PARTE 2: El dinero que Douglas juró que nunca existió

Gideon regresó aquella tarde con una caja de archivos y una expresión que hizo que Gwen dejara inmediatamente el cuchillo con el que preparaba la cena.

—¿Encontraste algo?

—Sí.

Miró hacia el salón.

Toby construía una fortaleza con cojines mientras Maisie coloreaba en silencio.

Gideon bajó la voz.

—Pero quiero que un abogado lo revise antes de sacar conclusiones.

Aquello bastó para inquietarla.

Abrió una carpeta.

Dentro estaba el primer estado bancario de la empresa que Gideon y Douglas habían fundado diecisiete años atrás.

Capital inicial:

428.600 dólares.

Gwen dejó de respirar.

—¿Qué pasa? —preguntó Gideon.

Ella señaló la cifra.

—Eso fue exactamente lo que recibí por mi departamento después de pagar la hipoteca y los gastos de venta.

Gideon se quedó inmóvil.

—¿Exactamente?

—Hasta los seiscientos dólares.


Gwen todavía conservaba documentos antiguos en una cuenta de correo que casi nunca utilizaba.

Encontró la escritura.

La liquidación.

La transferencia.

El dinero había salido de una cuenta únicamente a su nombre.

Destino:

Palmer Strategic Holdings.

—Nunca había escuchado ese nombre —dijo Gwen.

Gideon sí.

—Era la sociedad que Douglas creó justo antes de fundar nuestra empresa.

Según los registros corporativos, Palmer Strategic Holdings había aportado los 428.600 dólares como capital propio de Douglas.

A cambio, Douglas recibió el 51% de la nueva compañía.

Gideon aportó contactos, contratos y una cantidad menor de efectivo, quedándose con el resto.

Durante diecisiete años había creído que Douglas había conseguido aquel capital mediante un préstamo familiar.

Pero el dinero era de Gwen.

—¿Firmaste algún documento diciendo que era un regalo? —preguntó Gideon.

—No recuerdo haber firmado nada así.

—Entonces no vamos a asumir qué derechos tienes. Necesitas tu propio abogado.

Gwen asintió.

Por primera vez desde que Douglas la había echado, dejó de sentirse completamente indefensa.


El abogado encontró algo todavía más extraño.

Dos semanas después de la transferencia, apareció un documento declarando que Gwen cedía cualquier interés relacionado con aquella aportación.

La firma parecía suya.

Pero la dirección escrita debajo pertenecía a una casa donde Gwen nunca había vivido.

Y el documento estaba fechado el día en que ella había sido ingresada en el hospital por una complicación médica.

—Quiero una revisión pericial —dijo Gwen.

Nada de acusaciones precipitadas.

Nada de amenazas.

Solo pruebas.


Douglas llamó esa misma noche.

—¿Dónde están los niños?

—Seguros.

—Tengo derecho a saber dónde están.

—Mi abogada hablará con la tuya sobre todo lo relacionado con ellos.

Hubo silencio.

Entonces su voz cambió.

—¿Tienes abogado?

—Sí.

—¿Quién te está pagando uno?

Gwen casi sonrió.

Aquella pregunta decía demasiado.

—Eso tampoco es asunto tuyo.

Douglas respiró con fuerza.

—Gwen, no conviertas esto en una guerra.

—Tú me dijiste que no tenía derecho a nada.

—Porque no lo tienes.

Gwen miró el estado bancario sobre la mesa.

—Entonces no deberías estar preocupado.

Douglas colgó.


A la mañana siguiente, Gideon recibió una llamada de la directora financiera de la empresa.

Douglas había pedido acceso urgente al archivo histórico.

Después solicitó eliminar varias copias duplicadas alegando que contenían “información obsoleta”.

La directora se negó.

Gideon ordenó preservar los registros y dejar cualquier revisión en manos de asesores independientes.

Una hora después encontraron una segunda cifra.

428.600 dólares.

Había aparecido nuevamente cuatro años después de la fundación.

Esta vez como supuesto pago de la empresa a Gwen.

—Nunca recibí eso —dijo ella.

El dinero había terminado en una cuenta de inversión.

Titular:

Gwendolyn Ramirez Palmer.

Gwen palideció.

—Esa cuenta no es mía.


El abogado consiguió la documentación de apertura.

La fotografía de identificación correspondía a Gwen.

La firma también parecía suya.

Pero el correo electrónico asociado pertenecía a Douglas.

Y durante dieciséis años aquella cuenta había recibido dividendos, distribuciones y pagos relacionados con la empresa.

Su saldo actual superaba ampliamente la aportación original.

Gwen tuvo que sentarse.

—¿Douglas estuvo guardando dinero a mi nombre?

—Eso debemos determinar —respondió el abogado—. También necesitamos saber quién controlaba realmente la cuenta.

Gideon señaló una sección.

Había dos usuarios autorizados.

Douglas Palmer.

Y Margaret Palmer.

Su madre.

La misma mujer cuyo nombre figuraba como propietaria de la casa de la que Douglas había expulsado a Gwen.


La revisión de la vivienda trajo otra sorpresa.

Douglas decía que pertenecía a su madre.

Legalmente era cierto.

Pero Margaret no la había comprado.

Diez años atrás, una sociedad había adquirido la propiedad y después se la transfirió.

La sociedad era Palmer Strategic Holdings.

La misma empresa que había recibido el dinero de Gwen.

—¿Entonces mi dinero pudo terminar financiando también esa casa?

—Es una posibilidad que debe rastrearse —respondió el abogado.

Gwen cerró los ojos.

Durante dieciocho años había escuchado:

Mi empresa.

Mi casa.

Mis inversiones.

Y ahora su nombre aparecía enterrado debajo de todo.


Pero Gideon todavía tenía una pregunta.

—¿Por qué Douglas necesitaba fingir que el capital inicial venía de su familia?

La respuesta apareció en el contrato original de socios.

Existía una cláusula que ninguno recordaba haber discutido.

Si el capital aportado por uno de los fundadores pertenecía realmente a un tercero y había sido presentado de manera incorrecta, la estructura accionaria debía revisarse.

Gideon leyó aquello dos veces.

—Douglas sabía que revelar el origen del dinero podía cambiar quién tenía derecho a qué.

Entonces encontraron un anexo.

En él aparecía mi nombre completo:

Gwendolyn Ramirez.

No Palmer.

Ramirez.

Mi apellido antes del matrimonio.

Junto al nombre figuraba una frase:

“Beneficiaria económica pendiente de reconocimiento.”

Y debajo había una firma.

No era de Douglas.

Era del abogado que había constituido la empresa.

Thomas Avery.

Gideon se puso de pie.

—Thomas murió hace doce años.

El abogado negó lentamente.

—No según el registro profesional.

Abrió la pantalla.

Thomas Avery seguía vivo.

Había renovado su licencia hacía menos de tres meses.

Y había presentado recientemente una solicitud relacionada con los archivos de Palmer Strategic Holdings.

El motivo decía:

“Preparación para restitución de participación a beneficiaria original.”

Gwen sintió que el corazón empezaba a golpearle el pecho.

—¿Beneficiaria original?

Entonces llegó un correo.

Remitente:

Thomas Avery.

Asunto:

PARA GWEN RAMIREZ — ANTES DE QUE DOUGLAS ENCUENTRE LOS DOCUMENTOS.

Solo contenía tres líneas.

“Señora Ramirez, llevo diecisiete años esperando que usted preguntara por aquellos 428.600 dólares.”

“Douglas nunca fundó Palmer Strategic Holdings solo.”

“Y la participación que él afirma poseer nunca debió pertenecerle por completo.”

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