PARTE 2: La suegra dio la orden

Patricia avanzó por el pasillo con la tranquilidad de quien esperaba encontrar una casa en silencio.

Pero al doblar hacia la cocina, el charco de líquido sobre el piso, el rostro pálido de Valeria y el teléfono tirado debajo del mueble rompieron por un instante la expresión de superioridad que siempre llevaba.

Solo por un instante.

Después volvió a sonreír.

—¿Ya empezó el drama? —preguntó, dejando su bolso sobre la barra.

Valeria levantó la cabeza con dificultad.

—Patricia… por favor… llame a una ambulancia… los bebés…

Un dolor insoportable le atravesó el abdomen. Sintió otra contracción y apretó los dientes para no gritar.

Renata cruzó los brazos.

—Dice que se cayó solita.

Patricia ni siquiera se acercó a ayudarla.

Miró el líquido en el suelo, luego el vientre enorme de su nuera y finalmente a su hija.

—¿Firmó?

—No.

—¿Y el banco?

Renata negó con la cabeza.

—Tiene un bloqueo biométrico.

Patricia soltó un suspiro de fastidio, como si el verdadero problema fuera el dinero y no la mujer embarazada agonizando frente a ella.

—Siempre supe que Diego cometió un error casándose con una contadora.

Valeria sintió que el aire le faltaba.

—Ustedes… falsificaron documentos…

Patricia sonrió con una calma escalofriante.

—¿Y quién te va a creer?

Otra contracción la dobló por completo.

Esta vez un hilo de sangre comenzó a mezclarse con el agua que seguía extendiéndose por el piso.

Renata dio un paso hacia atrás.

—Mamá…

—No te pongas nerviosa.

—Está sangrando.

Patricia observó la escena apenas un segundo.

—Si llamamos demasiado pronto, todavía puede hablar.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué… qué están diciendo?

La suegra tomó la carpeta beige y empezó a guardar los papeles con absoluta tranquilidad.

—Dentro de unos minutos diremos que resbalaste. Estás embarazada de gemelos, cualquiera entendería un accidente.

Renata tragó saliva.

—¿Y si pierde a los niños?

Patricia la miró fijamente.

—Entonces Diego dejará de gastar ese dinero en incubadoras y médicos.

El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.

Valeria sintió que el mundo entero se detenía.

No era un arrebato.

No era una discusión familiar.

Era un plan.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

—¿Cómo pueden ser tan crueles?

Patricia acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Porque los Montes no regalamos ciento cincuenta mil pesos por un embarazo.

Renata respiraba cada vez más rápido.

Aunque había sido ella quien golpeó a Valeria, ahora empezaba a notar la gravedad de lo ocurrido.

La sangre seguía aumentando.

Los gemidos de dolor llenaban la cocina.

—Mamá… esto ya no me gusta.

—Compórtate.

—Pero…

—¿Quieres terminar en la cárcel?

Renata se quedó inmóvil.

Patricia tomó una toalla del fregadero y comenzó a limpiar cuidadosamente el mango de la puerta de la cocina.

Después recogió el vaso roto que había caído durante la pelea.

Luego acomodó una silla volteada.

Todo parecía una escena preparada.

Valeria la observaba horrorizada.

—Está… alterando… todo…

—Claro.

Patricia sonrió.

—Los accidentes también necesitan orden.

En ese momento sonó el teléfono de Renata.

La pantalla mostró un nombre.

Diego.

Las dos mujeres se quedaron congeladas.

Renata miró a su madre.

—¿Qué hago?

Patricia respondió sin dudar.

—No contestes.

El celular dejó de sonar.

Cinco segundos después volvió a vibrar.

Otra llamada.

Y otra.

Y otra más.

Renata comenzó a ponerse nerviosa.

—Nunca insiste tanto.

Patricia tomó el teléfono y apagó el sonido.

—Está en Dubái. No puede hacer nada desde allá.

Las llamadas cesaron.

Un segundo después llegó un mensaje.

“La cámara de seguridad detectó movimiento inusual en la cocina.”

Renata sintió que el estómago se le hacía un nudo.

—Mamá…

Patricia le arrebató el celular.

Leyó la notificación dos veces.

Su expresión cambió por primera vez.

—¿Qué cámara?

Renata abrió mucho los ojos.

—¿Cuál cámara?

Patricia giró lentamente la cabeza.

Sus ojos comenzaron a recorrer el techo de la cocina.

El refrigerador.

Las lámparas.

Los muebles.

Hasta que encontró un pequeño punto negro oculto sobre la alacena.

Una diminuta luz azul seguía encendida.

Las tres mujeres permanecieron inmóviles.

Valeria, todavía tirada en el piso, sintió por primera vez una chispa de esperanza.

Patricia caminó lentamente hacia una silla, se subió sobre ella y trató de arrancar la cámara.

Pero al tocarla, una voz electrónica llenó la cocina.

Respaldo en la nube completado correctamente.

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