La llamada de Isabel llegó aquella misma noche.
Daniel todavía estaba en mi sala cuando su teléfono comenzó a vibrar.
Una vez.
Dos.
Tres.
Miró la pantalla.
ISABEL LANE.
Yo continué guardando mis cosas.
—Contesta —dije.
—No.
Levanté la mirada.
Durante años habría dado cualquier cosa por escuchar esa respuesta.
Ahora no sentí nada.
—Dice que necesita que vaya.
—Entonces ve.
—No voy a hacerlo.
Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.
—Clara, entendí lo que estabas diciendo.
Solté una pequeña risa.
—No. Entendiste que estoy terminando contigo. No es lo mismo.
Su rostro se endureció.
—Puedo cambiar.
—Quizá.
Tomé mis muletas.
—Pero ya no necesito quedarme para comprobarlo.
Me mudé temporalmente al apartamento de mi hermana.
Daniel empezó a enviar mensajes.
No promesas grandiosas.
Cosas pequeñas.
“¿Tomaste tu medicación?”
“¿Necesitas que te lleve a rehabilitación?”
“Puedo dejar comida en recepción.”
No respondí.
Dos semanas después regresé al hospital para una revisión.
Mi traumatólogo, el doctor Mateo Salazar, estudió las imágenes y frunció el ceño.
—La recuperación va bien, pero quiero preguntarte algo.
Señaló mi expediente.
—¿Conoces a Isabel Lane?
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Mateo giró la pantalla.
Tres días después de mi accidente, alguien había solicitado acceso a mis imágenes médicas desde otro hospital.
Usuario:
Daniel Rowe.
Justificación clínica:
Evaluación comparativa para paciente Isabel Lane.
Me quedé inmóvil.
—¿Usó mis estudios para tratarla?
—Eso es lo que debemos aclarar.
Presenté una solicitud formal de revisión.
No quería discutir con Daniel.
Quería documentos.
La auditoría encontró que Daniel había consultado mi expediente sin formar parte de mi equipo médico.
Pero aquello condujo a algo todavía más extraño.
Isabel había recibido durante casi dos años tratamientos preferentes bajo un programa privado de investigación ortopédica.
El proyecto estaba financiado por una fundación.
Fundación Rowe-Lane.
Pensé que pertenecía a Daniel.
No.
Había sido creada dieciséis años atrás por su padre, Thomas Rowe, y por el padre de Isabel, Edward Lane.
Daniel llegó a mi apartamento aquella tarde.
—Clara, necesito explicarlo.
—¿Sabías que tu padre y el de Isabel tenían una fundación juntos?
Se quedó quieto.
—¿Qué?
Aquello pareció genuino.
Le mostré los documentos.
La fundación pagaba tratamientos, viajes médicos y rehabilitación de Isabel desde antes de que Daniel terminara la residencia.
Su padre había dejado instrucciones privadas:
“Mientras Isabel Lane necesite atención ortopédica, Daniel Rowe deberá garantizar continuidad médica.”
Entonces lo entendí.
Daniel no había corrido detrás de Isabel solamente por afecto.
Llevaba años creyendo que era una obligación familiar.
Pero eso tampoco borraba sus decisiones.
—Podías haberme contado esto.
Daniel bajó la mirada.
—Sí.
—Podías haber recomendado otro médico.
—Sí.
—Y podías haberme tratado como tu pareja sin convertir cada necesidad mía en una molestia.
Esta vez no intentó defenderse.
—Sí.
Fue demasiado tarde, pero al menos dejó de buscar excusas.
La investigación continuó.
Y entonces Isabel apareció personalmente.
No parecía triunfante.
Parecía furiosa.
Dejó una carpeta sobre mi mesa.
—Daniel cree que su padre le pidió cuidarme.
—Eso dicen los documentos.
—Los documentos están incompletos.
Sacó una carta original.
Thomas Rowe no había escrito que Daniel debía convertirse en su médico permanente.
Había escrito exactamente lo contrario.
“Daniel no debe asumir personalmente el tratamiento de Isabel. Existe un conflicto que él todavía desconoce.”
Sentí que algo cambiaba.
—¿Qué conflicto?
Isabel negó con la cabeza.
—Eso intento descubrir.
La última página contenía el nombre de mi padre.
Samuel Bennett.
Me quedé helada.
Mi padre había muerto nueve años atrás.
¿Qué tenía que ver con los Rowe y los Lane?
Debajo había un contrato firmado por los tres hombres.
Rowe.
Lane.
Bennett.
Un proyecto de investigación médica valorado actualmente en más de cuarenta millones.
Y entre los beneficiarios originales aparecía un cuarto nombre.
El mío.
Clara Bennett.
Daniel leyó por encima de mi hombro.
—¿Por qué estás tú aquí?
No pude responder.
Entonces Isabel sacó una fotografía antigua.
Nuestros padres aparecían frente al mismo hospital donde Daniel trabajaba ahora.
En el reverso, Thomas Rowe había escrito:
“Si algún día Daniel empieza a poner a Isabel por delante de Clara, alguien ha cambiado las instrucciones.”
Daniel dejó de respirar.
Porque de repente mi accidente ya no parecía haber destapado únicamente el fracaso de nuestra relación.
Alguien llevaba años utilizando la lealtad de Daniel hacia Isabel para mantenernos exactamente donde quería.
Y yo acababa de descubrir que mi nombre estaba en el centro de todo.