PARTE 2: La firma que Arturo jamás debió falsificar

Esperé hasta que Daniela y Santiago terminaron su primer baile.

Solo entonces me levanté.

Arturo me interceptó antes de que pudiera salir del salón.

—¿Adónde vas?

—A hablar con Alejandro.

Su expresión cambió.

—No tienes ningún asunto que tratar con él.

Por primera vez en treinta años, sonreí ante una orden suya.

—Eso ya no lo decides tú.

Alejandro me esperaba en una sala privada junto a su abogado.

Cuando cerró la puerta, dejó una carpeta sobre la mesa.

—Elena, hace dos semanas la empresa de Arturo solicitó financiación a nuestro grupo.

Sentí un escalofrío.

—¿Usando mi casa como garantía?

Alejandro me miró sorprendido.

—Entonces ya lo sabe.

Saqué de mi bolso las copias que había encontrado.

Su abogado comparó ambos documentos.

—La misma firma —murmuró—. Si usted no autorizó esto, tenemos un problema serio.

—No autoricé nada.

Alejandro respiró lentamente.

—Entonces mañana suspenderé la operación hasta que se investigue.

—No.

Ambos me miraron.

—Hágalo esta noche.

Alejandro comprendió inmediatamente.

Minutos después regresamos al salón.

Arturo estaba brindando con varios directivos.

Su teléfono vibró.

Lo vi leer el mensaje.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué hiciste? —me preguntó.

—Proteger lo que es mío.

Verónica se levantó.

—Arturo, vámonos.

—Todavía no —dije.

Saqué otra hoja.

—También encontré las transferencias.

Verónica quedó inmóvil.

Arturo bajó la voz.

—Elena, podemos discutir esto en casa.

—¿En la casa que intentaste hipotecar falsificando mi firma?

El murmullo alrededor de nosotros murió.

Daniela apareció junto a Santiago.

—¿Papá hizo qué?

Arturo me miró con furia.

—¡Todo lo que hice fue por esta familia!

—Entonces explica por qué el dinero terminaba en una cuenta vinculada a Verónica.

Ella tomó su bolso.

Pero Alejandro bloqueó su salida con una sola frase.

—Señora Montalvo, quizá quiera quedarse.

Colocó otra carpeta sobre la mesa.

—Porque esas transferencias también llegaron a una empresa que conozco.

Verónica palideció.

—No sé de qué habla.

—Yo sí.

Alejandro abrió el expediente.

—Hace treinta años, cuando Elena me ayudó, yo estaba intentando salvar la pequeña empresa de mi padre. Después logré reconstruirla.

Miró a Arturo.

—Años más tarde usted quiso asociarse conmigo. Rechacé la propuesta.

Arturo apretó la mandíbula.

—¿Qué tiene que ver eso con Elena?

—Muchísimo.

Alejandro sacó un documento antiguo.

—Porque alguien utilizó después el nombre de Elena para convencerme de que reconsiderara.

Me quedé helada.

—¿Mi nombre?

Alejandro asintió.

—Arturo me aseguró que usted era socia silenciosa de su empresa y que invertir allí era una manera de devolverle el favor que le debía.

Miré a mi esposo.

Treinta años de matrimonio parecieron reorganizarse dentro de mi cabeza.

—¿Usaste mi nombre para construir tu empresa?

Arturo no respondió.

Alejandro continuó:

—Y eso no es lo peor.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecíamos Alejandro y yo frente a aquella parada de autobús.

Pero había una tercera persona al fondo.

Una mujer joven.

Reconocí inmediatamente sus ojos.

Miré hacia la silla de ruedas de mi suegra.

Doña Ofelia estaba blanca.

Alejandro siguió mi mirada.

—Su suegra estuvo allí aquel día, Elena.

Sentí un escalofrío.

—Eso es imposible.

—No.

Ofelia cerró los ojos.

Alejandro dejó sobre la mesa una carta amarillenta.

—Ella fue quien me encontró una semana después.

Arturo miró a su madre.

—¿Para qué?

Alejandro tardó unos segundos en responder.

—Para pedirme que jamás volviera a buscar a Elena.

Abrí la carta.

Y al ver la firma de Ofelia al final, comprendí que la mentira de mi marido no había comenzado con Verónica.

Había empezado incluso antes de nuestra boda.

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