PARTE 2: El video que Esteban jamás imaginó que Leo había guardado

La imagen temblaba.

Leo había grabado desde detrás de la barandilla del segundo piso.

Abajo aparecía Esteban discutiendo conmigo en el despacho.

—¡No vuelvas a decirle a nadie que mamá está enferma! —se escuchaba mi voz.

Esteban cerró la puerta con violencia.

—El niño repetirá lo que yo le diga.

Después apareció Beatriz.

—Cuando Sofía pierda la custodia, esto termina.

Un murmullo recorrió el tribunal.

Esteban se levantó.

—¡Ese video está manipulado!

—Señor Mendoza —advirtió la jueza—, una interrupción más y ordenaré que lo retiren.

Leo permanecía inmóvil.

Pero el video continuó.

Mariana entró en el despacho llevando una carpeta.

—Faltan dos transferencias —dijo.

Esteban respondió:

—Hazlas pasar como consultoría. Sofía ya no tiene acceso a las cuentas.

Sentí que se me helaban las manos.

Yo había encontrado aquellas transferencias.

Pero jamás había sabido que Leo había escuchado la conversación.

La jueza detuvo la reproducción.

Su prioridad cambió inmediatamente.

—El menor no continuará declarando públicamente.

Ordenó que Leo fuera acompañado fuera de la sala por el funcionario de protección infantil.

Antes de salir, mi hijo me miró.

—Mamá, yo sabía que no estabas enferma.

Tuve que contener las lágrimas.

—Nunca fue tu responsabilidad demostrarlo, cariño.

La puerta se cerró detrás de él.

Entonces llegó mi turno.

Presenté los registros financieros.

No pedí que la jueza creyera interpretaciones.

Mostré fechas.

Sociedades.

Transferencias.

Facturas.

Más de dos millones habían salido del patrimonio familiar hacia tres empresas que compartían direcciones, administradores o beneficiarios relacionados.

Una de ellas era Mendoza Strategic Holdings.

Mariana figuraba como apoderada.

Esteban intentó culparla inmediatamente.

Ella lo miró como si acabara de descubrir quién era realmente.

—Tú me dijiste que Sofía había autorizado esas operaciones.

Saqué el documento correspondiente.

—Esta es la supuesta autorización.

Luego presenté una muestra certificada de mi firma.

No coincidían.

Pero aquello no fue lo peor.

Una de las sociedades había solicitado un crédito utilizando como garantía una propiedad que Esteban siempre aseguró que pertenecía a su familia.

Mi investigación demostraba lo contrario.

El terreno había sido adquirido originalmente por Valdés Construcciones, la empresa de mi padre.

La jueza Méndez frunció el ceño.

—¿Señora Valdés, está diciendo que existe patrimonio suyo involucrado?

—Estoy diciendo que todavía no sabemos cuánto.

El tribunal suspendió cualquier disposición de determinados activos hasta que pudieran revisarse adecuadamente y remitió las irregularidades relevantes para investigación.

Esteban dejó de sonreír.

Beatriz también.

Dos días después apareció la verdadera sorpresa.

Mi padre había creado un fideicomiso antes de morir.

Yo sabía que existía.

Lo que ignoraba era que contenía el treinta y ocho por ciento de la empresa constructora que Esteban llevaba años presentando como patrimonio exclusivamente Mendoza.

Mi padre y el padre de Esteban, Ricardo Mendoza, habían sido socios.

Después de la muerte de ambos, parte de la documentación desapareció.

Y alguien había presentado una renuncia supuestamente firmada por mí.

Otra firma falsa.

Pero había algo más extraño.

La renuncia estaba fechada seis meses antes de que yo conociera a Esteban.

—Eso no tiene sentido —dije.

Mi antiguo colega forense, Arturo Vega, deslizó otro expediente hacia mí.

—Sí lo tiene si alguien ya sabía quién eras.

Dentro había correspondencia entre Beatriz y Ricardo.

En uno de los mensajes aparecía mi nombre.

Sofía Valdés.

La fecha era de nueve años antes de mi boda.

“Si Sofía hereda las acciones de su padre, Leo será el punto de unión definitivo entre ambas ramas.”

Me quedé mirando aquella frase.

—Leo ni siquiera había nacido.

Arturo asintió.

—Ni tú habías conocido oficialmente a Esteban.

La última página contenía una fotografía antigua.

Mi padre estaba junto a Ricardo Mendoza.

Detrás de ellos aparecía Beatriz.

En el reverso, mi padre había escrito:

“Si algún día Sofía termina casada con Esteban, no fue casualidad. Revisen quién organizó su primer encuentro.”

Recordé inmediatamente aquella noche.

Una gala benéfica.

Yo no pensaba asistir.

Beatriz había llamado personalmente para convencer a una amiga mía de llevarme.

Allí conocí a Esteban.

Creí que había sido destino.

Ahora parecía planificación.

Pero todavía faltaba una pieza.

Arturo abrió el documento fundacional del fideicomiso.

Había una cláusula especial relacionada con futuros descendientes.

Leo no heredaría únicamente mis acciones.

Al cumplir cierta edad, podía activar una revisión de una participación adicional que llevaba décadas fuera de los balances oficiales de Mendoza Construcciones.

—¿De cuánto estamos hablando? —pregunté.

Arturo levantó la mirada.

—Si los documentos originales son válidos, Sofía, Esteban lleva años intentando quedarse con una empresa que nunca perteneció completamente a su familia.

Miré nuevamente la fotografía.

De repente comprendí por qué habían intentado convencer a Leo de que yo estaba enferma.

No necesitaban únicamente quitarme a mi hijo.

Necesitaban controlar al niño que algún día podría demostrar quién era el verdadero propietario de todo.

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