—Leo no fue un accidente —dije.
Mi padre dejó de mirar al niño y clavó los ojos en mí.
—Entonces dinos quién es su padre.
Leo permanecía a mi lado, confundido.
No pensaba contar aquella historia delante de él.
—Cariño, ¿puedes esperar en el porche unos minutos?
Leo dudó, pero finalmente salió.
Cuando la puerta se cerró, saqué un sobre de mi bolso.
Lo había guardado durante diez años.
Mi madre reconoció la letra antes de que pudiera entregárselo.
Retrocedió.
—Emma… ¿de dónde sacaste eso?
Aquella reacción confirmó algo que llevaba años sospechando.
—Así que lo conoces.
Mi padre arrebató la carta.
En el remitente aparecía un apellido.
Whitmore.
Su rostro perdió el color.
Diez años atrás yo había conocido a Nathan Whitmore en la universidad.
Tenía veinte años, estudiaba ingeniería y jamás me había dicho demasiado sobre su familia.
Cuando descubrí que estaba embarazada, Nathan acababa de marcharse después de recibir una llamada urgente.
Prometió regresar.
Nunca lo hizo.
Dos semanas después recibí aquella carta.
Decía que debía mantener el embarazo en secreto y que algún día entendería por qué.
Por eso había dicho a mis padres que interrumpirlo no me afectaría únicamente a mí.
—¿Qué ocurrió con Nathan? —pregunté.
Mi madre comenzó a llorar.
Mi padre se dejó caer en el sillón.
—Nosotros recibimos una visita.
Sentí un escalofrío.
—¿De quién?
—Del padre de Nathan.
Según ellos, Richard Whitmore había aparecido en nuestra casa días antes de que yo confesara mi embarazo.
Sabía quién era yo.
Sabía que Nathan salía conmigo.
Y, sobre todo, sabía que podía estar embarazada.
—Nos ofreció dinero para convencerte de terminar la relación —admitió mamá.
—¿Aceptaron?
—No.
Mi padre levantó la mirada.
—Pero nos amenazó.
Whitmore aseguró que Nathan pertenecía a una familia demasiado poderosa y que cualquier hijo suyo se convertiría inmediatamente en objeto de una disputa familiar.
Mis padres entraron en pánico.
Entonces comprendí algo.
—Por eso papá me echó.
Mi madre cerró los ojos.
—Pensamos que volverías al día siguiente.
Solté una risa amarga.
—Cambié de estado y jamás intentaron encontrarme.
Ninguno pudo responder.
Entonces sonó el timbre.
Leo abrió antes de que pudiera detenerlo.
Un hombre de unos sesenta años esperaba en el porche.
Traje oscuro.
Cabello gris.
Y unos ojos que se parecían demasiado a los de mi hijo.
Mi padre se puso de pie bruscamente.
—Richard.
El desconocido ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban clavados en Leo.
—Así que era verdad.
Me interpuse.
—Aléjese de mi hijo.
Richard Whitmore me observó durante varios segundos.
—Emma, no he venido a quitártelo.
—Entonces váyase.
—He venido porque Nathan finalmente descubrió que existe.
Mi corazón se detuvo.
—Nathan desapareció hace diez años.
Richard negó lentamente.
—No por elección propia.
Sacó una fotografía.
Nathan aparecía en ella.
Era reciente.
Mayor.
Pero indudablemente vivo.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Dónde ha estado?
Richard miró a mis padres.
—Esa es la pregunta equivocada.
Después señaló la vieja carta que mi padre todavía sostenía.
—Deberías preguntar quién escribió realmente esa carta.
Miré nuevamente el sobre.
Durante diez años había creído reconocer la letra de Nathan.
Richard sacó otro documento y lo colocó junto a ella.
Las firmas no coincidían.
Entonces mi madre dejó escapar un sollozo.
La miré.
—Mamá.
Ella negó desesperadamente con la cabeza.
—Perdóname.
—¿Qué hiciste?
Mi padre cerró los ojos.
Y mi madre pronunció las palabras que cambiaron toda la historia de aquella noche.
—Nathan volvió a buscarte tres días después de que te echáramos.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Y qué le dijiste?
Mi madre miró hacia Leo.
—Que habías decidido no tener al bebé y que no querías volver a verlo.