
Por primera vez, su rostro cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—¿Qué has dicho?
Mi mano se cerró alrededor del resultado de la ecografía que llevaba escondido.
—Nada.
Me marché.
Pero aquella reacción confirmó algo.
Ella no sabía que estaba embarazada.
Y Álvaro tampoco.
Cuando llegué al piso, encontré a Álvaro esperándome.
Estaba sentado en el sofá.
Ya no llevaba la camiseta vieja.
Vestía un traje negro.
Sobre la mesa había una carpeta.
—Tenemos que hablar.
Dejé el bolso lentamente.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Me senté frente a él.
Álvaro abrió la carpeta.
Dentro había documentos.
Un contrato de alquiler.
Una transferencia bancaria.
Y una fotografía nuestra.
—¿Qué es esto?
—El apartamento.
—¿Qué pasa con él?
—Nunca estuvo a tu nombre.
Lo miré.
—Lo sé.
Su expresión cambió.
—¿Cómo?
—Porque llevo tres años pagando la mitad.
—Ese dinero nunca fue necesario.
Sentí una punzada en el pecho.
—Entonces ¿por qué me dejaste pagarlo?
Álvaro bajó la mirada.
—Porque necesitaba saber si te quedarías conmigo sin saber quién era.
—¿Y qué descubriste?
Silencio.
—Que no te importa el dinero.
Solté una risa amarga.
—No. Descubriste que podía soportar cualquier cosa mientras creyera que te amaba.
Álvaro se quedó inmóvil.
—No era así.
—Te vi ayer.
Su rostro perdió color.
—¿Dónde?
—En la mansión.
Silencio.
—Te escuché hablar con tu madre.
Álvaro cerró los ojos.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente asustado.
—¿Qué escuchaste?
—Todo.
Me levanté.
—Incluido que nunca permitirías que tuviéramos un hijo.
Álvaro palideció.
—¿Qué?
Puse lentamente la ecografía sobre la mesa.
Sus ojos bajaron hacia ella.
No respiró.
—Siete semanas.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—Estás embarazada.
—Sí.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después levantó la mirada.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Lo observé en silencio.
—Porque necesitaba descubrir si el hombre que amaba todavía existía detrás de todas tus mentiras.
Álvaro se levantó.
—Yo puedo explicarlo.
—Entonces explica una cosa.
Se quedó quieto.
—¿Por qué tu madre dijo que no permitiría que tuvieras un hijo conmigo?
Álvaro no respondió.
Y esa ausencia de respuesta fue peor que cualquier confesión.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su madre.
No contestó.
Volvió a sonar.
Esta vez apareció un mensaje.
Álvaro lo leyó.
Su rostro cambió por completo.
Me miró.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—Lejos de mi familia.
—¿Por qué?
Me entregó el teléfono.
El mensaje decía:
“Ella ya sabe lo del bebé. Si Álvaro no termina con ella esta noche, yo misma me encargaré de que ese niño nunca lleve nuestro apellido.”
Sentí que el frío me recorría todo el cuerpo.
Álvaro tomó mi mano.
—Ahora entiendes por qué fingí ser pobre.

Lo miré fijamente.
—No.
Retiré mi mano.
—Ahora entiendo que tu mentira era mucho más grande de lo que imaginaba.