PARTE 2: LA MESA QUE DEJÉ DE ESPERAR

A la mañana siguiente no desperté a Samuel.

Durante siete años, su día había comenzado conmigo.

Café sin azúcar.

Camisa planchada.

Llaves junto a la cartera.

Recordatorio de proveedores.

Ese martes me preparé café únicamente para mí.

Samuel apareció en la cocina medio dormido.

—¿No hiciste desayuno?

—No.

Me miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Estás enfadada?

—No.

Y era verdad.

El enfado todavía espera algo.

Yo había empezado a dejar de esperar.

Durante las semanas siguientes retiré silenciosamente mis manos de su vida.

Dejé de revisar las cuentas del restaurante.

Dejé de recordar sus citas.

Dejé de comprar los regalos para su madre y escribir en la tarjeta: “De Samuel e Inés”.

Samuel comenzó a notarlo.

—Estás rara.

—Estoy ocupándome de mí.

Sonrió y me besó la frente.

—Ya se te pasará.

No se me pasó.

Acepté un puesto que había rechazado dos veces porque exigía viajar con frecuencia.

Abrí una cuenta personal.

Busqué apartamento.

Y una tarde llevé al restaurante los documentos que Samuel necesitaba para hacerse cargo definitivamente de todo lo que yo administraba.

Entré en La Lumbre.

Estaba lleno.

Solo quedaba una mesa vacía.

La número 6.

—Señora Ferrer —susurró la camarera—, puedo preguntar si…

—No hace falta.

En ese momento apareció una pareja mayor.

—¿Tienen mesa para dos?

El camarero negó con pesar.

—Lo siento, estamos completos.

Miré la mesa 6.

Después miré a Samuel detrás de la barra.

—Siéntalos allí.

Samuel levantó la cabeza.

—Inés.

Todo el restaurante pareció quedarse en silencio.

—Esa mesa no.

Sonreí.

—Exactamente.

Dejé las carpetas sobre el mostrador.

—Por eso vine.

Samuel las abrió.

Su expresión cambió.

—¿Qué significa esto?

—Que desde mañana ya no llevo las cuentas de La Lumbre.

—¿Por qué?

—Porque encontré trabajo.

—¿Trabajo?

Parecía sinceramente desconcertado.

—¿Y el restaurante?

—Es tuyo.

—Pero lo construimos juntos.

Lo miré.

—También construimos un matrimonio juntos.

Sus labios se cerraron.

Entonces entró Clara.

Como si el destino hubiera esperado precisamente aquel momento.

—Samuel, ¿está libre mi mesa?

Él miró la número 6.

Luego me miró a mí.

Por primera vez dudó.

Clara lo notó.

Yo también.

Pero ya no importaba.

Tomé mi bolso.

Samuel me siguió hasta la puerta.

—Inés, espera.

—¿Qué?

—Podemos hablar esta noche.

—Esta noche tengo una visita.

Frunció el ceño.

—¿Qué visita?

—Voy a firmar el alquiler de mi apartamento.

El color desapareció de su rostro.

—¿Te vas de casa?

—Sí.

—¿Por una mesa?

Aquella pregunta me hizo sonreír.

—No, Samuel.

Lo miré por última vez.

—Me voy porque durante siete años te expliqué lo que significaba esa mesa y preferiste convencerme de que el problema era yo.

Su voz bajó.

—Puedo quitar la reserva.

Negué suavemente.

—Ahora sí.

Señalé mi pecho.

—Pero aquí ya no queda ninguna.

Me fui.

Tres meses después, Bruno me llamó.

—Tienes que saber algo.

—¿Sobre Samuel?

—Sobre la mesa 6.

Guardé silencio.

Bruno continuó:

—Samuel encontró una carta de Clara fechada ocho años atrás. Ahora sabe por qué ella le pidió que mantuviera siempre esa mesa disponible.

—Bruno, ya no me interesa.

—Esto sí debería interesarte.

Su voz se volvió seria.

—Porque la promesa que Samuel creyó estar cumpliendo todos estos años… nunca fue la promesa que Clara realmente le hizo.

Miré por la ventana de mi nuevo apartamento.

—¿Qué decía la carta?

Bruno tardó unos segundos en responder.

—Que cuando Samuel se enamorara de otra mujer, debía dejar de reservarle la mesa.

Cerré los ojos.

—Entonces ¿por qué nunca se lo dijo?

—Eso es lo peor, Inés.

Pausa.

—Sí se lo dijo.

Abrí los ojos.

—¿Cuándo?

—La mañana de vuestra boda.

Y de pronto comprendí que Samuel no había mantenido aquella mesa porque ignorara cuánto me dolía.

Había tomado aquella decisión sabiendo exactamente lo que significaba.

Solo que ahora, siete años después, cuando finalmente había ordenado retirar para siempre el cartel de “reservada” de la mesa 6…

yo ya había retirado su nombre del único lugar que nunca creyó que pudiera perder.

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