PARTE 2: LA PRUEBA DE ADN QUE CAMBIÓ DE MADRE

Adrian Grant me observó durante varios segundos.

Después extendió la mano.

—Dame al niño.

Retrocedí.

—Primero la prueba.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Crees que puedes entrar aquí, afirmar que ese bebé es mío y darme órdenes?

—Sí.

Uno de sus asistentes contuvo la respiración.

Yo saqué el certificado de nacimiento.

—La madre es Camila Sutton. Mi hermana. Dio a luz hace tres días y ayer salió del país.

El rostro de Adrian cambió al escuchar su nombre.

Eso fue suficiente.

—La conoces.

—Sí.

—Perfecto. Entonces ahorrémonos el teatro.

Adrian tomó su teléfono.

—Que venga el doctor Chen. Ahora.

Cuarenta minutos después, un médico recogió muestras de Adrian y del bebé ante dos testigos.

Yo insistí en que todo quedara documentado.

Adrian pareció sorprendido.

—¿Quién te enseñó a desconfiar tanto?

—Mi familia.

No preguntó más.

El resultado preliminar llegó aquella misma tarde.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Adrian permaneció completamente inmóvil.

Yo sentí alivio.

Los comentarios dorados habían dicho la verdad.

—Bien —dije—. Ahora el niño tiene padre.

Tomé mi mochila.

Adrian levantó la mirada.

—¿Adónde vas?

—A volver a la escuela.

Pareció desconcertado.

—¿No quieres dinero?

—Quiero que tu hijo tenga pañales, leche y una familia que no lo abandone cuando estorbe.

—¿Mi hijo?

—Sí.

—También es tu sobrino.

—Y lo traje hasta aquí. Mi parte terminó.

Entonces el bebé empezó a llorar.

Adrian lo sostuvo torpemente.

El pequeño lloró todavía más.

Suspiré.

—Apoya su cabeza.

—Lo estoy haciendo.

—Parece que sostienes una bomba.

—Nunca he cargado un recién nacido.

Le enseñé.

El bebé se calmó.

Y durante unos segundos, aquel hombre que parecía capaz de comprar media ciudad se quedó mirando una carita diminuta con auténtico miedo.

—Camila nunca me dijo que estaba embarazada.

—A mí tampoco hasta que apareció con él.

Adrian frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—¿Qué cosa?

—Camila me dejó hace diez meses.

Calculé mentalmente.

Algo no encajaba.

Antes de que pudiera preguntar, las puertas se abrieron.

Entró una mujer elegante de cabello plateado.

—Adrian.

Él se tensó.

—Abuela.

La señora Grant miró al bebé.

Después a mí.

—Así que finalmente apareció.

Me quedé helada.

—¿Finalmente?

Adrian giró hacia ella.

—¿Tú sabías esto?

La anciana no respondió.

Se acercó al bebé y observó una pequeña marca detrás de su oreja.

Su expresión cambió.

—Quiero otra prueba.

—Ya tenemos ADN —dijo Adrian.

—No de paternidad.

Sus ojos se clavaron en mí.

—De maternidad.

Solté una risa nerviosa.

—La madre es mi hermana.

—Entonces no habrá problema.

Adrian frunció el ceño.

—Abuela, ¿qué estás insinuando?

Ella sacó un documento.

Era un expediente de una clínica privada.

Reconocí el nombre de Camila.

Programa de reproducción asistida.

—Hace once meses —explicó la señora Grant—, Camila acudió a esta clínica.

Sentí un escalofrío.

—¿Para qué?

La mujer pasó una página.

—Dijo que quería preservar su fertilidad.

Había formularios.

Análisis.

Consentimientos.

Y un segundo nombre.

El mío.

—¿Por qué aparezco ahí?

Nadie respondió.

Seguí leyendo.

Seis meses antes, yo había participado en una campaña gratuita de salud femenina organizada por aquella misma clínica en mi universidad.

Me habían hecho análisis de sangre y estudios.

Pero aquello…

Aquello era diferente.

—Yo nunca autoricé esto.

La señora Grant señaló una firma.

Parecía la mía.

No lo era.

Adrian tomó el expediente.

—¿Qué hizo Camila?

—Eso estamos intentando averiguar.

La segunda prueba se realizó esa noche.

Mi madre llamó diecinueve veces mientras esperábamos.

No contesté.

Después llegó un mensaje.

SOFÍA, REGRESA CON EL BEBÉ. AHORA.

Por primera vez sentí miedo.

¿Cómo sabía que estaba con Adrian?

El laboratorio entregó los resultados poco después de medianoche.

El médico parecía incómodo.

—Señor Grant, usted es el padre biológico.

Adrian asintió.

—Eso ya lo sabemos.

El médico me miró.

—Y la señorita Sofía Sutton presenta una coincidencia genética compatible con maternidad biológica.

No entendí las palabras.

—¿Qué?

—El bebé es genéticamente suyo.

Me levanté tan rápido que la silla cayó.

—¡Eso es imposible! ¡Yo nunca he estado embarazada!

—Precisamente.

El médico explicó que Camila había gestado al niño.

Pero el óvulo utilizado no era suyo.

Era mío.

Miré el documento falsificado.

Mi firma.

Mi información médica.

Mis muestras.

Todo había sido preparado sin que yo lo supiera.

Adrian estaba pálido.

—¿Por qué Camila haría algo así?

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era mi padre.

Contesté.

—Papá, ¿qué hicieron?

Silencio.

—Sofía…

—¿Por qué mi hijo salió del cuerpo de Camila?

Escuché a mi madre gritar algo al fondo.

Luego mi padre susurró:

—Porque Camila no podía darle un heredero a los Grant.

Se me heló la sangre.

—¿Y yo sí?

—Tu madre encontró una solución.

Adrian me quitó suavemente el teléfono y activó el altavoz.

—¿Qué solución?

Mi padre dejó de respirar.

Entonces mi madre tomó la llamada.

Su voz ya no tenía dulzura.

—No entienden nada. Ese niño debía asegurar el futuro de Camila.

Miré al bebé dormido.

—¿Entonces por qué querías que yo abandonara la escuela y dijera que era mío?

Hubo un silencio.

Y mi madre cometió el error que destruyó toda su mentira.

—Porque Adrian nunca debía descubrir que Camila no era la madre genética.

Adrian cerró los ojos.

—¿Por qué?

Mi madre colgó.

Pero la señora Grant ya estaba revisando otra página.

De pronto se quedó inmóvil.

—Adrian.

—¿Qué?

—La clínica recibió el pago del procedimiento desde una cuenta de Grant Holdings.

El rostro de Adrian se volvió de piedra.

—Yo no autoricé ningún pago.

La anciana giró el documento.

La transferencia había sido aprobada por alguien con autoridad suficiente para utilizar fondos privados de la familia.

Leímos el nombre al mismo tiempo.

Margaret Grant.

La madre de Adrian.

Y junto al pago había una nota interna fechada once meses antes:

“La hermana menor tiene la genética adecuada. Camila solo debe gestarlo. Adrian no puede saberlo hasta que nazca el heredero.”

Entonces comprendí que mi madre y Camila no habían planeado aquello solas.

La familia Grant me había elegido como madre de su heredero mucho antes de que yo supiera siquiera que Adrian Grant conocía el nombre de mi hermana.

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