PARTE 2: La última carta de mi abuelo

Flynn permaneció mirando la fotografía sin decir una palabra.

En la imagen se veía claramente la escalera.

Cordelia estaba detrás de mí.

Y Flynn aparecía junto a mi cuerpo después de la caída.

Pero lo que más los aterrorizó no fue eso.

Fue la segunda fotografía.

Phoebe la colocó sobre la mesa.

Mostraba a Cordelia arrancándome el colgante del cuello mientras yo permanecía en el suelo.

Uno de los invitados llevó una mano a la boca.

—Dios mío…

Cordelia retrocedió.

—Eso no demuestra que yo la haya empujado.

—No —respondió Phoebe—. Pero tenemos otra imagen.

Sacó una tercera fotografía.

Esta vez se veía claramente la mano de Cordelia extendida contra mi pecho.

El jardín quedó completamente silencioso.

Flynn cerró los ojos.

—Mamá…

Cordelia comenzó a llorar.

—Yo solo quería protegerte.

—¿Protegerme de qué?

—De perderlo todo.

Lo miré.

—Eso es exactamente lo que intentaste hacer conmigo.

Flynn apretó la mandíbula.

—Sloan, podemos arreglar esto.

Solté una pequeña risa.

—¿Arreglarlo?

Señalé mi pierna.

—Me empujaron por una escalera.

Señalé el colgante.

—Me robaron una joya familiar.

Después señalé los documentos.

—Y me obligaste a transferir una propiedad mientras estaba hospitalizada.

—Yo no sabía que el acuerdo estaba protegido —susurró Flynn.

—Ese es tu problema.

Phoebe intervino.

—Hay algo más.

Flynn levantó la cabeza.

—¿Qué?

Phoebe sacó un sobre antiguo.

—El señor Whitmore dejó instrucciones específicas para el caso de que su nieta intentara transferir la propiedad bajo presión.

Mi corazón se aceleró.

Nunca había sabido que mi abuelo hubiera dejado algo así.

—¿Qué instrucciones?

Phoebe me entregó el sobre.

—Ábrelo tú.

Mis dedos temblaron al romper el sello.

Dentro había una carta escrita a mano.

Reconocí inmediatamente la letra de mi abuelo.

«Sloan, si estás leyendo esto, significa que alguien ha intentado quitarte lo que construí para ti.»

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Seguí leyendo.

«No te preocupes por la casa. Nunca fue simplemente una casa.»

Levanté la mirada.

Todos esperaban.

Continué.

«El valor de esta propiedad no está en los cinco millones de dólares que algún día pueda valer.»

«Está en lo que contiene.»

Fruncí el ceño.

Phoebe permaneció en silencio.

La siguiente frase me dejó desconcertada.

«Debajo del jardín de rosas encontrarás la verdadera razón por la que esta propiedad debe permanecer en nuestra familia.»

Miré hacia las rosas.

Las mismas rosas que Flynn planeaba destruir para construir una piscina.

Él también había leído la carta.

—¿Qué hay debajo del jardín?

No respondí.

Mi abuelo había muerto hacía seis años.

Nunca me había hablado de ningún secreto.

Pero había algo más.

Una última línea.

«Y recuerda esto, pequeña: si alguien intenta quitarte la casa, no luches por las paredes.»

«Haz que descubran lo que enterraron.»

Levanté lentamente la mirada hacia Flynn.

—¿Qué significa esto?

Él negó con la cabeza.

—No tengo idea.

Pero Cordelia sí.

Lo vi en su rostro.

Durante apenas un segundo, sus ojos se movieron hacia el jardín.

Phoebe también lo notó.

—Señora Cordelia.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—¿Por qué miró las rosas?

—No las miré.

—Sí lo hizo.

Dos agentes se acercaron.

Cordelia retrocedió.

—No pueden hacerme esto.

—Nadie está haciendo nada todavía —respondió Phoebe—. Pero ahora tenemos una pregunta.

Miró hacia el jardín.

—¿Qué hay enterrado allí?

Cordelia comenzó a llorar.

Flynn la miró.

—Mamá.

Ella no respondió.

—Mamá, ¿qué hiciste?

Cordelia se cubrió el rostro.

Y entonces dijo algo que hizo que incluso Flynn palideciera.

—Tu abuelo no murió pensando que tú eras su única heredera.

Sentí que el aire se detenía.

—¿Qué quieres decir?

Cordelia levantó lentamente la cabeza.

—Hay otra persona.

Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.

—¿Quién?

Ella miró hacia las rosas.

—Alguien que tu abuelo protegió durante años.

Phoebe se acercó a mí.

—Sloan, creo que debemos detenernos aquí.

—No.

Miré el jardín.

—Quiero saberlo.

Cordelia negó con la cabeza.

—No deberías.

—Ya me quitaste una vez la oportunidad de decidir por mí misma.

Di un paso hacia las rosas.

—Esta vez voy a decidir yo.

Los agentes comenzaron a acordonar el jardín.

La música había dejado de sonar.

Los invitados permanecían inmóviles.

Flynn miraba a su madre como si acabara de descubrir que nunca la había conocido realmente.

Entonces uno de los agentes hundió una pala en la tierra.

El metal golpeó algo duro.

«Clang.»

Todos guardaron silencio.

El agente apartó cuidadosamente la tierra.

Debajo apareció una caja metálica oxidada.

Y sobre la tapa había una inscripción.

Mi nombre.

SLOAN WHITMORE.

Me acerqué lentamente.

Pero antes de que pudiera tocarla, mi teléfono comenzó a sonar.

Era un número desconocido.

Contesté.

Una voz de hombre habló al otro lado.

—Sloan, no abras esa caja.

Me quedé paralizada.

—¿Quién eres?

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces respondió:

—El hombre que tu abuelo intentó proteger de tu familia.

La llamada terminó.

Miré la caja.

Y por primera vez comprendí que la caída por aquellas escaleras no había sido el verdadero comienzo de mi pesadilla.

Había sido la primera señal de que alguien estaba dispuesto a matar por lo que mi abuelo había dejado enterrado bajo aquellas rosas.

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