A la mañana siguiente no llamé a Bastien.
Tampoco le pregunté quién era Nadine.
Esperé.
Porque ahora sabía algo que antes no sabía.
El apartamento no llevaba tres años vacío.
Alguien había vivido allí durante casi un año.
Y Bastien había pagado las cuentas.
A las ocho de la mañana, Selma llegó a mi casa con dos cafés y una carpeta.
—¿Dormiste?
—No.
—Perfecto.
La miré.
—¿Perfecto?
—Significa que no tuviste tiempo de arrepentirte.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—He conseguido los registros de acceso que podemos solicitar como copropietarios.
Abrió su portátil.
—Mira esto.
Apareció una lista de entradas.
El apartamento había registrado accesos casi todos los días durante los últimos once meses.
Pero había algo todavía más extraño.
—Estos accesos están vinculados a una tarjeta.
—¿De quién?
Selma amplió la pantalla.
El nombre apareció.
Nadine Ferris.
Sentí un peso en el pecho.
—Bastien le dio una tarjeta de acceso.
—Sí.
—¿Hace cuánto?
—Once meses.
Me quedé mirando la fecha.
Era exactamente el mismo mes en que Bastien comenzó a decirme que estaba viajando más por trabajo.
—Quiero saber quién pagó el seguro médico de Nadine.
Selma levantó una ceja.
—Eso puede ser más difícil.
—No si aparece en nuestras cuentas.
Abrió otro archivo.
Y allí estaba.
Pagos mensuales.
Médicos.
Farmacia.
Exámenes prenatales.
Todos cargados a una tarjeta que yo había utilizado durante años para pagar gastos familiares.
La misma tarjeta que Bastien decía que solo utilizaba para «gastos empresariales».
Sentí que la habitación se quedaba en silencio.
—Él usó nuestro dinero.
Selma no respondió.
—No solo escondió a una mujer.
Miré los movimientos.
—La mantuvo con dinero de nuestro matrimonio.
—Eso parece.
—¿Y el apartamento?
Selma pasó a otra página.
—También hay pagos de mantenimiento.
—¿A nombre de quién?
—Tuyos y de Bastien.
Me recosté en la silla.
Por primera vez no sentí rabia.
Sentí claridad.
Todo estaba conectado.
El apartamento.
Las cuentas.
Los viajes.
Las noches fuera.
La mujer embarazada.
Y quizá algo más.
—Selma.
—¿Sí?
—Quiero saber quién es el padre del bebé.
Ella me miró.
—¿Crees que es Bastien?
—No lo sé.
—Entonces no hagamos suposiciones.
Asentí.
—Descubramos la verdad.
Esa noche Bastien llegó a casa a las diez.
Entró con una expresión cansada.
Me encontró sentada en el sofá leyendo.
—¿Todavía despierta?
—Sí.
Se quitó el abrigo.
—Hoy fue horrible.
Lo miré.
—¿Mucho trabajo?
—Demasiado.
Sonreí.
—Debes estar agotado.
—Lo estoy.
Se acercó y me besó la frente.
Sentí el mismo perfume que había percibido la noche anterior en el estacionamiento.
Pero no dije nada.
—¿Comiste? —pregunté.
—Sí.
—¿En la oficina?
—Sí.
Mentira.
—¿Y dormiste algo?
—Unas horas.
Otra mentira.
Me levanté.
—Voy a prepararte té.
—No hace falta.
—Insisto.
Mientras calentaba el agua, Bastien me observaba desde la puerta.
—Renata.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Me giré.
—¿Por qué no estaría bien?
—No sé.
—Pareces preocupado.
—Solo estoy cansado.
Sonreí.
—Entonces duerme.
Me abrazó por detrás.
Durante años había pensado que aquel gesto significaba seguridad.
Esa noche solo sentí una cosa.
Una mentira.
A la mañana siguiente recibí una llamada.
Era el administrador del edificio.
—Señora Sorel, encontramos algo durante la revisión de los registros.
—¿Qué cosa?
—Hay un problema con la cerradura del apartamento.
—¿Qué problema?
—Se instaló una segunda cerradura interior.
Fruncí el ceño.
—¿Interior?
—Sí.
—¿Quién la instaló?
Hubo un silencio.
—La solicitud fue presentada por su esposo.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuándo?
Me dio la fecha.
Ocho meses atrás.
—¿Y para qué?
—Dijo que necesitaba mayor privacidad por motivos de seguridad.
Cerré los ojos.
Privacidad.
Ahora aquella palabra tenía otro significado.
—¿Puede enviarme el documento?
—Ya se lo he enviado.
Abrí el archivo.
La firma de Bastien aparecía al final.
Pero había una segunda página.
Un plano del apartamento.
Y una modificación.
Habían convertido una habitación pequeña en una especie de dormitorio infantil.
Había una cuna.
Un cambiador.
Un armario.
Y junto a la ventana, un escritorio.
No era una visita ocasional.
Bastien había preparado aquella vivienda para una familia.
Su otra familia.
Guardé el documento.
Entonces recibí otro mensaje.
Esta vez de Selma.
«Encontré algo más.»
Abrí el archivo.
Era una copia de un documento médico.
No contenía detalles clínicos.
Solo un nombre.
Un padre registrado.
Me quedé mirando la pantalla.
El nombre no era Bastien.
Era Marcus Ferris.
El hermano menor de Nadine.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones.
Entonces, ¿por qué Bastien había mantenido a Nadine?
¿Por qué había pagado su vivienda?
¿Por qué había preparado una habitación para su bebé?
Y, sobre todo, ¿por qué había utilizado nuestro dinero para hacerlo?
Llamé a Selma.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—Entonces hay algo que no sabemos.
—Sí.
—Quiero descubrirlo.
—Lo haremos.
Colgué.
Esa misma tarde fui al apartamento.
No llamé a Bastien.
Usé mi propia llave.
La puerta se abrió.
El silencio del lugar me golpeó.
Todo estaba limpio.
Demasiado limpio.
Había ropa de mujer en el dormitorio.
Productos de embarazo en el baño.
Fotografías sobre una mesa.
Y en la nevera había una ecografía.
La tomé.
Debajo alguien había escrito una fecha.
La fecha prevista para el nacimiento.
Entonces escuché un ruido detrás de mí.
Me giré.
Nadine estaba parada en el pasillo.
Llevaba una bata.
Una mano descansaba sobre su vientre.
La otra sostenía un teléfono.
Su rostro palideció al verme.
—Tú…
No dije nada.
Ella dio un paso atrás.
—¿Cómo entraste?
—La casa también es mía.
Nadine miró hacia la puerta.
—Bastien no está aquí.
—No vine a buscarlo.
Ella tragó saliva.
—Entonces, ¿qué quieres?
Levanté la ecografía.
—Quiero saber por qué mi marido está pagando tu vida.
Nadine bajó la mirada.
—No es lo que crees.
—Eso es exactamente lo que él me dijo.
Ella comenzó a llorar.
—Bastien no está enamorado de mí.
La miré fijamente.
—Entonces explícame.
Nadine apretó el teléfono contra el pecho.
—Él me está protegiendo.
—¿De quién?
Nadine no respondió.
—¿De tu hermano?
Su rostro cambió.
—¿Cómo sabes su nombre?
—Porque revisé los documentos.
Nadine cerró los ojos.
Y entonces dijo algo que hizo que todo volviera a cambiar.
—Marcus murió hace seis meses.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—El bebé es suyo.
—Entonces ¿por qué Bastien te protege?
Nadine empezó a llorar.
—Porque antes de morir, Marcus le pidió una cosa.
—¿Qué?
Ella levantó la mirada.
—Que protegiera a su hijo.
Miré nuevamente la ecografía.
Entonces entendí que quizá Bastien no me había estado engañando de la forma que yo creía.
Pero eso no explicaba el dinero.
No explicaba las mentiras.
Y no explicaba por qué había mantenido todo aquello en secreto durante once meses.
Nadine respiró profundamente.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Marcus no murió por accidente.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué estás diciendo?
Nadine miró hacia la puerta.
—Y Bastien sabe quién lo mató.
En ese momento escuchamos el sonido de unas llaves.
Nadine palideció.

—Es él.
La puerta comenzó a abrirse.
Y comprendí que, en cuestión de segundos, Bastien iba a descubrir que las dos mujeres a las que había mantenido separadas acababan de descubrir la misma verdad.