PARTE 2: La misión que Mateo descubrió demasiado tarde

Mateo se quitó el abrigo lentamente.

—Lucía tuvo un problema. No podía dejarla sola.

No mencionó los fuegos artificiales.

Tampoco preguntó cómo había soportado yo sola nuestra fiesta de compromiso.

En ese instante dejé de buscar excusas para él.

Tres días después recibí la confirmación de una misión profesional en el extranjero que había solicitado meses atrás.

Duraría un año.

Antes habría rechazado la oportunidad por Mateo.

Esta vez respondí:

Acepto.

No se lo dije inmediatamente.

Cancelé proveedores de la boda, organicé mis documentos y empaqué únicamente lo que era mío.

Mateo apenas lo notó.

Lucía había vuelto definitivamente a la ciudad y, de pronto, siempre ocurría algo relacionado con ella.

Hasta que una noche todo cambió.

Yo estaba cerrando mi última maleta cuando llamó Andrés, el mejor amigo de Mateo.

—Valentina, ¿estás sentada?

—¿Qué pasó?

—Mateo está en el hospital.

Lucía había tenido un altercado en un estacionamiento. Mateo apareció en medio de la situación e intervino para protegerla. Terminó herido y necesitó atención médica urgente.

Andrés esperaba que corriera hacia él.

No lo hice.

—¿Está estable?

—Sí.

—Entonces me alegro.

Silencio.

—¿No vienes?

Miré mi pasaporte sobre la mesa.

—No.

Al día siguiente, Mateo despertó convencido de que yo aparecería.

Pidió que dejaran entrar únicamente a su prometida.

Esperó durante horas.

Finalmente Andrés entró.

—¿Dónde está Valentina? —preguntó Mateo.

Andrés lo miró confundido.

—¿Valentina? Pensé que ya se había ido.

Mateo frunció el ceño.

—¿Ido adónde?

—Al extranjero. Su misión empieza esta semana.

El monitor aceleró.

—¿Qué misión?

Andrés comprendió entonces que Mateo no sabía nada.

—La que rechazó dos veces durante vuestra relación. Esta vez la aceptó.

Mateo intentó levantarse.

—Dame mi teléfono.

Me llamó nueve veces.

No contesté.

Entonces llegó un mensaje:

Valentina, espera. Tenemos una boda.

Lo leí mientras esperaba mi vuelo.

Respondí una sola vez.

Teníamos.

Después apagué el teléfono.

Mateo llegó al aeropuerto demasiado tarde.

Yo ya estaba en el aire.

Dos semanas después recibí un correo suyo.

No pedía perdón.

Explicaba.

Lucía había sido su primer amor.

Nunca llegaron a estar juntos porque ella eligió a otra persona. Cuando regresó después de años, Mateo confundió nostalgia con responsabilidad.

Según él, jamás había querido perderme.

Aquella frase me hizo sonreír con tristeza.

Porque perder a alguien no empieza cuando esa persona sube a un avión.

Empieza cuando la dejas sola en su propia fiesta de compromiso.

Cuando corres hacia otra mujer.

Cuando das por hecho que quien te ama seguirá esperando.

No respondí.

Pero la verdadera sorpresa llegó un mes después.

La directora médica de mi nuevo proyecto, la doctora Elena Salvatierra, reconoció el nombre de Mateo cuando revisó mis contactos de emergencia.

—¿Mateo Sandoval?

—Sí.

Su expresión cambió.

—Conozco ese apellido.

Elena abrió un antiguo archivo del programa internacional.

Cinco años antes, el hospital donde conocí a Mateo había participado en un proyecto financiado por la Fundación Salvatierra.

Mi madre había sido una de las pacientes seleccionadas.

Y yo aparecía en los documentos.

No como familiar.

Como beneficiaria de una beca profesional creada después del fallecimiento de mi madre.

—Nunca recibí ninguna beca.

Elena frunció el ceño.

—Entonces alguien rechazó la plaza en tu nombre.

Sentí que el corazón se detenía.

La renuncia llevaba mi firma.

Era falsa.

Y debajo aparecía el nombre del médico encargado de confirmar que yo había decidido permanecer en el país.

Dr. Mateo Sandoval.

Me quedé mirando el documento.

—¿Mateo hizo esto?

—No lo sabemos todavía.

Elena abrió el registro original.

La solicitud había sido modificada desde una cuenta administrativa del hospital.

Pero había algo todavía más extraño.

Mi madre había dejado una carta dentro del expediente.

Estaba dirigida a Mateo.

La fecha era de cinco años atrás, cuando él apenas era su médico y nosotros todavía no éramos pareja.

Elena me la entregó.

Solo necesité leer la primera línea.

“Doctor Sandoval: si algún día mi hija llega a enamorarse de usted, prométame que jamás utilizará su enfermedad como motivo para impedirle marcharse.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mateo nunca me había contado que mi madre le escribió.

Pero lo peor estaba en la última página.

Mi madre mencionaba a Lucía.

Por nombre.

“Y si Lucía vuelve, Valentina deberá conocer la verdad sobre por qué usted aceptó tratarme.”

Cerré la carta lentamente.

De repente, la mujer por la que Mateo había abandonado nuestra fiesta no era solamente su antiguo amor.

Lucía estaba relacionada con mi madre.

Y Mateo llevaba cinco años ocultándome la razón.

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