A la mañana siguiente llamé a Mia.
—Quiero separar los ocho restaurantes de todo lo relacionado con Lucas.
Hubo silencio.
—¿Los ocho?
—Todos.
Durante tres años, Lucas había presumido ante sus amigos de que dirigíamos juntos la cadena.
No era verdad.
Yo había fundado los primeros tres restaurantes antes de casarme.
Los otros cinco se abrieron después, pero cada sociedad operativa estaba estructurada por separado.
Lucas tenía acceso a ciertas cuentas administrativas.
No era propietario.
Simplemente nunca se había molestado en aprender la diferencia.
Durante una semana no hice nada visible.
Transferí contratos legítimamente.
Cambié autorizaciones bancarias.
Retiré sus permisos administrativos.
Los proveedores recibieron nuevas instrucciones de facturación.
Y el dinero de cada restaurante quedó separado de cualquier cuenta doméstica a la que Lucas pudiera acceder.
El viernes por la mañana, su tarjeta corporativa fue rechazada.
Me llamó inmediatamente.
—¿Qué hiciste?
—Protegí mis empresas.
—Tenemos una cena con inversionistas esta noche.
—Entonces págala tú.
—Sienna, deja de comportarte como una niña.
—Presenta los documentos del divorcio.
Colgué.
Veinte minutos después volvió a llamar.
No contesté.
A mediodía tenía diecisiete llamadas perdidas.
Entonces apareció en mi restaurante principal.
Entró directamente en la oficina.
—¿Te volviste loca?
Mia se levantó.
—Cuida cómo le hablas.
Lucas lanzó sobre mi escritorio una tarjeta.
—Está bloqueada.
—Sí.
—También mi acceso a las cuentas.
—Sí.
—¿Y el coche de empresa?
—Pertenece a Su Dining Group.
—¡Yo soy parte de Su Dining Group!
Abrí una carpeta.
—Enséñame dónde.
Lucas la tomó.
Leyó.
Su rostro comenzó a cambiar.
No aparecía como accionista.
No aparecía como fundador.
Ni siquiera como administrador.
—Esto no puede ser.
—Tú mismo dijiste que eran pequeños restaurantes que sobrevivían gracias a ti.
Me incliné hacia atrás.
—Así que pensé que no los necesitarías.
Por primera vez, Lucas no tuvo una respuesta preparada.
—¿Y los dos millones?
—Precisamente por eso estamos hablando.
Le mostré los registros.
El dinero utilizado para la vivienda de Clara no había salido de nuestra cuenta personal.
Había salido de una línea destinada a la expansión de mi cadena.
Lucas había autorizado la operación utilizando credenciales que yo le había permitido usar para pagos rutinarios.
—Devuélvelo —dije.
—Clara ya compró la propiedad.
—Entonces encontrarás una solución.
—¿Y si no?
—Mis abogados ya la están buscando.
Su expresión se endureció.
—¿Vas a demandarme?
—Voy a recuperar lo que pertenece a la empresa.
Lucas se rio, pero ya no había seguridad en aquella risa.
—¿Crees que puedes manejar ocho restaurantes sin mí?
Mia casi se atragantó.
Yo simplemente abrí otra carpeta.
Ventas.
Beneficios.
Expansiones.
Cada uno de los ocho restaurantes había aumentado sus ingresos bajo mi dirección.
La única división que perdía dinero era la pequeña empresa de gestión que Lucas había creado para “ayudarme”.
Más de seis millones habían pasado por ella en tres años.
—¿Qué es esto? —pregunté.
Lucas dejó de respirar.
Ahí estaba el verdadero problema.
Los dos millones de Clara eran solo lo que yo había descubierto primero.
Durante semanas, Lucas había enviado dinero a Gu Hospitality Management.
Su empresa.
Pagos por consultoría.
Marketing.
Supervisión.
Servicios que mis gerentes aseguraban no haber recibido jamás.
—Necesito revisar esto —murmuró.
—Ya lo hice.
Mia dejó un informe sobre la mesa.
—Y encontramos algo mejor.
Gu Hospitality había utilizado los ingresos proyectados de mis restaurantes para respaldar préstamos privados.
Lucas había construido una vida de empresario utilizando mi negocio como escaparate.
Pero sin los flujos de mis restaurantes, varias obligaciones financieras quedaban expuestas.
Su rostro palideció.
—No puedes retirarte así.
—Ya lo hice.
—¡Vas a hundirme!
Lo miré.
—No. Yo dejé de sostenerte.
Tres días después, Clara me llamó.
No contesté.
Envió un mensaje.
Sienna, creo que deberíamos hablar. Lucas me mintió sobre el apartamento.
Acepté verla únicamente con Mia presente.
Clara llegó sin maquillaje y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Lucas me dijo que esos dos millones eran suyos.
—No lo eran.
—Ahora lo sé.
Empujó hacia mí el contrato de compraventa.
—Y encontré esto.
El apartamento tampoco estaba realmente a nombre de Clara.
La copia que yo había encontrado era parte del expediente preliminar.
La propiedad final figuraba a nombre de una sociedad.
North River Hospitality Ltd.
—¿La conoces? —preguntó Clara.
Negué.
Mia buscó el registro mercantil.
Cinco minutos después levantó la mirada.
—Sienna…
La accionista mayoritaria no era Clara.
Tampoco Lucas.
Era Mei Gu.
La madre de Lucas.
Sentí que algo dentro de mí se enfriaba.
Los dos millones no habían sido un simple regalo romántico.
Habían terminado ayudando a adquirir un activo controlado por la familia Gu.
Seguimos revisando.
North River había sido creada apenas cuatro meses después de mi boda.
Y durante tres años había intentado registrar nombres comerciales sospechosamente parecidos a los de mis restaurantes.
Mia encontró finalmente una solicitud pendiente.
Era para una nueva cadena gastronómica.
Ocho locales proyectados.
Mismos barrios.
Conceptos casi idénticos.
Incluso varios platos desarrollados en mis cocinas.
Lucas no había estado ayudándome a dirigir mis restaurantes.
Había estado aprendiendo cómo reemplazarlos.
Entonces vi la fecha prevista de lanzamiento.
Dos semanas después de nuestro divorcio.
Clara se quedó pálida.
—Lucas me dijo que después de divorciarse de ti abriríamos juntos una empresa.
La miré.
—¿Juntos?
—Me ofreció el cuarenta por ciento.
Mia giró la computadora.
—Eso también era mentira.
North River ya tenía distribuido el cien por cien de sus participaciones.
Mei Gu controlaba sesenta.
Lucas, treinta.
El diez por ciento restante pertenecía a otra persona.
Cuando apareció el nombre, dejé de respirar.
Mia Zhao.
Giré lentamente hacia mi mejor amiga.
Ella estaba tan pálida como yo.
—Sienna —susurró—, te juro que jamás había visto esta empresa.
Pero la documentación mostraba su firma.
Y debajo aparecía una fecha de hacía tres años.
El mismo día en que Lucas se arrodilló en la puerta trasera de mi cocina y me pidió matrimonio.

De pronto comprendí que el problema nunca había empezado con Clara.
Ni con aquellos dos millones.
Alguien llevaba preparando la caída de mis restaurantes desde antes de que yo dijera “sí”.