Dustin fue el primero en recuperar la sonrisa.
—¿Force Recon? Claro, abuelo.
No me moví.
—No vine aquí a pelear contigo.
Su entrenador soltó una carcajada.
—Entonces elegiste una forma curiosa de presentarte.
—Vine para decirle a Dustin una sola cosa.
Lo miré directamente.
—Evelyn no volverá a su casa contigo.
La sonrisa desapareció.
—Eso lo decidirá mi esposa.
—Ya lo decidió.
Era mentira.
Evelyn todavía estaba demasiado asustada para pensar en mañana.
Pero Dustin no necesitaba saberlo.
Avanzó hacia mí.
—Quítate de mi camino.
Uno de los entrenadores lo sujetó del hombro.
—Espera.
El hombre me observaba con atención.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Thomas Mercer.
Su expresión cambió.
—¿Sargento Mayor Mercer?
Ahora fueron los cuatro luchadores quienes dejaron de sonreír.
Dustin miró a su entrenador.
—¿Qué demonios pasa?
El hombre no respondió inmediatamente.
—Mi hermano estuvo en Camp Lejeune —dijo finalmente—. Hablaba de un Mercer.
Me puse nuevamente el reloj.
—Entonces quizá también te contó que una pelea que puede evitarse es una pelea que debe evitarse.
Abrí la puerta.
—Por eso estoy saliendo.
Dustin soltó una risa nerviosa.
—¿Eso es todo?
Me giré.
—No.
Saqué el teléfono.
—Eleanor ya documentó las lesiones de Evelyn. El hospital tiene registros. Y antes de venir aquí llamé a la policía.
Su rostro se endureció.
—Mi tío puede hacer desaparecer cualquier denuncia.
—Perfecto.
Guardé el teléfono.
—Dile exactamente eso cuando lleguen.
Las sirenas se escucharon pocos minutos después.
Entonces mi teléfono vibró.
Eleanor.
Contesté inmediatamente.
—¿Cómo está Evelyn?
Pero mi esposa no respondió a la pregunta.
—Thomas, vuelve al hospital.
Su voz temblaba.
—Ahora.
Sentí un frío distinto.
—¿Qué ocurrió?
—Un hombre vino preguntando por Evelyn.
—¿Quién?
—Dijo que era policía.
Miré hacia los agentes que acababan de entrar al gimnasio.
—¿Y?
—Seguridad verificó su placa.
Eleanor respiró con dificultad.
—Era falsa.
Dustin me estaba observando.
Y entonces sonrió.
No con arrogancia.
Con conocimiento.
Comprendí que las amenazas sobre su tío quizá nunca habían sido simples amenazas.
—¿Dónde está Evelyn?
—La trasladaron a una zona segura.
Caminé hacia la salida.
Uno de los agentes me detuvo.
—Señor Mercer, necesitamos su declaración.
—La tendrá.
Miré una última vez a Dustin.
—Pero primero protejan a mi hija.
Su sonrisa se hizo más pequeña.
Entonces dijo algo que hizo que incluso su entrenador retrocediera.
—Llegaste tarde, abuelo.
Mi teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un mensaje enviado desde el número de Evelyn.
Solo contenía una fotografía.
La habitación del hospital.
Vacía.