PARTE 2: La mujer que él creyó incapaz de entender

Víctor contempló los cristales rotos a sus pies.

—¿Qué acabas de decir?

Saqué mi teléfono.

—Que mientras tú aprendías a mentirme, yo aprendí a demostrarlo.

Su expresión cambió.

—Elena, deja el teatro.

—¿Te refieres a las transferencias a Helios Capital? ¿A los contratos con Volkov International? ¿O a los dieciocho millones que moviste intentando sacarlos del balance de Marlowe Holdings?

El nombre de Volkov hizo que se quedara inmóvil.

Anna Volkov no había regresado casualmente.

Su familia controlaba una firma que Víctor llevaba meses intentando incorporar como socia.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque los contratos estaban en francés, alemán e inglés. Tú asumiste que podía tenerlos delante y no entender una palabra.

Caminé hasta el despacho.

Víctor me siguió.

Abrí la caja fuerte que él creía privada.

Dentro había una carpeta azul.

—¿Cómo conoces la combinación?

—Es mi caja fuerte.

Entonces coloqué sobre el escritorio el documento que mis padres habían firmado antes de morir.

La sonrisa de Víctor desapareció.

—Marlowe Holdings —dije— nunca fue transferida completamente a ti.

Víctor tomó las hojas.

Su rostro fue perdiendo color.

Él había recibido poderes ejecutivos.

Nunca la propiedad.

El sesenta y cuatro por ciento de las acciones permanecía dentro de un fideicomiso familiar.

Mi fideicomiso.

—Esto no puede ser válido.

—Lo has reconocido cada año con tu propia firma.

Pasó las páginas desesperadamente.

—Entonces ¿por qué nunca dijiste nada?

—Porque quería saber qué harías si pensaras que nadie podía detenerte.

Mi teléfono vibró.

Era mi abogada.

Ejecutado.

Se lo mostré.

—Hace seis semanas solicité una auditoría independiente.

—¿Seis semanas?

—La noche que regresaste de Moscú oliendo al perfume de Anna.

Víctor golpeó el escritorio.

—¡No puedes destruir una empresa por celos!

—No estoy destruyéndola. Estoy protegiéndola.

En ese instante comenzó a sonar su teléfono.

Después otro.

Y otro.

Víctor atendió finalmente.

—¿Qué?

Escuchó.

—No. Eso es imposible.

Me miró.

—¿La junta?

Sonreí.

—Reunión extraordinaria.

La llamada terminó.

—Han suspendido mis poderes.

—Correcto.

—¡Soy el director ejecutivo!

—Eras.

Víctor se quedó mirándome.

Entonces sonó el timbre.

Anna estaba en la puerta.

Todavía llevaba el vestido blanco de la fiesta.

Entró furiosa.

—¿Qué está pasando? Mi padre acaba de cancelar nuestra operación.

Víctor se volvió hacia ella.

—Elena controla las acciones.

Anna me miró como si me viera por primera vez.

—¿Tú?

—Yo.

Pero Anna no parecía únicamente sorprendida.

Parecía asustada.

—Víctor, dijiste que ella nunca descubriría las cuentas.

El silencio fue inmediato.

Víctor palideció.

—Cállate.

Anna comprendió demasiado tarde.

—¿Qué cuentas? —pregunté.

Víctor avanzó hacia ella.

—Anna, vete.

Pero yo ya estaba llamando a mi abogada.

—Revisa cualquier estructura financiera vinculada directamente a Anna Volkov.

Anna retrocedió.

—No tienes derecho.

—Si contiene dinero de mi empresa, sí tengo derecho a investigarlo por las vías legales correspondientes.

Mi teléfono vibró apenas un minuto después.

Un mensaje.

Abrí el archivo adjunto.

Y entonces dejé de sonreír.

No eran dieciocho millones.

La auditoría preliminar mostraba casi cuarenta y tres millones desviados durante ocho años.

Pero había algo todavía más extraño.

Las primeras transferencias habían comenzado dos años antes de que Víctor asumiera el control ejecutivo.

—Eso es imposible —murmuré.

Yo dirigía la empresa entonces.

Víctor miró la pantalla.

—Elena, yo no hice esas primeras transferencias.

Por primera vez aquella noche, parecía estar diciendo la verdad.

Seguí leyendo.

Todas habían sido autorizadas mediante una cuenta administrativa perteneciente a alguien que conocía perfectamente.

Margaret Marlowe.

Mi madre.

La mujer que llevaba nueve años muerta.

Anna se dejó caer en una silla.

—Dios mío…

La miré.

—Tú sabes algo.

Ella negó con la cabeza.

—Anna.

Sus ojos se llenaron de miedo.

—Víctor nunca me buscó primero.

El rostro de mi esposo cambió.

—¿Qué estás diciendo?

Anna sacó de su bolso una carta envejecida.

—Tu madre me encontró antes de morir, Elena.

Me la entregó.

Reconocí inmediatamente aquella letra.

En el exterior solo había seis palabras:

PARA ELENA, CUANDO VÍCTOR LA TRAICIONE.

Y debajo, de puño y letra de mi madre:

No confíes en tu marido. Pero tampoco confíes en mí.

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