PARTE 2: El vuelo que alguien necesitaba que yo no pilotara

Me quedé mirando el nombre.

Elena Rivas.

Mi primera reacción fue negarlo.

Habíamos volado juntas durante casi tres años.

Era disciplinada, prudente y una de las pocas personas a las que habría confiado un avión sin pensarlo dos veces.

Entonces recordé algo.

Adrián conocía a Elena.

No bien.

O eso creía.

Se habían visto en cenas de empresa y eventos de tripulación.

Guardé el mensaje y se lo mostré al supervisor.

—Quiero que esto también quede documentado.

—Por supuesto.

—Y no contacten a Elena durante el vuelo. Está trabajando.

No permitiría que mis sospechas interfirieran con la seguridad de ciento cuarenta y seis personas.

Una hora después llegó el resultado de sangre.

El médico entró acompañado por un representante de operaciones.

—Capitana Vega, el análisis requiere una revisión completa, pero no coincide de forma sencilla con la historia presentada contra usted.

Sentí que podía volver a respirar.

—¿Y el café?

—Está preservado. Necesitamos esperar.

No celebré.

Aquello apenas empezaba.

Mi licencia quedó temporalmente fuera de operación mientras se revisaba el incidente.

Acepté cada procedimiento.

No pedí favores.

No llamé a contactos.

Solo solicité copias de todo lo que legalmente podía obtener.

A las cinco de la tarde, el IB-4821 aterrizó sin incidentes.

Elena me llamó veinte minutos después.

—Lucía, ¿estás bien?

—Sí.

—He visto las noticias. Esto es una locura.

Escuché atentamente su voz.

Parecía genuinamente preocupada.

—Elena, necesito preguntarte algo.

—Lo que sea.

—¿Has hablado con Adrián últimamente?

Silencio.

Duró apenas dos segundos.

Pero lo escuché.

—¿Por qué?

—Contesta.

—Hace unas semanas.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

—¿Qué te preguntó?

—Si estabas bajo mucho estrés. Si habías cometido errores. Si alguna vez había notado comportamientos extraños.

Sentí frío.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque dijo que estaba preocupado por tu salud.

—¿Te ofreció algo?

El silencio regresó.

—Elena.

—Me habló de una vacante.

Cerré los ojos.

—¿Qué vacante?

—Jefa de operaciones de vuelo.

Era un puesto que todavía no se había anunciado.

Y yo llevaba meses siendo considerada internamente para él.

—¿Quién te dijo que existía?

—Adrián.

Eso era imposible.

Mi marido trabajaba como consultor financiero externo.

No debería conocer decisiones internas de personal.

Elena continuó rápidamente:

—Lucía, yo no pedí tu puesto.

—Lo sé.

Y era verdad.

Todavía no tenía pruebas contra ella.

Solo tenía preguntas.

Esa noche no regresé a casa.

Me quedé con mi hermana.

Mi abogada, Marta Soler, me recomendó no confrontar a Adrián hasta saber qué documentos existían.

A la mañana siguiente llegó el informe preliminar sobre mi taquilla.

La fotografía de las botellas tenía metadatos de varias horas después de que yo hubiera abierto la taquilla aquella mañana.

Más importante todavía, el registro electrónico mostraba una apertura posterior con una credencial administrativa.

No era la mía.

Tampoco la de Elena.

El nombre asociado era Víctor Salvatierra.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién es? —preguntó Marta.

—El hermano de Adrián.

Víctor trabajaba para una empresa subcontratada que prestaba servicios tecnológicos al aeropuerto.

Nunca me había dicho que tuviera acceso a áreas de personal.

Entonces llegó el análisis del vaso.

No demostraba por sí solo quién había alterado mi bebida, pero sí confirmaba que el contenido no coincidía con el café que yo creía haber recibido.

La investigación dejó de ser una simple acusación disciplinaria.

Adrián me llamó diecisiete veces.

No contesté.

En la decimoctava dejó un mensaje:

—Lucía, alguien está intentando enfrentarnos. Vuelve a casa y hablaremos.

Pero Marta acababa de encontrar algo peor.

La denuncia sobre mi supuesto alcoholismo había empezado a prepararse cuatro meses antes.

Había correos.

Fotografías.

Declaraciones.

Y un borrador de evaluación profesional.

En una de las páginas aparecía una frase:

“Una vez apartada Vega, Rivas cumple el perfil de continuidad.”

—Elena —susurré.

Marta pasó la página.

—Sigue leyendo.

El documento no había sido redactado por Elena.

Procedía de una consultora llamada Meridian Aviation Advisory.

El principal accionista era Adrián Salvatierra.

Mi marido.

Sentí náuseas.

—¿Por qué querría controlar quién ocupa mi puesto?

Marta no respondió.

Todavía.

Dos días después apareció la explicación.

La compañía estaba preparando una licitación multimillonaria para renovar parte de sus sistemas de formación y planificación operacional.

Meridian Aviation figuraba entre los posibles proveedores.

Yo formaba parte del comité técnico que debía revisar determinadas propuestas.

Y tres semanas antes había enviado un informe interno señalando deficiencias en una de ellas.

No había prestado atención al nombre de la consultora asociada.

Ahora sí.

Meridian.

—Yo iba a votar en contra —dije.

Marta asintió.

—Y si te apartaban…

—Otra persona ocuparía mi lugar.

Pero algo seguía sin encajar.

—Elena no pertenece al comité.

—Actualmente no.

Marta colocó otro documento frente a mí.

Era un organigrama propuesto.

Si yo quedaba suspendida y Elena era ascendida, asumiría temporalmente mis responsabilidades.

Me levanté.

—¿Ella sabía esto?

—No podemos afirmarlo.

Esa misma tarde Elena apareció voluntariamente con su abogado.

Traía su teléfono.

—Hay algo que necesito enseñarte.

Abrió una conversación con Adrián.

Él llevaba semanas presionándola para aceptar una recomendación profesional.

Elena se había negado dos veces.

Entonces encontré un mensaje enviado por Adrián:

“Lucía saldrá del camino pronto. Solo necesito que estés preparada para ocupar el asiento.”

Elena tenía lágrimas en los ojos.

—Pensé que hablaba de un ascenso para ti.

Seguí leyendo.

Había una fotografía adjunta.

Mi credencial.

Fotografiada dentro de nuestra casa.

—Yo nunca recibí esto —dijo Elena—. Mira el destinatario.

No era ella.

Era Víctor.

Debajo, Adrián había escrito:

“Hazlo antes del viernes. Después del vuelo será demasiado tarde.”

Marta pidió preservar el teléfono.

Entonces Elena recordó algo.

—Lucía, hay otra cosa.

—¿Qué?

—Adrián me preguntó hace un mes si conocía a alguien llamado Carmen Vega.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué dijiste?

—Que no.

Carmen Vega era mi madre.

Había muerto once años atrás.

Esa noche revisé una caja con sus documentos antiguos.

Encontré contratos, fotografías y una carpeta de aviación que nunca había abierto.

Mi madre había trabajado brevemente como contable para una empresa vinculada a la familia Salvatierra.

Dentro había una carta dirigida a mí.

Nunca enviada.

“Lucía:

Si algún día Meridian intenta entrar en tu compañía, revisa primero quién posee realmente las acciones.”

Debajo aparecían tres nombres.

Adrián Salvatierra.

Víctor Salvatierra.

Y Carmen Vega.

Mi madre.

Me quedé mirando su nombre.

Según aquellos documentos, mi madre había poseído el treinta y cuatro por ciento de la empresa que ahora controlaba mi marido.

Y esas acciones no habían desaparecido cuando murió.

Habían pasado a su única heredera.

A mí.

Adrián no solo estaba intentando apartarme de un comité.

Estaba intentando conseguir un contrato multimillonario para una empresa cuya mayor amenaza legal era su propia esposa.

Entonces Marta encontró una última página.

Una solicitud de transferencia de aquellas acciones.

Supuestamente firmada por mí.

La fecha era de seis meses atrás.

—Yo nunca firmé esto.

Marta señaló al testigo.

Elena Rivas.

Sentí que se me helaba la sangre.

Elena miró la firma y negó inmediatamente.

—Tampoco es mía.

Dos firmas que ninguna reconocíamos.

Y debajo aparecía el nombre de la persona que había certificado ambas.

Víctor Salvatierra.

Fue entonces cuando entendí que Elena y yo quizá nunca habíamos sido rivales.

Alguien necesitaba que pareciéramos enemigas para que ninguna de las dos mirara hacia los dos hermanos que estaban detrás de todo.

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