PARTE 2: La persona que pagó para borrar a Leo antes de que naciera

No respondí inmediatamente.

Miré a la mujer que acompañaba a Adrián.

Después a la niña.

—¿Tu esposa?

La mujer negó antes que él.

—Soy su hermana. Ella es mi hija.

Adrián seguía mirando a Leo.

—Elena, dame diez minutos.

—Te di tres años.

—Entonces dame diez minutos por él.

Me molestó que utilizara a mi hijo como argumento.

—Leo no te debe nada.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

No intentó tocarlo otra vez.

No reclamó ser su padre.

Simplemente se levantó.

—Cuando me llamaste hace seis años, yo creía que biológicamente era imposible que fuera mío.

—Y por eso me llamaste mentirosa.

Adrián bajó la mirada.

—No existe una explicación que borre eso.

Por primera vez no estaba justificándose.

Pero tampoco significaba que pudiera perdonarlo.

—¿Quién falsificó el diagnóstico?

Su expresión cambió.

—Mi madre.

Sentí un escalofrío.

Conocía a Victoria Qin.

Durante nuestros tres años juntos jamás me consideró adecuada.

—¿Por qué?

—Porque ya estaba intentando separarnos.

Adrián sacó el teléfono.

Meses atrás había solicitado sus antiguos registros médicos después de que otro especialista detectara una contradicción.

El laboratorio original conservaba información que no coincidía con el informe entregado a Adrián.

Después aparecía un pago.

Una cantidad considerable transferida a una empresa vinculada al antiguo director administrativo de la clínica.

El origen podía rastrearse hasta una cuenta controlada por Victoria.

—Eso demuestra que hubo irregularidades —dije—. No demuestra que Leo sea tu hijo.

—Correcto.

Me miró.

—No pediré que lo aceptes sin una prueba adecuada.

—Y tampoco harás ninguna prueba sin mi consentimiento y el procedimiento correspondiente.

—De acuerdo.

No esperaba que cediera tan rápido.

Tomé la botella de Leo y se la entregué.

—Vuelve a clase, cariño.

Leo me abrazó.

Antes de entrar miró a Adrián.

—¿Tú conocías a mi mamá?

Adrián tragó saliva.

—Sí.

—¿Eras su amigo?

El silencio fue doloroso.

—Una vez fui alguien importante para ella.

Leo pareció satisfecho y corrió hacia dentro.

Esperé hasta perderlo de vista.

—Ahora dime el resto.

Adrián respiró profundamente.

—Cuando descubrí el informe falso, enfrenté a mi madre.

—¿Lo admitió?

—No exactamente.

Sacó una fotografía.

Victoria aparecía entrando en aquella clínica seis años atrás.

No iba sola.

El hombre que caminaba junto a ella me resultaba familiar.

—Ese es el doctor Chen.

—El médico que firmó mi diagnóstico.

Entonces Adrián mostró otra imagen.

Tomada tres meses después.

La fecha coincidía con la semana en que yo le había llamado para decirle que estaba embarazada.

Victoria estaba nuevamente con el doctor.

—¿Por qué volvió?

—Eso intento averiguar.

Aquella tarde no permití que Adrián se acercara nuevamente a Leo.

Pero acepté hablar con un abogado.

No quería dinero.

No quería una guerra.

Quería saber qué había ocurrido.

Dos semanas después, mediante el procedimiento correspondiente, una prueba confirmó lo que el rostro de Leo ya parecía gritar.

Adrián era su padre.

Más del 99,99%.

Adrián leyó el resultado y lloró en silencio.

Yo no lo consolé.

Había perdido seis años por una mentira ajena.

Pero también había elegido destruirme con sus propias palabras.

Ambas cosas podían ser ciertas.

Entonces mi abogado encontró algo todavía peor.

—Elena, Victoria no solo pagó alrededor de la fecha del diagnóstico de Adrián.

Había otro pago realizado seis años atrás.

Exactamente dos días después de mi llamada anunciando el embarazo.

El beneficiario era nuevamente el doctor Chen.

Pero el concepto decía:

“Segundo expediente — E.S.”

Mis iniciales.

Sentí frío.

—¿Tenían un expediente mío?

Mi abogado colocó varias hojas sobre la mesa.

Alguien había solicitado información relacionada con mi embarazo.

Y había preparado un documento que declaraba que yo había informado que Adrián no era el padre.

—Nunca dije eso.

—Lo sé.

La firma tampoco era mía.

Adrián se puso de pie.

—Mi madre falsificó esto.

—Espera.

El abogado sacó la última página.

—La solicitud no fue presentada por Victoria.

Había otro nombre.

Shen Wei.

Mi padre.

Me quedé inmóvil.

—Eso es imposible.

Mi padre había sido quien me sostuvo cuando Adrián me abandonó.

Quien pagó parte de mis gastos durante el embarazo.

Quien me dijo que jamás volviera a buscar a la familia Qin.

Entonces recordé una frase suya.

La noche después de aquella llamada, mientras yo lloraba, papá había dicho:

“Es mejor que Adrián crea que ese niño no es suyo.”

Durante seis años pensé que intentaba protegerme.

Ahora aquellas palabras significaban algo completamente distinto.

Adrián miró el documento.

—Elena, nuestros padres se conocían.

—No.

—Sí.

Sacó una fotografía que había encontrado entre las pertenencias de Victoria.

Mostraba a mi padre y a su madre sentados juntos en un restaurante.

La fecha era de siete años atrás.

Antes de nuestro rompimiento.

En el reverso había una frase escrita por Victoria:

“Si Elena queda embarazada, ninguno de los dos puede permitir que nazca un heredero Qin-Shen reconocido.”

Y por primera vez entendí que nuestra separación quizá nunca había sido solamente decisión de Adrián.

Nuestras dos familias habían trabajado juntas para asegurarse de que Leo creciera sin saber quién era su padre.

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