Caminé casi veinte minutos antes de escuchar pasos detrás de mí.
Por un instante pensé que Daniel finalmente había salido del restaurante.
Me equivoqué.
Era Verónica.
—Claudia, espera.
Me giré.
—¿Qué quieres?
Miró hacia atrás antes de acercarse.
—Necesito decirte algo sobre Marta.
Mi expresión debió cambiar, porque añadió rápidamente:
—Y sobre el dinero.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué dinero?
—No finjas. Si te marchaste así, es porque descubriste algo.
Permanecí callada.
Verónica bajó la voz.
—Marta lleva años recibiendo transferencias de Daniel.
Aquello confirmó mis sospechas.
—¿Daniel se las enviaba?
—Eso creía yo.
—¿Y ahora?
Verónica sacó un recibo doblado del bolsillo.
—Hace dos meses Marta me pidió que ingresara esto porque decía que no podía ir al banco.
Lo abrí.
Nueve mil dólares.
Procedencia: nuestra cuenta conjunta.
Pero la autorización no estaba firmada por Daniel.
Llevaba mi nombre.
Claudia Salazar.
—Yo nunca firmé esto.
—Lo sé.
La miré.
—¿Cómo puedes saberlo?
Verónica tragó saliva.
—Porque vi a Marta firmarlo.
Todo dentro de mí se quedó inmóvil.
—¿Y no dijiste nada?
—Me pidió que no me metiera.
Solté una risa amarga.
Exactamente la especialidad de aquella familia.
No meterse cuando el problema me pertenecía a mí.
—¿Daniel lo sabe?
—No estoy segura.
—Entonces lo averiguaré.
Regresé a casa sola.
Daniel llegó casi una hora después.
Entró despacio.
—Claudia…
Sobre la mesa había colocado los extractos bancarios.
Su rostro cambió al verlos.
Eso bastó.
—Lo sabías.
—Déjame explicarte.
—¿Desde cuándo?
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Hace aproximadamente un año descubrí algunas transferencias.
Sentí que la rabia me subía al pecho.
—¿Y durante un año no me dijiste nada?
—Mamá prometió devolverlo.
—Sesenta y ocho mil dólares.
—Pensé que eran menos.
—¿Cuánto creías que podía robarme antes de que mereciera saberlo?
Daniel palideció.
—No digas robar.
Lo miré fijamente.
Incluso entonces la estaba protegiendo.
Saqué el recibo de Verónica.
—Esta firma es falsa.
Daniel lo tomó.
Y por primera vez pareció verdaderamente alarmado.
—Mamá no haría esto.
—Verónica la vio hacerlo.
Se dejó caer en una silla.
Yo esperaba una defensa.
Una excusa.
Pero Daniel susurró:
—Entonces hay algo que no entiendes.
—Ilumíname.
—Esos sesenta y ocho mil no fueron para ella.
Fruncí el ceño.
Daniel abrió su portátil y entró en una carpeta protegida.
—Hace tres años, Javier acumuló deudas. Mamá empezó a cubrirlas.
—¿Con nuestro dinero?
—Al principio pensé que utilizaba sus ahorros.
Giró la pantalla hacia mí.
Había préstamos, pagos y transferencias.
Mucho más de sesenta y ocho mil.
—¿Cuánto debe Javier?
Daniel tardó en contestar.
—Casi cuatrocientos mil.
Me quedé helada.
—¿Cómo?
—Y eso no es lo peor.
Abrió otro archivo.
Era una solicitud de préstamo utilizando nuestro apartamento como garantía.
Mi nombre aparecía junto al suyo.
Otra firma que jamás había hecho.
—Daniel…
Él estaba blanco.
—Yo tampoco firmé esto.
Nos miramos.
Por primera vez aquella noche comprendimos que quizá Marta no solo había estado tomando dinero.
Alguien llevaba años construyendo documentos para hacernos responsables de una deuda enorme.
Entonces llamaron a la puerta.
Daniel abrió.
Marta estaba allí.
Ya no parecía la mujer dominante del restaurante.
Parecía aterrorizada.
Entró sin pedir permiso y cerró inmediatamente.
—¿Dónde está tu teléfono? —me preguntó.
—En el dormitorio.
—Tráelo.
—¿Por qué?
Marta me agarró del brazo.
—Porque Javier acaba de llamarme.
Daniel se levantó.
—¿Qué pasa con Javier?
Ella nos miró alternativamente.
—Sabe que Claudia encontró las transferencias.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cómo puede saberlo?
Marta comenzó a llorar.
Era la primera vez que la veía hacerlo.
—Porque el dinero nunca fue idea mía.
Daniel se quedó inmóvil.
—Mamá, ¿qué estás diciendo?
Marta sacó de su bolso un segundo teléfono.
Lo dejó sobre la mesa.
Había decenas de mensajes de Javier.
Amenazas.
Órdenes.
Fotografías de documentos.
Y finalmente una imagen tomada aquella misma mañana.
Era Daniel entrando en su oficina.
Fotografiado desde un coche al otro lado de la calle.
Debajo aparecía un mensaje:
“Si Claudia descubre para quién era realmente el dinero, Daniel será el primero en pagarlo.”
Levanté la mirada.
—¿Para quién era?
Marta cerró los ojos.

—Para alguien que vosotros creéis que murió hace doce años.
Daniel dejó de respirar.
—Mamá…
Ella abrió los ojos.
—Tu padre está vivo.