PARTE 2: La heredera que ellos creían inútil

—Mamá… ¿qué pasa?

Vanessa escuchó durante apenas unos segundos.

Su sonrisa desapareció.

—¿Cómo que cancelaron el contrato?

Se apartó de Mateo.

—¡Pero el apartamento ya estaba pagado!

La voz al otro lado respondió algo que hizo que Vanessa se llevara una mano al vientre.

—¿También el coche?

La llamada terminó.

Vanessa me miró.

—¿Qué hiciste?

—Recuperé lo que era mío.

Mateo parecía incapaz de respirar.

—Elena, explícate.

Me acomodé contra la almohada.

—Grupo Valenza nunca fue realmente tuyo.

Doña Carmen soltó una carcajada.

—¡Mi hijo levantó esa empresa!

—Con capital del fideicomiso Vega.

El silencio fue inmediato.

Cinco años atrás, cuando Mateo tenía una constructora endeudada y apenas doce empleados, mi padre había autorizado una inversión mediante sociedades privadas.

Mateo nunca preguntó quién estaba detrás.

Solo celebró que “unos inversores extranjeros” confiaran en él.

—El setenta y uno por ciento del capital que permitió expandir Valenza procedía de sociedades controladas por mi familia —continué—. La mansión pertenece al fideicomiso. Los coches también. Incluso la línea de crédito que financió las últimas promociones fue garantizada con activos Vega.

Mateo negó lentamente.

—Estás mintiendo.

—Llama al banco.

No lo hizo.

Ya conocía la respuesta.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Entró el licenciado Mendoza acompañado de una mujer de traje gris.

—Señorita Vega.

Doña Carmen frunció el ceño.

—¿Vega?

Mendoza colocó una carpeta sobre mi cama.

—La revocación ha sido ejecutada. También hemos suspendido todos los poderes concedidos al señor Navarro.

Mateo avanzó.

—¡Soy su marido!

La mujer del traje gris respondió:

—Por ahora.

Me entregó otro documento.

Era mi abogada, Isabel Torres.

—La demanda de divorcio está preparada.

Mateo miró las hojas que su madre había arrojado minutos antes.

—Pero tú ibas a firmar nuestro acuerdo.

—Lo leí.

Levanté una página.

—Querías que renunciara a cualquier reclamación mientras tú intentabas quedarte con activos que jamás te pertenecieron.

Vanessa retrocedió hacia la puerta.

—Esto no tiene nada que ver conmigo.

Mendoza la miró.

—En realidad, sí.

Abrió otra carpeta.

Durante seis meses, Mateo había utilizado una tarjeta corporativa para pagar el apartamento de Vanessa, viajes, joyas y gastos personales.

Más de ciento veinte mil euros.

Vanessa miró su anillo.

De pronto dejó de parecerle tan hermoso.

—Mateo me dijo que era su dinero.

—Eso tendrá que explicarlo él —respondió Mendoza.

Doña Carmen perdió finalmente la arrogancia.

—Elena… piensa en tu hija.

La miré.

—Eso estoy haciendo.

—Podemos resolverlo como familia.

—Hace diez minutos mi hija era inútil para vuestro linaje.

Carmen bajó los ojos.

Entonces sonó nuevamente el teléfono roto de Mateo.

Mendoza atendió por él y activó el altavoz.

—Señor Navarro —dijo una voz masculina—, necesitamos aclarar una irregularidad antes de la reunión extraordinaria.

Mateo tragó saliva.

—¿Cuál?

—Encontramos una garantía personal presentada hace cuatro meses para obtener financiación por nueve millones.

Isabel me miró.

—Elena, ¿conocías esa operación?

—No.

La voz continuó:

—La garantía está respaldada por acciones del fideicomiso Vega.

Mendoza se puso rígido.

—Eso es imposible. El señor Navarro nunca tuvo autoridad sobre esas acciones.

—Tenemos una autorización firmada por la señorita Elena Vega.

Sentí un frío distinto.

—Yo jamás firmé eso.

Mateo miró inmediatamente a Vanessa.

Demasiado rápido.

Ella lo vio.

—No me mires así.

—Vanessa…

—¡Yo solo llevé los documentos al notario!

La habitación quedó en silencio.

Isabel se giró lentamente hacia ella.

—¿Qué documentos?

Vanessa comprendió su error.

—Nada.

Pero Carmen comenzó a llorar.

—Mateo, dime que no falsificaste su firma.

Mi esposo no respondió.

Mendoza recibió entonces un correo.

Lo abrió.

—Aquí está la copia.

Me mostró la pantalla.

Mi nombre aparecía al final.

La firma era casi perfecta.

Pero había algo todavía peor.

El supuesto testigo de mi firma era alguien llamado Gabriel Vega.

Sentí que se me helaban las manos.

Isabel lo notó.

—¿Quién es Gabriel Vega?

Tardé unos segundos en responder.

—Mi hermano.

Mateo cerró los ojos.

Mendoza dejó de respirar.

Porque Gabriel Vega llevaba once años oficialmente muerto.

Entonces el teléfono de Mendoza sonó.

Miró el número y palideció.

—Es seguridad de la finca Vega.

Contestó.

Escuchó.

Después me miró.

—Señorita Elena…

—¿Qué ocurre?

—Un hombre acaba de presentarse en la entrada principal.

Hizo una pausa.

—Dice llamarse Gabriel Vega.

Y asegura que viene a reclamar la parte del patrimonio que usted le robó.

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