PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARLO

Lucas miró los papeles firmados y luego a mí.

—¿Qué quiere que haga?

—Nada impropio.

Su expresión cambió.

—Entonces no entiendo.

—Adrián te trajo porque estaba seguro de que yo te echaría. Quiero que descubra que dejó de decidir cómo reacciono.

Lucas permaneció en silencio.

—Puedes quedarte en la habitación de invitados —continué—. Termina tus estudios. Yo cubriré lo que Adrián te prometió hasta que encuentres otra solución.

—¿Y a cambio?

—A cambio, no permitas que nadie vuelva a comprarte.

Aquella fue nuestra única negociación.

A la mañana siguiente bajamos juntos a desayunar.

Adrián ya estaba allí.

Irene ocupaba mi antiguo asiento junto a él.

Cuando Lucas apartó una silla para mí, la taza de Adrián chocó contra el plato.

—¿Dormiste aquí?

Lucas iba a responder.

Lo detuve.

—Tú lo invitaste.

—No pregunté eso.

Sonreí.

—Entonces formula mejor la pregunta.

Irene tocó su brazo.

—Adrián, no empieces. Tú mismo dijiste que Clara podía elegir.

Él retiró bruscamente la mano.

—Cállate.

La sonrisa de Irene desapareció.

Fue entonces cuando comprendí algo.

Adrián nunca había querido libertad para ambos.

Quería libertad exclusivamente para él y fidelidad absoluta de mi parte.

Saqué los documentos.

—Ya firmé.

Los dejé frente a él.

Por primera vez desde que conocía a Adrián, vi verdadero desconcierto en su rostro.

—¿Firmaste el divorcio?

—Eso pediste.

—Estabas enfadada.

—No. Precisamente por eso firmé.

Rompió la primera página.

—No aceptaré esto.

—Tengo copias.

—Clara.

—Y abogado.

Se levantó.

—Después de todos estos años, ¿vas a tirarlo todo por un universitario que conociste ayer?

Lucas bajó la mirada.

Yo no.

—No me divorcio por Lucas.

Miré a Irene.

—Ni siquiera por ella.

Volví los ojos hacia Adrián.

—Me divorcio porque finalmente entendí quién eres cuando estás seguro de que nunca me iré.

Nadie habló.

Aquella misma tarde abandoné la mansión.

No me llevé regalos de Adrián.

Solo mis documentos, mis pertenencias familiares y las pruebas necesarias para resolver nuestra separación.

Lucas regresó a la universidad.

Antes de marcharse me entregó un sobre.

—Esto estaba entre las cosas que el señor Fuentes me dio antes de traerme aquí.

Dentro había un contrato.

Adrián había pagado para que Lucas permaneciera conmigo durante treinta días y le informara sobre mis reacciones.

No era un acompañante.

Era una prueba.

Una prueba diseñada para demostrar que yo jamás aceptaría a otro hombre.

Y Adrián había apostado una cantidad absurda con sus amigos sobre ello.

Sentí vergüenza durante exactamente cinco segundos.

Después fotografié cada página.

Tres meses más tarde, el divorcio avanzaba.

Irene ya no vivía con Adrián.

Su supuesto embarazo, según supe por terceros, no había resultado ser lo que Adrián había creído, aunque decidí no involucrarme.

Él empezó a llamarme cada noche.

No contesté.

Luego llegaron flores.

Las devolví.

Joyas.

También.

Finalmente apareció frente a mi nuevo apartamento.

—Clara, cometí un error.

—Cometiste muchos.

—Terminé con Irene.

—Eso ya no tiene relación conmigo.

Su rostro se endureció.

—¿Sigues viendo a Lucas?

—Lucas consiguió una plaza de posgrado en el extranjero.

Adrián pareció sorprendido.

—¿Entonces nunca estuvieron juntos?

—Él necesitaba recuperar su futuro. Yo necesitaba recuperar mi dignidad. Eso fue todo.

Adrián se quedó inmóvil.

Entonces comprendió la parte que más le dolía.

No había perdido contra otro hombre.

Había perdido contra mi decisión de dejar de esperarlo.

Cerré la puerta.

Pensé que sería la última vez que lo vería.

Pero una semana después, Lucas me llamó desde el aeropuerto.

—Clara, encontré algo.

—¿Qué?

—El dinero que Adrián utilizó para contratarme.

Escuché papeles al otro lado.

—No salió de su cuenta.

Mi mano se quedó inmóvil.

—¿Entonces?

Lucas respiró profundamente.

—Salió de una cuenta abierta a tu nombre.

Y cuando me envió los documentos, reconocí inmediatamente la firma utilizada para autorizar las transferencias.

No era la de Adrián.

Era la de alguien de mi propia familia.

Alguien que llevaba tres años ayudándolo a convertir mi matrimonio en un espectáculo.

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