PARTE 2: El contrato que Victoria no podía firmar sin mí

Adrián llamó a la puerta durante otros cinco minutos.

No abrí.

Finalmente, la seguridad privada que yo había contratado pidió a los periodistas que despejaran la entrada.

Una hora después, mi teléfono estaba lleno de titulares.

Pero ninguno me importó tanto como el mensaje de mi abogado.

“Evelyn, Adrián ya recibió oficialmente la documentación del divorcio.”

Sonreí.

Cuatro años tarde.

Pero finalmente había recibido algo mío.

A la mañana siguiente llegué a la sede de la Fundación Aurora a las nueve.

A las nueve y veinte, mi asistente entró.

—Señora Shen, tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Victoria Xu está aquí con su representante.

—¿Para qué?

—Quiere firmar hoy mismo el patrocinio.

Cerré la carpeta que estaba leyendo.

—La reunión estaba programada para el viernes.

—Dice que el entrenador Lu aseguró que podía adelantarse.

Eso sí me hizo sonreír.

Adrián seguía tomando decisiones sobre cosas que no controlaba.

—Hazlos pasar.

Victoria entró primero.

Adrián detrás.

Cuando me vio sentada en la cabecera de la mesa, se detuvo.

—¿Qué haces aquí?

El director financiero levantó las cejas.

—La señora Shen preside nuestro comité ejecutivo.

Por primera vez desde su regreso, Adrián se quedó completamente sin palabras.

Victoria palideció.

—¿Tú decides sobre mi contrato?

—No sola.

Empujé la carpeta hacia ella.

—Precisamente para evitar conflictos personales, cualquier decisión sobre tu patrocinio será tomada por el comité completo.

Adrián recuperó la voz.

—Evelyn, podemos hablar en privado.

—Estamos hablando de negocios.

—Soy tu esposo.

—Por ahora.

La expresión de Victoria cambió.

—¿Qué significa eso?

Adrián la miró.

Yo respondí.

—Solicité el divorcio hace meses.

Victoria giró lentamente hacia él.

—Me dijiste que Evelyn estaba esperando tu regreso.

Silencio.

Interesante.

—También me dijiste —continuó Victoria— que Noah veía tus vídeos todas las noches.

Mi mano se detuvo sobre la carpeta.

—Noah ni siquiera sabía quién era Adrián hasta ayer.

Victoria perdió el color.

—¿Entonces los dibujos?

—¿Qué dibujos?

Sacó el teléfono.

Había fotografías de dibujos infantiles.

“Papá, vuelve pronto.”

“Estoy orgulloso de ti.”

Los reconocí inmediatamente.

Eran trabajos de niños de mi academia utilizados en una campaña pública sobre familias separadas por trabajo.

Adrián los había presentado como dibujos de Noah.

—¿Por qué? —preguntó Victoria.

Adrián apretó la mandíbula.

—Era para la prensa.

Lo entendí entonces.

Había convertido nuestra ausencia en publicidad.

El padre sacrificado.

El entrenador heroico.

El hombre que soportaba cuatro años lejos de su pequeño para traer gloria al país.

Solo faltaba un detalle.

Su hijo nunca había sabido que existía.

—La reunión terminó —dije.

Pero el director financiero levantó una mano.

—Todavía debemos revisar las discrepancias.

Abrió otro expediente.

Durante tres años, varios gastos relacionados con el entrenamiento de Victoria habían sido facturados mediante Lu Performance Consulting.

Una empresa controlada por Adrián.

Eso, por sí solo, no probaba ninguna irregularidad.

Pero existían pagos duplicados que debían aclararse antes de liberar dieciocho millones en patrocinio.

Victoria miró a Adrián.

—Dijiste que todo estaba aprobado.

—Lo estará.

—No —respondí—. Será revisado.

Adrián golpeó la mesa con la palma.

—¡No uses tu posición para vengarte!

Lo miré tranquilamente.

—Precisamente por eso no votaré.

La sala quedó en silencio.

—La auditoría será independiente. Si todo está correcto, seguirá adelante.

No pudo acusarme de nada.

Y aquello pareció enfurecerlo todavía más.

Esa tarde ocurrió algo inesperado.

Victoria vino sola a mi academia.

Encontró a Noah construyendo una torre de bloques con otros niños.

Se quedó observándolo desde lejos.

—Se parece mucho a Adrián.

—Sí.

—Yo creía que hablaba con él todas las noches.

—Adrián llamó diecisiete veces en cuatro años.

Victoria cerró los ojos.

—A mí me decía que tú impedías las videollamadas.

No respondí.

Entonces sacó un sobre.

—Encontré esto entre los documentos que él guardaba en el extranjero.

Dentro había mi supuesto consentimiento para que Adrián aceptara la asignación internacional.

Mi firma aparecía al final.

—Nunca firmé esto.

Victoria me miró.

—Lo imaginé.

Debajo había un correo supuestamente enviado por mí.

“Apoyo completamente la decisión de mi esposo.”

Tampoco era mío.

Llamé inmediatamente a mi abogado.

La firma debía verificarse.

El correo también.

Nada de aquello borraba la decisión de Adrián de marcharse.

Pero alguien había fabricado pruebas para hacer parecer que yo estaba de acuerdo.

Esa noche Adrián volvió.

Esta vez no gritó.

Permaneció fuera de la verja.

—Evelyn, necesito explicarte algo.

Salí sola.

—Cinco minutos.

—Yo nunca falsifiqué tu firma.

—Pero te marchaste.

Bajó la mirada.

—Sí.

—Eso basta para nuestro matrimonio.

—Lo sé.

Fue la primera vez que lo escuché admitirlo.

Entonces levantó la cabeza.

—Pero hay algo que tú tampoco sabes.

Sacó una carpeta.

—Nunca solicité inicialmente ese programa.

Fruncí el ceño.

—¿Qué estás diciendo?

—Alguien presentó mi candidatura.

—¿Quién?

—Tu hermano.

Sentí que el aire desaparecía.

—Marcus lleva doce años fuera de nuestra familia.

—Yo lo conozco desde antes de conocerte a ti.

No pude hablar.

Adrián continuó.

—Él organizó nuestra primera reunión.

—Eso es mentira.

—Ojalá.

Sacó una fotografía.

Adrián y Marcus estaban juntos frente a un centro deportivo.

La fecha era seis meses anterior al día en que Adrián y yo supuestamente nos conocimos por casualidad.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Marcus me hizo prometerlo.

—¿Por qué?

Adrián negó lentamente.

—Eso es lo que llevo cuatro años intentando averiguar.

No le creí del todo.

Pero me quedé con una copia.

Mi abogado investigó la empresa desde la que se había enviado el consentimiento falso.

Shen Athletic Management.

Fundada cinco años atrás.

Propietario:

Marcus Shen.

Había recibido comisiones vinculadas al programa de Adrián durante toda su estancia en el extranjero.

Entonces apareció un documento más antiguo.

Un acuerdo privado firmado por Adrián y Marcus.

La fecha era anterior a mi embarazo.

Leí hasta encontrar una cláusula que me heló la sangre.

“Tras el nacimiento de un descendiente Shen, Adrián Lu permanecerá fuera del país durante un mínimo de cuatro años.”

Debajo estaba la firma de Adrián.

Lo llamé inmediatamente.

—¿Firmaste esto?

Silencio.

—Adrián.

—Sí.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

—Entonces sabías que ibas a abandonarme.

—No.

—Tu firma está aquí.

—Evelyn, esa no era la cláusula que aparecía cuando firmé.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué decía originalmente?

Adrián tardó varios segundos.

—Que después del nacimiento de tu hijo, yo debía mantenerme lejos para protegerlo.

—¿Protegerlo de quién?

Su respuesta llegó casi en un susurro.

—De tu padre.

Cerré los ojos.

—Mi padre murió cuando yo tenía diecinueve años.

—Eso es lo que Marcus me dijo que tú creías.

La llamada quedó en silencio.

Entonces mi abogado me envió otra fotografía recuperada de los archivos de Shen Athletic Management.

Estaba tomada apenas seis meses atrás.

Marcus aparecía entrando en un estadio extranjero.

A su lado caminaba un hombre de cabello gris.

Tuve que ampliar la imagen.

Una vez.

Dos veces.

Las manos empezaron a temblarme.

Conocía aquel rostro.

Había una fotografía suya junto a mi cama desde hacía quince años.

Era mi padre.

El hombre que oficialmente llevaba más de una década muerto.

Y llevaba cuatro años viviendo en la misma ciudad extranjera donde Adrián había sido enviado.

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