PARTE 2: La mujer que mi suegra reconoció demasiado tarde

La primera línea decía:

“Propietaria legal: Valeria Lin.”

Gabriel me arrebató el documento.

—Esto es imposible.

El hombre del maletín ni siquiera pestañeó.

—Soy Chen Wei, representante del fideicomiso Lin. Los documentos originales fueron recuperados esta mañana.

Mi suegra se dejó caer sobre el sofá.

Serena seguía llevando mi vestido.

Pero ya no sonreía.

—¿Qué fideicomiso? —preguntó Gabriel.

Señor Chen abrió una segunda carpeta.

Ocho años atrás, cuando Gabriel necesitaba capital para salvar su primer proyecto, yo había vendido las joyas que todos conocían.

Lo que nadie sabía era de dónde procedía el resto.

Mi abuelo había creado un fideicomiso antes de morir.

Yo nunca había tocado aquel patrimonio hasta conocer a Gabriel.

La villa había sido comprada mediante ese fondo.

También parte de las primeras acciones que permitieron sobrevivir al Grupo Gu.

Gabriel levantó la mirada.

—Me dijiste que aquel dinero provenía de un préstamo.

—Porque entonces tu orgullo era más grande que tu cuenta bancaria.

Su rostro se tensó.

—¿Cuánto invertiste?

Chen respondió por mí.

—Eso precisamente hemos venido a determinar.

Mi suegra se levantó bruscamente.

—¡No hace falta!

Todos la miramos.

Ella sabía demasiado.

Chen sacó otro documento.

—Hace siete años se presentó una solicitud para transferir ciertos activos del fideicomiso Lin a una sociedad vinculada con la familia Gu.

—¿Quién la presentó? —pregunté.

Chen miró a mi suegra.

El silencio respondió antes que él.

Gabriel palideció.

—Mamá.

Ella comenzó a justificarse.

Dijo que todo había sido por la empresa.

Que pensaba devolverlo.

Que, después de tantos años de matrimonio, el dinero de una familia era dinero de todos.

—Curioso —dije—. Hace diez minutos asegurabas que todo pertenecía a los Gu.

Serena se levantó.

—Gabriel, quizá debería irme.

Sofía se aferró a mi mano.

—Primero quítate las cosas de mi mamá.

La habitación quedó inmóvil.

Serena miró el vestido.

Luego el collar.

Se quitó la joya inmediatamente y la dejó sobre la mesa.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—Valeria, podemos hablar.

—Claro.

Saqué una carpeta de mi maleta.

—Con nuestros abogados presentes.

Su expresión cambió cuando vio los documentos de separación.

—¿Estabas planeando esto?

—No.

Miré a Sofía.

—Lo decidí cuando obligaste a nuestra hija a servir té a la mujer con la que me traicionaste.

Chen cerró el maletín.

—Hay otra cuestión, señorita Lin.

Me entregó una pequeña memoria USB.

—Mientras buscábamos los títulos originales encontramos archivos contables vinculados con las antiguas transferencias.

Mi suegra se puso rígida.

—Eso no tiene relación con Valeria.

Chen la ignoró.

—Hay pagos realizados durante casi tres años a una clínica privada.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué clínica?

Serena dejó de moverse.

Lo noté.

—Serena —dije.

Ella retrocedió.

Gabriel también lo vio.

—¿Qué sabes?

—Nada.

Chen abrió una última hoja.

—Los pagos fueron autorizados desde una cuenta controlada por su madre.

Mi suegra cerró los ojos.

—Mamá, ¿qué pagabas? —exigió Gabriel.

Nadie respondió.

Hasta que Serena se llevó instintivamente una mano al vientre.

Entonces Chen pronunció la frase que hizo que Gabriel olvidara incluso los papeles del divorcio.

—La clínica realizó un tratamiento de fertilidad meses antes de este embarazo.

Gabriel miró a Serena.

—Me dijiste que fue inesperado.

Ella comenzó a llorar.

—Gabriel…

Mi suegra corrió hacia ella.

Demasiado tarde.

De la carpeta cayó un consentimiento médico antiguo.

Gabriel lo recogió.

Leyó el nombre del paciente.

Serena Song.

Después leyó el apartado correspondiente al material genético utilizado.

Su rostro se volvió completamente blanco.

Porque allí no aparecía su nombre.

Aparecía el de otro hombre.

Y debajo figuraba una autorización firmada por su propia madre.

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