Roman permaneció de rodillas junto a mí.
El vagón entero había quedado en silencio.
Jude finalmente había dejado de llorar.
Su pequeña boca se movía con tranquilidad mientras bebía, y por primera vez desde que había subido al tren, los otros dos bebés también empezaron a calmarse.
Roman no apartaba los ojos de su hijo.
Parecía incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo.
—Está comiendo —susurró.
Asentí.
—Tenía hambre.
Roman bajó la cabeza.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después se pasó una mano por el rostro.
—Llevamos seis horas intentando alimentarlos.
—¿Seis horas?
—La fórmula no funciona. Cambiamos de marca tres veces.
Miré a los otros dos bebés.
—Quizá no sea la fórmula.
—¿Entonces qué?
—Quizá necesiten sentir a alguien.
Roman me miró.
—¿A alguien?
—A su madre.
Su expresión se endureció.
—Su madre murió hace nueve días.
Lo dijo sin emoción.
Pero sus ojos lo traicionaron.
Bajé la mirada.
—Lo siento.
Roman asintió.
—Ella los alimentaba cada tres horas.
Miró a Jude.
—Después de que murió, no volvieron a comer bien.
Ahora entendí.
Aquellos bebés no solo tenían hambre.
Habían perdido a su madre.
Y aquel hombre multimillonario estaba intentando reemplazar con dinero algo que el dinero no podía comprar.
—¿Tienen médico?
—Sí.
—¿Está aquí?
Uno de los guardaespaldas respondió:
—En otro vagón.
—Tráiganlo.
Roman hizo una señal.
El hombre desapareció.
Mientras tanto, Jude seguía comiendo.
Los otros dos bebés habían dejado de llorar.
Una mujer sentada cerca comenzó a grabar con su teléfono.
Roman la vio.
No dijo nada.
Solo la miró.
La mujer bajó inmediatamente el aparato.
Entonces Roman volvió a mirarme.
—¿Cómo te llamas?
—Mara.
—¿Mara qué?
—Mara Bennett.
—¿Viajas sola?
Miré hacia mi asiento.
—Con mi hija.
Roman siguió mi mirada.
Mi pequeña Emma dormía profundamente.
—¿Dónde está su padre?
La pregunta me hizo tensarme.
—No está.
Roman entendió.
No preguntó más.
En ese momento apareció un médico.
Se arrodilló junto a los bebés y los examinó rápidamente.
—Están deshidratados y agotados.
Roman palideció.
—¿Es grave?
—Podría serlo si continúa.
El médico miró a Jude.
—Pero esto está ayudando.
Roman cerró los ojos.
—Gracias.
No sabía si se lo decía al médico o a mí.
Probablemente a ambos.
Entonces uno de los bebés comenzó a llorar otra vez.
Roman se levantó de inmediato.
—Dame a Noah.
Intentó sostenerlo.
El niño lloró más fuerte.
Roman comenzó a caminar de un lado a otro.
—Vamos, hijo. Vamos.
Nada.
Lo tomó con más cuidado.
—Por favor.
Su voz se quebró.
—No me hagas esto.
El médico intentó ayudarlo.
Tampoco funcionó.
Yo extendí los brazos.
—Déjame probar.
Roman dudó.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Me entregó al bebé.
En cuanto lo apoyé contra mi pecho, el llanto disminuyó.
Roman se quedó inmóvil.
—¿Cómo haces eso?
—No hago nada.
Acaricié la espalda del pequeño.
—Solo necesita sentirse seguro.
Roman me observó durante varios segundos.
Entonces preguntó:
—¿Cuánto te debo?
Lo miré.
—Nada.
—Puedo pagarte.
—No.
—Lo que quieras.
—Roman.
Fue la primera vez que pronuncié su nombre.
Él se quedó sorprendido.
—No quiero tu dinero.
Su mandíbula se tensó.
—Todo el mundo quiere mi dinero.
—Yo no.
—¿Por qué?
Miré al bebé.
—Porque sé lo que es no tenerlo.
Roman no respondió.
Yo había aprendido a vivir con poco desde que Emma nació.
Había vendido mi coche.
Había dejado mi apartamento anterior.
Trabajaba limpiando oficinas por la noche y cuidaba a mi hija durante el día.
No tenía ahorros.
No tenía familia cerca.
Pero tenía algo que aquel hombre no podía comprar.
Experiencia.
Paciencia.
Y una hija que me había enseñado a reconocer cada pequeño sonido de un bebé.
Después de veinte minutos, los tres estaban tranquilos.
El tren continuaba avanzando.
Roman se sentó frente a mí.
—¿Qué haces para vivir?
—Trabajo donde puedo.
—¿Dónde?
—En una empresa de limpieza.
Él frunció el ceño.
—¿Cuánto ganas?
Sonreí.
—No necesitas saberlo.
—Quiero ayudarte.
—Ya me ayudaste.
—¿Cómo?
—Me dejaste alimentar a tus hijos.
Roman bajó la mirada.
Por primera vez parecía no tener respuesta.
Entonces su teléfono vibró.
Uno de sus hombres se acercó.
—Señor Vale.
Roman respondió.
—Habla.
El hombre susurró algo.
La expresión de Roman cambió.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace veinte minutos.
Roman se levantó.
—Cierren todas las puertas del vagón.
Los guardaespaldas se movieron inmediatamente.
Yo miré a mi alrededor.
—¿Qué pasa?
Roman se acercó.
—Alguien sabe que mis hijos están en este tren.
Sentí un escalofrío.
—¿Y eso qué significa?
Roman miró hacia la puerta del vagón.
—Significa que no estaban intentando encontrarme a mí.
Miró a Jude.
Después a los otros dos bebés.
—Estaban intentando encontrar a mis hijos.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién?
Roman no respondió.
El tren comenzó a reducir la velocidad.
Las luces del vagón parpadearon.
Uno de los guardaespaldas sacó un arma.
Roman se colocó delante de mí.
—Quédate detrás de mí.
—¿Por qué?
—Porque ahora tú también estás involucrada.
Lo miré.
—Yo solo ayudé a tus hijos.
—Exactamente.
Roman apretó la mandíbula.
—Y quienquiera que esté detrás de esto acaba de descubrir que mis hijos tienen una nueva protectora.
Entonces las luces se apagaron por completo.
Y en la oscuridad, alguien golpeó tres veces la puerta del vagón.
Toc.
Toc.
Toc.
Roman levantó lentamente la cabeza.
—Nadie abra.
Pero desde el otro lado de la puerta llegó una voz.
Una voz de mujer.
—Roman…
Él se quedó completamente inmóvil.

Porque reconoció aquella voz.
La voz de la mujer que todos creían muerta.