PARTE 2: La cremación que Álvaro necesitaba adelantar

Debajo del encaje había una marca oscura que no figuraba en la explicación que Álvaro había dado sobre la muerte de Lucía.

Elena no siguió tocando el cuerpo.

Treinta y un años trabajando en urgencias le habían enseñado algo fundamental: cuando una muerte parecía sospechosa, las respuestas pertenecían a los investigadores y al médico forense.

—Nadie crema a mi hija —dijo.

Álvaro palideció.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Precisamente por eso llamé a la policía.

Javier Robles llegó acompañado de dos agentes.

La cremación fue suspendida y la sala quedó despejada.

Álvaro protestó.

—Mi esposa tenía un problema cardiaco.

Javier levantó la documentación del hospital.

—Entonces una revisión independiente lo confirmará.

Aquella tarde apareció la primera irregularidad.

El certificado inicial mencionaba una afección cardiaca previa.

Pero Elena sabía que Lucía jamás había recibido ese diagnóstico.

Luego llegó algo peor.

La firma del médico que supuestamente había certificado la causa de muerte pertenecía al doctor Samuel Ortega.

Javier llamó al hospital.

Samuel estaba de vacaciones fuera del país desde hacía doce días.

—Yo no firmé ningún certificado —respondió por videollamada.

Álvaro dejó de contestar llamadas.

La policía fue a buscarlo.

Ya había abandonado su casa.

Elena llevó a Inés consigo mientras comenzaba la investigación.

No volvió a preguntarle si escuchaba a su madre.

No quería convertir el duelo de la niña en una prueba.

Pero aquella noche Inés dijo algo inesperado.

—Mamá me enseñó dónde guardó la caja azul.

Elena se quedó quieta.

—¿Qué caja?

—La que escondió antes de irse.

—¿Dónde?

Inés señaló su mochila escolar.

Dentro había una pequeña llave.

La niña explicó entonces algo mucho más sencillo que cualquier aparición: semanas antes, Lucía le había entregado aquella llave y le había dicho que, si alguna vez mamá no podía volver a casa, debía dársela únicamente a la abuela.

Elena comprendió.

Inés había mezclado recuerdos, miedo y duelo para intentar explicar algo que su madre realmente le había pedido.

La llave pertenecía a una caja de seguridad.

Dentro encontraron documentos bancarios, una memoria USB y una carta.

“Mamá, si estás leyendo esto, significa que Álvaro descubrió que estaba investigando las cuentas.”

Elena sintió que se le helaban las manos.

Lucía trabajaba como directora financiera de una empresa inmobiliaria administrada parcialmente por la familia Santamaría.

Había descubierto transferencias por más de ocho millones hacia sociedades desconocidas.

Una de ellas pertenecía a Álvaro.

Pero él no era el único nombre.

También aparecía Federico Santamaría, padre de Álvaro.

Y había una tercera persona.

Claudia Ferrer.

La hermana menor de Lucía.

Elena tuvo que leerlo dos veces.

Claudia llevaba cinco años viviendo supuestamente en Canadá.

Javier verificó los registros.

No estaba en Canadá.

Había regresado seis meses antes.

Y alguien había pagado su apartamento utilizando una sociedad vinculada a Álvaro.

La memoria USB contenía grabaciones de Lucía.

En la última, realizada cuatro días antes de su muerte, su voz sonaba nerviosa.

“Álvaro cree que estoy investigando únicamente el dinero. Todavía no sabe que encontré los documentos de Inés.”

Elena miró a Javier.

—¿Qué documentos?

Encontraron la respuesta en otra carpeta.

Certificado de nacimiento.

Prueba genética.

Solicitud de modificación de tutela.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Álvaro no figuraba como padre biológico de Inés.

Pero eso no era lo más desconcertante.

El nombre correspondiente al padre estaba oculto bajo una orden de confidencialidad.

Solo aparecían unas iniciales.

J.R.

Elena levantó lentamente la cabeza.

Javier Robles estaba frente a ella.

Él también había visto las iniciales.

—Elena —dijo inmediatamente—, no soy yo.

Antes de que pudiera responder, sonó su teléfono.

Habían encontrado a Álvaro.

No estaba huyendo.

Había ido voluntariamente a una comisaría de otra ciudad.

Y quería declarar.

Pero había puesto una condición.

Solo hablaría delante de Elena.

Una hora después, Álvaro apareció tras el cristal de una sala de entrevistas.

Ya no parecía el hombre arrogante del funeral.

—Yo no quería que revisaras el cuerpo porque sabía que encontrarías inconsistencias —admitió.

Elena apretó los puños.

—¿Qué le hiciste a mi hija?

Álvaro levantó los ojos.

—Yo no causé su muerte.

Entonces deslizó una fotografía sobre la mesa.

Lucía aparecía junto a Claudia y un hombre que Elena reconoció inmediatamente.

Javier también.

Era el difunto esposo de Elena.

El abuelo de Inés.

En el reverso, Lucía había escrito una sola frase:

“Cuando mamá descubra quién es realmente el padre de Inés, entenderá por qué empezó todo.”

Y por primera vez Elena comprendió que la muerte de su hija quizá no había comenzado con Álvaro.

Había comenzado con un secreto que su propia familia llevaba siete años protegiendo.

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