PARTE 2: La verdad detrás de Claire

Julian firmó el convenio tres días después.

No discutió demasiado.

Eso fue lo que más me sorprendió.

Tal vez pensó que estaba haciendo un berrinche.

Tal vez creyó que, después de unos meses, volvería arrepentida.

O quizá simplemente estaba demasiado ocupado corriendo detrás de Claire para comprender que aquella vez no estaba amenazando con irme.

Me estaba yendo.

El apartamento frente al río quedó a mi nombre.

Era pequeño comparado con las propiedades de Whitmore Group, pero tenía enormes ventanales y una vista directa hacia el distrito financiero.

Desde el salón podía verse un edificio de cristal situado al otro lado de la avenida.

Nathan trabajaba allí.

Pero yo no había elegido aquel lugar por él.

Lo había elegido porque era el único sitio donde podía empezar de nuevo sin que cada habitación me recordara a Julian.

Vendí mis joyas.

Cerré las cuentas conjuntas.

Cambié mi número.

Y durante meses no volví a saber nada de mi exmarido.

Hasta aquella noche.

La gala anual de una fundación jurídica reunía a empresarios, abogados y políticos en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad.

Yo llevaba un vestido negro sencillo.

Nathan llegó a mi lado diez minutos después.

—¿Nerviosa?

—No.

—Mientes fatal.

Sonreí.

—He sobrevivido a cosas peores.

Entramos juntos.

Las conversaciones disminuyeron lentamente.

No porque Nathan fuera famoso.

Sino porque Julian estaba al otro lado del salón.

Lo vi antes de que él me viera.

Claire estaba junto a él.

Ella llevaba un vestido plateado.

Julian tenía una copa en la mano.

Y cuando levantó la mirada y me encontró del brazo de Nathan, su expresión cambió.

No fue celos.

Al menos eso me dije.

Fue sorpresa.

Después incomodidad.

Y finalmente algo que no pude identificar.

Nathan se inclinó hacia mí.

—¿Quieres irnos?

—No.

Miré directamente a Julian.

—Esta noche no voy a escapar de nadie.

Caminamos hacia la mesa principal.

Julian no apartó los ojos de nosotros.

Durante la cena, Nathan me hizo reír.

Hablamos de casos antiguos.

De nuestros profesores.

De la época en que discutíamos por cualquier argumento insignificante.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentí que tenía que medir cada palabra.

Cuando terminó la gala, Nathan me acompañó hasta mi coche.

—Amelia.

—¿Sí?

—No tienes que fingir conmigo.

Lo miré.

—No estoy fingiendo.

Él sonrió.

—Entonces eso es todavía mejor.

Nos despedimos.

Yo subí a mi coche.

No habían pasado ni cinco minutos cuando mi teléfono vibró.

Un número que no tenía guardado.

Pero conocía perfectamente.

Julian.

“Ese apartamento frente al río…”

Esperé.

Llegó otro mensaje.

“¿Lo elegiste porque desde allí puedes ver el despacho de Nathan?”

Leí la frase dos veces.

Después apareció una tercera.

“¿Llevas meses viéndolo desde tu ventana?”

Solté una pequeña risa.

No porque fuera gracioso.

Sino porque Julian había tardado casi un año en hacerme una pregunta que demostraba que finalmente estaba pensando en mí.

Respondí:

“No.”

Pasaron treinta segundos.

“Entonces, ¿por qué ese apartamento?”

Miré las luces de la ciudad.

Y escribí:

“Porque desde allí puedo ver la vida que decidí construir después de ti.”

No respondió.

Pensé que la conversación había terminado.

Hasta que llegó otro mensaje.

“¿Todavía lo amas?”

Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla.

No contesté.

A la mañana siguiente, encontré un sobre debajo de la puerta de mi apartamento.

No tenía remitente.

Dentro había una fotografía antigua.

Yo tenía dieciocho años.

Julian aparecía a mi lado.

Pero detrás de nosotros estaba Claire.

En el reverso alguien había escrito una fecha.

La misma fecha del incidente en el baño del instituto.

Debajo había cuatro palabras:

“Ella nunca fue la víctima.”

Me quedé mirando aquella fotografía.

Entonces recordé algo que había olvidado durante ocho años.

La noche del escándalo, Claire no había llorado cuando me quedé sola con ella.

Había sonreído.

Y antes de que Julian regresara, me había susurrado:

“Algún día él será mío.”

Por primera vez, comprendí que mi divorcio quizá no había sido el final de aquella historia.

Había sido el comienzo de la verdad.

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