Mi madre dejó la taza sobre la mesa.
—Hannah, ¿estás segura?
—Dije que puedo conocerlo. No que vaya a casarme mañana.
Mateo, que acababa de entrar con una resaca terrible, se quedó inmóvil.
—¿Conocer a quién?
—A Ethan Fu.
Su expresión cambió.
—¿Ethan?
—Sí.
Mateo me observó durante varios segundos.
Quizá recordaba más de la noche anterior de lo que quería admitir.
No preguntó nada.
Solo dijo:
—Entonces asegúrate de que sea porque tú quieres.
Aquella misma tarde llegó la invitación de la familia Fu.
Cena privada.
Nada de anuncios.
Nada de compromisos.
Solo dos familias hablando.
Acepté.
Ethan llegó exactamente a las siete.
Hacía cuatro años que no lo veía.
Recordaba a un joven serio que siempre corregía los errores de Mateo y terminaba pagando las consecuencias de sus locuras.
El hombre que entró aquella noche era diferente.
Más tranquilo.
Más difícil de leer.
Me saludó.
—Hannah.
—Ethan.
Nuestros padres encontraron rápidamente una excusa para dejarnos solos en el jardín.
Yo decidí hablar primero.
—Imagino que sabes por qué estamos aquí.
—Sí.
—Entonces seré clara. No estoy enamorada de ti.
Ethan no pareció ofendido.
—Eso sería extraño. Apenas hemos hablado en años.
Su respuesta me sorprendió.
—Y tampoco quiero fingir una relación perfecta para complacer a nuestras familias.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero una verdad incómoda a una mentira bonita.
Aquellas palabras tocaron exactamente la herida que intentaba ignorar.
Ethan me estudió.
—Además, no tienes que aceptar nada esta noche.
—¿Tu familia no espera una respuesta?
—Mi familia puede esperar.
Hizo una pausa.
—Tú también.
Por primera vez desde el hotel sentí que podía respirar.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
No necesitaba adivinar.
“Soy Sebastián. Desbloquéame.”
Apagué la pantalla.
Ethan lo vio, pero no preguntó.
Eso también me gustó.
Tres días después acepté una segunda cena.
Luego una tercera.
Ethan nunca intentó tocarme.
Nunca pidió explicaciones sobre mi pasado.
Nunca actuó como si el acuerdo entre nuestras familias le concediera derechos sobre mí.
Hasta que una tarde, al salir de una galería, encontramos a Sebastián esperando junto a mi coche.
—Hannah.
Me detuve.
Ethan también.
Sebastián llevaba días intentando encontrarme.
Parecía agotado.
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos.
Miró a Ethan.
Y su expresión se endureció.
—¿Qué hace él aquí?
Ethan respondió con tranquilidad.
—Eso debe decidir si quiere contártelo ella.
Sebastián dio un paso hacia mí.
—¿Estás saliendo con él?
—Estoy conociéndolo.
—Han pasado cinco días.
—Y tú tardaste una frase en terminar lo nuestro.
Su mandíbula se tensó.
—Lo que escuchaste aquella noche no era verdad.
—Lo dijiste tú.
—Porque Mateo estaba preguntando demasiado.
—Podías decir que era asunto privado.
Lo miré.
—Elegiste llamarme juego.
Sebastián bajó la voz.
—Estaba intentando proteger nuestra relación.
—Pues funcionó. La protegiste tanto que la mataste.
Me dirigí al coche.
Entonces dijo:
—Sofía y yo no estamos juntos.
Me detuve.
—No me importa.
Aquello pareció afectarlo más que cualquier reproche.
—Fui al aeropuerto porque su padre me lo pidió.
—Perfecto.
—Hannah…
—Sebastián, ya no necesito saber por qué elegiste a otra persona aquella noche. Solo necesitaba entender cómo me veías cuando estabas con tus amigos.
Entré al coche.
Ethan no dijo una palabra hasta que estuvimos lejos.
Entonces preguntó:
—¿Quieres cancelar la cena?
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque quizá hoy no necesitas una cita organizada por nuestros padres. Quizá necesitas estar sola.
Sonreí por primera vez en días.
—Podemos cenar.
Ethan asintió.
—Entonces cenamos.
Nada más.
Sin aprovechar mi vulnerabilidad.
Sin competir con Sebastián.
Eso hizo que empezara a mirarlo de otra manera.
Dos semanas después, ambas familias organizaron una cena formal.
Fue allí donde Sebastián descubrió lo que estaba ocurriendo.
Llegó con Mateo.
Cuando me vio sentada junto a Ethan, se quedó paralizado.
—¿Qué significa esto?
Mi padre respondió:
—Las familias Shen y Fu están hablando de un posible compromiso.
Sebastián soltó una carcajada incrédula.
—¿Compromiso?
Me miró.
—Hannah, ven conmigo.
No me moví.
—No.
—Estás haciendo esto para castigarme.
Ethan dejó los cubiertos.
—No hables por ella.
Sebastián lo miró con desprecio.
—Siempre quisiste lo que era mío.
Ethan levantó lentamente los ojos.
—Hannah nunca fue tuya.
El comedor quedó en silencio.
Sebastián apretó los puños.
—¿Crees que porque tu familia tiene más dinero puedes aparecer y llevártela?
Ethan no reaccionó.
—No vine a llevarme a nadie.
Después me miró.
—Si Hannah mañana dice que no quiere volver a verme, ese será el final.
Aquella frase decidió algo dentro de mí.
No amor.
Todavía no.
Pero sí confianza.
Me volví hacia nuestros padres.
—Acepto el compromiso.
Sebastián perdió el color.
Ethan, sorprendentemente, también.
—Hannah —dijo—, no tienes que decidir ahora.
—Lo sé.
Y precisamente por eso lo estaba eligiendo.
Sebastián salió sin despedirse.
Creí que aquello sería el final.
Me equivoqué.
Esa noche Mateo entró en mi habitación.
—Necesito enseñarte algo.
Traía su teléfono.
—Recuperé parte de lo que pasó aquella noche del hotel.
Abrió un audio.
La voz de Sebastián llenó la habitación.
Mateo preguntaba:
—¿De verdad solo estás jugando con ella?
Después venía la frase que yo había escuchado.
—Solo estoy jugando. ¿De verdad pensaste que iba en serio?
Pero el audio continuaba.
Y yo nunca había oído esa parte porque había abierto la puerta demasiado pronto.
Sebastián añadió:
—Si mi padre descubre que voy en serio con Hannah, irá directamente contra los Shen. Hasta que resuelva lo que está haciendo, nadie puede saber que ella me importa.
Me quedé inmóvil.
Mateo bajó el teléfono.
—Hay más.
—¿Qué?
—Sebastián llevaba meses investigando a su padre.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo?
Mateo abrió una fotografía.
Era un contrato fechado dos años antes de que Sebastián y yo empezáramos nuestra relación.
Dos apellidos aparecían en la primera página.
Gu.
Shen.
Y debajo había una cláusula sobre una futura alianza matrimonial.
Mi nombre estaba escrito allí.
Hannah Shen.
Pero el hombre asignado como futuro esposo no era Sebastián Gu.
Era Ethan Fu.
Sentí que el aire desaparecía.
—Eso es imposible.
Mateo negó lentamente.
—Ethan sabía que nuestras familias hablaban de vuestro matrimonio desde hace dos años.
Miré hacia la ventana.
El hombre al que acababa de aceptar como prometido no había regresado del extranjero por casualidad.
Sebastián tampoco había ocultado nuestra relación únicamente por vergüenza.

Los dos sabían algo sobre mí que yo desconocía.
Y de pronto comprendí que quizá nunca había estado eligiendo entre Sebastián y Ethan.
Alguien había decidido mucho antes que yo que uno debía perderme…
y que el otro terminaría convirtiéndose en mi esposo.