PARTE 2: Los cuatro herederos que Adrian no podía reclamar

A las seis de la mañana, Adrian Foster descubrió que sus cuatro hijos ya no estaban en la unidad neonatal.

Pero no hubo secuestro.

Ni puertas forzadas.

Ni cámaras manipuladas.

Porque el plan real de Sophie nunca había sido sacarlos clandestinamente.

La historia del uniforme y la salida de servicio era la versión que necesitábamos que la familia Foster creyera durante unas horas.

Mientras Adrian celebraba su divorcio, Sophie había conseguido algo mucho más poderoso:

una transferencia médica autorizada.

Los cuatro bebés habían sido trasladados bajo supervisión neonatal a una clínica privada donde yo también fui ingresada inmediatamente.

Todo estaba documentado.

Todo era legal.

Y, sobre todo, Adrian había firmado horas antes un acuerdo donde aceptaba que cualquier decisión inmediata relacionada con mi recuperación y el cuidado neonatal quedaría bajo revisión médica independiente.

No lo había leído.

Solo quería mi firma.

A las nueve, me llamó diecisiete veces.

No contesté.

A las diez llamó Richard Foster, su padre.

A las diez y cinco, su madre.

A las once apareció el primer abogado.

Sophie dejó mi teléfono sobre la mesa.

—Ahora sí están preocupados.

Miré las cuatro cunas transparentes frente a mí.

—No. Están preocupados por los herederos.

Y tenía razón.

El abogado de los Foster no preguntó primero por mi salud.

Preguntó cuándo regresarían los niños.

Mi abogada respondió con una sola frase:

—Cuando un tribunal determine qué condiciones protegen mejor a los menores.

Entonces comenzó la verdadera guerra.

Los Foster exigieron pruebas de paternidad.

Las obtuvieron.

Los cuatro eran hijos biológicos de Adrian.

Después intentaron utilizar el fideicomiso familiar.

Ese fue su error.

Porque la revisión descubrió algo que ni siquiera yo conocía.

El abuelo de Adrian había establecido que cada descendiente directo recibiría participaciones de Foster Industries.

Pero mientras fueran menores, esas acciones serían administradas por un protector independiente.

No por Adrian.

No por Richard.

Por la madre biológica, salvo que un tribunal determinara lo contrario.

Es decir:

yo.

Cuando Adrian llegó finalmente a verme, parecía otro hombre.

—Maya, no quiero pelear contigo.

—Entonces no pelees.

Miró hacia las cunas.

—Son mis hijos.

—Sí.

—Quiero conocerlos.

No se lo impedí.

Pero tampoco fingí que aquella visita borraba lo ocurrido.

Adrian se acercó lentamente.

El bebé más cercano cerró sus pequeños dedos alrededor de uno de los suyos.

Vi cómo su expresión cambiaba.

—¿Cómo se llaman?

Aquella pregunta me dolió más que cualquier insulto.

Su propio padre no conocía sus nombres.

—Leo. Noah. Ethan. Y Lucas.

Adrian cerró los ojos.

—Lo siento.

—Algún día podrás decírselo a ellos.

No a mí.

Días después, Sophie encontró la pieza que cambió toda la historia.

Los quinientos millones del divorcio no habían salido de una cuenta personal de Adrian.

Procedían de una sociedad llamada Lin-Foster Holdings.

Lin.

Mi apellido.

La empresa había sido fundada veintisiete años atrás por Marcus Foster, abuelo de Adrian, y mi padre, David Lin.

—Mi padre nunca trabajó con los Foster —dije.

Sophie deslizó otro documento hacia mí.

—Eso es lo que te dijeron.

David Lin había financiado una de las primeras expansiones internacionales de Foster Industries.

A cambio recibió una participación del cuarenta por ciento.

Pero después de su muerte, aquella participación desapareció de los registros consolidados.

Supuestamente mi madre había renunciado a ella.

La firma no coincidía.

Entonces comprendimos por qué Richard había querido pagarme exactamente desde aquella sociedad.

Si yo aceptaba el dinero sin cuestionar su origen, podían intentar presentarlo como liquidación definitiva de cualquier derecho histórico de la familia Lin.

Pero había un problema.

El acuerdo que yo firmé solo mencionaba el matrimonio.

No Lin-Foster Holdings.

Richard había sido demasiado arrogante.

Una semana después recibimos el documento original.

Incluía una cláusula sucesoria.

Si algún descendiente Lin tenía hijos con un descendiente Foster, las participaciones originales debían someterse a una auditoría antes de cualquier redistribución.

Cuatro hijos acababan de activar esa revisión.

Adrian leyó el documento conmigo.

—Mi padre sabía esto.

—Probablemente.

—Entonces el divorcio…

—Quizá nunca fue solamente por Isabella.

Su rostro se endureció.

Por primera vez, dirigió su enfado hacia su propia familia.

Pero todavía quedaba una última página.

Era una carta escrita por Marcus Foster poco antes de morir.

“Si Maya Lin entra algún día en esta familia, nadie deberá decidir por ella. Su padre pagó un precio demasiado alto para proteger la verdad.”

Debajo había una fotografía.

Marcus Foster estaba junto a David Lin.

Entre ambos había una mujer joven.

La madre de Adrian.

En sus brazos sostenía a un recién nacido.

Adrian.

En el reverso aparecían cuatro palabras:

ADRIAN LIN FOSTER. TRES DÍAS.

Adrian se quedó completamente inmóvil.

—¿Por qué aparece tu apellido en mi nombre?

No pude responder.

Porque en ese instante comprendimos que los cuatro bebés quizá no eran el mayor secreto de la familia Foster.

El verdadero secreto llevaba treinta años viviendo bajo su propio techo.

Y se llamaba Adrian.

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