No respondí.
Sebastian tampoco volvió a hablar durante el resto del trayecto.
Cuando llegamos a mi edificio, Milo seguía dormido en sus brazos.
—Dámelo —dije.
—Puedo subirlo.
—Sebastian…
—Clara, no voy a llevármelo.
Aquellas palabras me hicieron guardar silencio.
Subimos.
En cuanto entró en mi apartamento, Sebastian se quedó inmóvil.
Había fotografías de Milo por todas partes.
Su primer cumpleaños.
Su primer día de guardería.
Navidad.
Una foto donde llevaba una pequeña corbata torcida y sonreía mostrando todos los dientes.
Sebastian observó cada imagen como si alguien le estuviera mostrando los años que le habían arrancado.
Acostó a Milo cuidadosamente.
Cuando volvió a la sala, su expresión era diferente.
Ya no estaba furioso.
Estaba herido.
—Quiero saber por qué huiste.
—Ya te lo dije.
—No. Dijiste que tenías miedo de mi familia.
Se acercó a la mesa.
—¿Quién te hizo tener ese miedo?
Mi cuerpo se tensó.
Sebastian lo notó.
—Fue mi madre.
No era una pregunta.
Tres años atrás, Eleanor Hale me había visitado pocos días antes del divorcio.
Me explicó que, si alguna vez tenía un hijo de Sebastian, la familia tendría recursos suficientes para conseguir su custodia.
Me mostró documentos.
Informes financieros.
Incluso el nombre de un abogado.
Yo estaba embarazada, aterrada y sola.
—Creí que tú lo sabías —admití.
Sebastian palideció.
—Mi madre murió hace dos años.
Lo sabía.
—Entonces ya no puede responder.
—Pero alguien sí puede.
Sacó el teléfono.
—Mi abogado conservó todo lo relacionado con nuestro divorcio.
A la mañana siguiente, un abogado llegó con tres cajas.
Sebastian revisó cada documento.
Yo permanecí junto a Milo.
Hasta que encontró una carpeta amarilla.
—Clara.
Me acerqué.
Dentro había informes de un investigador privado.
Fotografías mías en Boston.
Fechas.
Direcciones.
Incluso una fotografía donde mi embarazo ya era evidente.
—Me encontraste —susurré.
Sebastian negó lentamente.
—Contraté a alguien para buscarte, pero me dijeron que habías abandonado el país.
El abogado abrió el informe final.
—Eso no fue lo que escribió el investigador.
La última página decía:
“Objetivo localizado. Embarazo confirmado.”
Sebastian dejó de respirar.
Debajo aparecía otra anotación.
“Información entregada al representante autorizado del señor Hale.”
—¿Quién era mi representante? —preguntó Sebastian.
El abogado pasó la hoja.
Había una firma.
Lena Carter.
Mi mejor amiga.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Eso es imposible.
Saqué mi teléfono inmediatamente.
Llamé a Lena.
No contestó.
Volví a llamar.
Nada.
Entonces llegó un mensaje suyo.
“Clara, no dejes que Sebastian revise el expediente del hospital.”
Sebastian lo leyó por encima de mi hombro.
—¿Qué expediente?
No tenía idea.
Hasta que el abogado levantó lentamente otra carpeta.
—Quizá este.
Era del hospital donde había nacido Milo.
Abrí la primera página.
Mi nombre estaba correcto.
También la fecha del parto.
Pero en la sección correspondiente al padre había una declaración adicional que yo jamás había visto.
Sebastian la leyó.
Su expresión se volvió helada.
—Alguien presentó una renuncia de paternidad usando mi nombre.
—¿Qué?
El abogado señaló la firma.
Parecía auténtica.
Pero la fecha era imposible.
Sebastian estaba documentadamente en Londres aquel día.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez Lena sí llamó.
Contesté.
—¿Qué hiciste?
Al otro lado solo escuché su respiración.
Después comenzó a llorar.
—Clara, tienes que escucharme.
—Habla.
—Yo no intentaba separarte de Sebastian.
Miré los documentos.
—Entonces explícame esto.
Hubo un largo silencio.
—Su madre me pagó para vigilarte.
Sebastian cerró los ojos.
Pero Lena añadió algo que ninguno esperaba.
—Después descubrí por qué Eleanor tenía tanto miedo de que Sebastian supiera que Milo existía.
Apreté el teléfono.

—¿Por qué?
Su siguiente frase dejó a Sebastian completamente inmóvil.
—Porque Milo no es el primer hijo de Sebastian que la familia Hale intentó mantener oculto.