PARTE 2: El extraño que conocía mi nombre

El hombre llegó hasta la puerta del autobús justo cuando los paramédicos subían los escalones.

—Claire.

Me quedé inmóvil.

No conocía aquella voz.

Pero él conocía mi nombre.

—¿Cómo sabe quién soy?

El hombre miró mi vientre y luego mi rostro.

—Porque llevo horas buscándote.

Uno de los paramédicos intervino.

—Señor, necesitamos espacio.

—Lo sé.

El hombre retrocedió, pero no apartó los ojos de mí.

—¿Quién es usted? —pregunté.

—Daniel Mercer.

El apellido me golpeó como una bofetada.

—¿Mercer?

Asintió.

—Soy el hermano de tu marido.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Ethan nunca había hablado de un hermano.

Jamás.

—Eso es imposible.

Daniel sacó lentamente una identificación.

—Ethan le dijo a todo el mundo que yo había muerto hace nueve años.

Me quedé mirándolo.

—¿Qué?

—Después te explicaré.

Otra contracción me atravesó el cuerpo.

Me doblé sobre mí misma.

—Ahora mismo no podemos hablar —dijo el paramédico—. Tenemos que trasladarla.

Daniel se apartó inmediatamente.

—Voy detrás de ustedes.

Mientras me subían a la ambulancia, lo vi sacar el teléfono.

—Llama a Martin Keller —dijo alguien.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

Su expresión se volvió fría.

—Porque Martin está trabajando para Ethan.

La ambulancia arrancó.

Durante el trayecto, intenté concentrarme en respirar.

Pero no podía dejar de pensar en aquel hombre.

El hermano muerto de mi marido.

Cuando llegamos al hospital, los médicos comenzaron a prepararme para una posible cesárea de emergencia.

Una enfermera me preguntó:

—¿El padre de los bebés está informado?

Miré hacia el techo.

—No quiero que lo llamen.

—¿Está segura?

—Completamente.

Entonces la puerta se abrió.

Daniel entró.

—Soy familiar de Claire.

La enfermera lo detuvo.

—Solo pueden entrar familiares directos.

Daniel miró hacia mí.

—Soy su cuñado.

La enfermera volvió a mirarme.

Asentí.

—Déjelo pasar.

Daniel se acercó.

—¿Cómo estás?

—Asustada.

—Lo sé.

—¿Por qué me estabas buscando?

Daniel sacó un sobre.

—Porque encontré esto.

Lo abrió.

Dentro había copias de transferencias bancarias.

Varias.

Todas realizadas por Ethan.

—¿Qué es?

—Dinero enviado a Sabrina Vale.

Miré las cantidades.

Eran enormes.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace más de un año.

Sentí un nudo en el estómago.

—Entonces no empezó hace tres semanas.

—No.

Daniel pasó otra página.

—Y hay algo peor.

—¿Qué?

—El dinero no salía de las cuentas personales de Ethan.

Me quedé inmóvil.

—¿De dónde salía?

—De una sociedad que lleva tu nombre.

Mi corazón se detuvo.

—Eso no puede ser.

Daniel me mostró los documentos.

Allí estaba mi firma.

Mi nombre.

Mi fecha de nacimiento.

Pero yo jamás había creado aquella sociedad.

—Ethan utilizó tu identidad para mover dinero.

Sentí que todo encajaba de repente.

La cuenta congelada.

El divorcio apresurado.

Las veinticuatro horas.

La necesidad de hacerme desaparecer.

No quería simplemente dejarme.

Quería sacarme del camino antes de que descubriera algo.

—¿Qué está haciendo con ese dinero?

Daniel negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé todavía.

—Entonces ¿por qué me estás ayudando?

Me miró durante varios segundos.

—Porque mi hermano hizo algo parecido con mi familia.

Bajó la voz.

—Y mi padre lo ayudó.

Sentí un escalofrío.

—¿Tu padre?

—Nuestro padre.

Daniel se sentó.

—Ethan no es quien tú crees.

Antes de que pudiera responder, una enfermera entró apresuradamente.

—Claire, tenemos que llevarte al quirófano.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Los bebés?

—Están intentando aguantar, pero necesitamos actuar.

Daniel se levantó.

—Estaré aquí.

Lo miré.

—No dejes que Ethan entre.

—No entrará.

La puerta comenzó a cerrarse.

Entonces escuché el sonido de otro teléfono.

Era el mío.

Una enfermera lo había dejado sobre la mesa.

La pantalla se iluminó.

Un mensaje de Ethan.

«Espero que hayas encontrado un lugar donde quedarte.»

Luego llegó otro.

«Cuando nazcan los bebés, necesitaremos hablar sobre la custodia.»

Miré el mensaje.

Después miré a Daniel.

Él también lo había leído.

Su expresión cambió.

—¿Sabe que estás en el hospital?

Negué con la cabeza.

Daniel tomó el teléfono.

—Entonces alguien se lo dijo.

Antes de que pudiera preguntar quién, llegó un tercer mensaje.

Esta vez no era de Ethan.

Era de Sabrina.

«Claire, no sabes lo que estás a punto de perder.»

Debajo había una fotografía.

Era una imagen tomada dentro de mi apartamento esa misma noche.

En la foto aparecía Ethan frente a mi escritorio.

Y sobre la mesa estaba abierta una carpeta que yo jamás había visto.

En la primera página había una lista.

Tres nombres.

Tres fechas de nacimiento.

Y junto a cada uno, una cantidad de dinero.

Mis bebés todavía no habían nacido.

Pero alguien ya les había puesto precio.

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