PARTE 2: El nombre que hizo desaparecer todas las sonrisas

Nadie respondió.

Bruno fue el primero en recuperar la sonrisa.

—¿De verdad piensas pelear con todos?

Negué lentamente.

—No vine a pelear.

Señalé las cámaras instaladas en las esquinas.

—Vine a conseguir que alguien dijera la verdad.

Mauro miró instintivamente hacia arriba.

Fue suficiente.

Saqué el teléfono.

—Valeria fue encontrada en vuestro estacionamiento. Si alguien intenta borrar una sola grabación, tendrá que explicarlo.

La expresión de Mauro cambió.

Bruno dio un paso hacia mí.

—Viejo, no sabes con quién estás hablando.

—Sí sé.

—Entonces abre la puerta.

—Cuando termine.

Uno de los hombres situados detrás de mí se acercó.

No levanté los puños.

Simplemente lo miré.

—¿También quieres aparecer como participante cuando llegue la policía?

Se detuvo.

Mauro maldijo.

—¿Policía?

Le mostré la pantalla.

Laura había enviado un mensaje.

“Valeria decidió hablar.”

Debajo había otro.

“La doctora documentó las lesiones. Ya hicieron el reporte.”

Bruno palideció.

—Está mintiendo.

—Entonces las cámaras te ayudarán.

Silencio.

Miré a Mauro.

—Quiero las grabaciones.

—No tienes autoridad.

—Correcto.

Guardé el teléfono.

—Pero la policía sí.

Entonces llamaron a la puerta.

Dos agentes estaban afuera.

Abrí inmediatamente.

Bruno retrocedió.

Uno de ellos pidió que nadie abandonara el lugar mientras verificaban la situación y preservaban la evidencia disponible.

Mauro comenzó a protestar.

—¡Esto es un gimnasio! ¡Ese viejo entró amenazándonos!

El agente me miró.

—¿Usted quién es?

—Rafael Mendoza. Padre de Valeria.

Mauro soltó una carcajada nerviosa.

—Dice que fue militar. Se cree una especie de héroe.

—No.

Una voz habló desde el fondo.

Todos giramos.

Era Arturo Vega, uno de los entrenadores asistentes.

Me había estado observando desde que entré.

Ahora parecía haber visto un fantasma.

—No dijo que “fue militar”.

Arturo se acercó lentamente.

—Dijo que entrenó unidades durante quince años.

Me señaló.

—Sargento mayor Rafael Mendoza.

Mauro dejó de sonreír.

—¿Lo conoces?

—Yo no.

Arturo tragó saliva.

—Pero mi padre sí.

No respondí.

Aquella vida había terminado hacía mucho tiempo.

Y no pensaba convertirla en espectáculo.

Los agentes comenzaron a revisar el gimnasio.

Entonces uno llamó desde una oficina.

—Necesitamos al propietario.

Mauro caminó hacia allí.

Yo permanecí junto a la puerta.

Minutos después volvió pálido.

—Las grabaciones del estacionamiento desaparecieron.

Bruno sonrió apenas.

Demasiado pronto.

Arturo levantó la cabeza.

—Las cámaras tienen respaldo externo.

Mauro lo fulminó con la mirada.

—Cállate.

El silencio posterior dijo más que cualquier confesión.

Un agente se acercó a Arturo.

—Necesitamos hablar con usted.

Bruno empezó a ponerse nervioso.

—Yo me voy.

—No —dijo el agente.

Entonces sonó mi teléfono.

Laura.

Contesté inmediatamente.

—¿Valeria?

—Está estable.

Cerré los ojos un segundo.

—Gracias.

Pero Laura no había terminado.

—Rafael, tenemos otro problema.

Su voz volvió a ser aquella voz del principio.

—¿Qué ocurrió?

—Un hombre vino preguntando por Valeria.

—¿Bruno?

—No.

Miré hacia él.

Bruno estaba frente a mí.

—¿Quién?

—Dijo que era policía.

Sentí frío.

—¿Y?

—Seguridad comprobó su identificación.

Laura bajó la voz.

—Era falsa.

Miré a Bruno.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía arrogante.

Parecía asustado.

—Bruno —dije—. ¿Quién más sabe que Valeria está en el hospital?

No respondió.

—¿Quién?

Finalmente murmuró:

—Mauro.

Desde la oficina llegó un golpe.

Todos giramos.

Mauro ya no estaba allí.

Una puerta trasera permanecía abierta.

Arturo palideció.

—No entienden.

—Entonces explícalo.

Miró a Bruno.

—Valeria no terminó en ese estacionamiento únicamente por discutir con él.

Bruno cerró los ojos.

—Cállate.

—Ella encontró algo en la oficina de Mauro.

Los agentes se acercaron.

—¿Qué encontró?

Arturo señaló un archivador abierto.

Dentro había fotografías, sobres y varias listas de nombres.

En la primera página reconocí inmediatamente uno.

Valeria Mendoza.

Junto a su nombre había una fecha de hacía siete meses.

Dos meses antes de que conociera a Bruno.

Debajo aparecía una sola instrucción:

“ACERCAMIENTO AUTORIZADO.”

Miré a Bruno.

—¿Conociste a mi hija por casualidad?

No contestó.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje enviado desde el número de Valeria.

Pero Laura acababa de decirme que su teléfono estaba guardado con sus pertenencias.

Abrí el mensaje.

Había una fotografía de la habitación del hospital.

La cama aparecía vacía.

Debajo, alguien había escrito:

“Ahora ya sabes que esto nunca fue por Bruno.”

Y por primera vez desde que entré en aquel gimnasio, sentí verdadero miedo.

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