El tercer golpe desapareció en el silencio.
Toc.
Toc.
Toc.
No fue fuerte.
Pero estaba demasiado cerca.
Mia levantó la mirada hacia mí.
—¿Lo oyó?
No respondí.
Me acerqué lentamente al librero.
Mia retrocedió un paso, protegiendo instintivamente a la bebé que llevaba en la espalda.
—Quédate aquí.
Moví uno de los libros.
Nada.
Deslicé la mano por el borde de la estantería.
Entonces sentí algo.
Una corriente de aire frío.
Fruncí el ceño.
—¿Desde cuándo escuchas esto?
Mia pensó unos segundos.
—Desde hace meses.
—¿Meses?
Asintió.
—Mamá dice que no debo acercarme.
—¿Y por qué has venido aquí esta noche?
La niña bajó la cabeza.
—Mamá no podía levantarse.
Miré a Lily.
La bebé seguía dormida.
—¿Tu madre está arriba?
—No.
Su respuesta fue demasiado rápida.
—¿Dónde está?
Mia apretó los labios.
—En nuestra habitación.
—¿Está enferma?
Asintió.
—Tiene mucha fiebre.
Sentí una punzada de culpa.
Grace llevaba ocho años trabajando para mí.
Y yo nunca había sabido dónde vivía.
Nunca había preguntado si tenía familia.
Nunca había imaginado que una niña de seis años podía estar limpiando mi casa a casi las dos de la madrugada.
Entonces escuchamos otro ruido.
Esta vez no fueron tres golpes.
Fue un golpe largo.
Como si alguien hubiera apoyado la palma de la mano contra la pared desde el otro lado.
Mia se sobresaltó.
Lily comenzó a moverse.
—Shh…
Mia acarició suavemente la espalda de la bebé.
—No pasa nada.
La miré.
—¿Has visto alguna vez a alguien detrás de la pared?
Mia negó.
—Solo escucho.
—¿Tu madre sabe algo?
—Creo que sí.
La respuesta me hizo girarme.
—¿Qué significa eso?
Mia bajó la voz.
—Una vez la vi llorando aquí.
Mi estómago se contrajo.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
—¿Qué hacía?
—Estaba mirando el librero.
—¿Y qué dijo?
Mia tardó unos segundos.
—Dijo que nunca debió aceptar trabajar aquí.
Me quedé inmóvil.
Grace jamás había dicho algo parecido.
De hecho, siempre había sido discreta.
Leal.
Casi invisible.
—¿Qué más dijo?
Mia me miró.
—Dijo que usted no sabía nada.
Sentí un escalofrío.
—¿Nada de qué?
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos en el pasillo.
Mia se quedó completamente quieta.
—Es mamá.
La puerta se abrió.
Grace apareció apoyada contra el marco.
Su rostro estaba pálido.
Tenía el cabello desordenado y respiraba con dificultad.
—Mia.
La niña corrió hacia ella.
—Mamá, el señor Duca está aquí.
Grace me miró.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después vio el librero.
Y su expresión cambió.
—¿Lo escuchó?
Asentí.
—Sí.
Grace cerró los ojos.
—Entonces ya es demasiado tarde.
—¿Qué significa eso?
Ella miró a Mia.
—Llévate a Lily abajo.
—Pero…
—Ahora.
Mia obedeció.
Cuando desapareció por las escaleras, cerré la puerta del estudio.
—Quiero saber qué está pasando.
Grace comenzó a llorar.
—No puedo decírselo.
—Llevas ocho años trabajando en mi casa.
—Precisamente por eso.
—¿Qué hay detrás de esa pared?
Grace se llevó una mano a la boca.
—Una habitación.
—Esta casa no tiene ninguna habitación ahí.
—Eso es lo que todos creen.
Me acerqué al librero.
—¿Quién construyó esa habitación?
Grace negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién está dentro?
Su silencio fue suficiente.
Sentí que la sangre se me enfriaba.
—¿Hay alguien ahí ahora?
Grace comenzó a temblar.
—No lo sé.
Entonces los tres golpes volvieron a sonar.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez venían de más cerca.
Miré a Grace.
—Voy a abrirlo.
—No.
—¿Por qué?
Ella se acercó y me agarró del brazo.
—Porque la última persona que abrió esa puerta desapareció.
Me quedé mirándola.
—¿Quién?
Grace tragó saliva.
—El anterior propietario.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué estás diciendo?
—La casa no pertenecía originalmente a usted.
—Lo sé. La compré hace diez años.
Grace negó lentamente.
—No.
—¿Qué?
—Usted no compró esta casa.
Señaló la pared.
—La heredó.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿De quién?
Grace me miró directamente.
—De un hombre que llevaba años intentando mantener esa habitación cerrada.
Antes de que pudiera preguntar su nombre, algo golpeó desde el interior.
Una vez.
Dos veces.
Después se escuchó claramente una voz.
Débil.
Apenas un susurro.
—¿Hay alguien ahí?
Grace se llevó ambas manos a la boca.
Yo me quedé paralizado.
La voz volvió a sonar.
—Por favor…
Era una voz de mujer.
Y entonces dijo mi nombre.
—Señor Duca…
Miré a Grace.
Ella estaba llorando.
—¿Quién es? —pregunté.
Grace negó con la cabeza.
—No debería estar viva.
Me acerqué al librero.
Encontré una pequeña cerradura oculta detrás de un libro antiguo.
La llave apareció en el bolsillo de mi bata.
No recordaba haberla visto jamás.
La introduje en la cerradura.
Giró.
El mecanismo interno comenzó a moverse.
El enorme librero se separó lentamente de la pared.
Detrás apareció un pasadizo oscuro.
Y en el suelo, justo al otro lado de la entrada, había una fotografía antigua.
La recogí.
Era una imagen de mi padre.
Junto a él aparecía una mujer que reconocí inmediatamente.
Era Grace.
Pero la fotografía había sido tomada treinta años antes.
Grace todavía parecía una adolescente.
Levanté la mirada.
—Grace…
Ella se quedó completamente inmóvil.
—¿Por qué estás en una fotografía con mi padre?
No respondió.
Entonces, desde el interior del pasadizo, la mujer volvió a golpear.
Toc.

Toc.
Toc.
Y Grace susurró:
—Porque esa mujer no es la única persona que su padre dejó encerrada aquí.