Sentí que la mano de Lucas se tensaba dentro de la mía.
Alexander no respondió.
Simplemente miró a mi hijo.
Primero sus ojos.
Después su nariz.
Finalmente aquella pequeña arruga entre las cejas que aparecía cada vez que Lucas estaba confundido.
Era como contemplarse a sí mismo veinticinco años atrás.
—Emma —dijo Alexander lentamente—. ¿Quién es este niño?
Me coloqué delante de Lucas.
—Mi hijo.
—Eso ya lo veo.
Su voz se endureció.
—Pregunté quién es su padre.
—No es asunto tuyo.
Intenté entrar al edificio.
Alexander me sujetó del brazo, pero lo soltó inmediatamente cuando Lucas gritó:
—¡No toques a mi mamá!
Alexander quedó inmóvil.
Lucas levantó su pequeño puño.
—Ella dijo que no es asunto tuyo.
Por un instante vi algo extraño atravesar el rostro de Alexander.
Dolor.
—¿Cuántos años tienes?
—Cinco.
El color desapareció lentamente de su cara.
Me miró.
—Nos divorciamos hace cinco años.
—Sé contar, Alexander.
—Estabas enferma aquel día.
No contesté.
Sus ojos descendieron hacia Lucas otra vez.
—¿Estabas embarazada?
Antes de que pudiera responder, Lucas levantó la bolsa térmica.
—Mamá, el helado de Sofi se va a derretir.
Alexander frunció el ceño.
—¿Sofi?
Mi corazón dio un golpe.
Demasiado tarde.
Desde una ventana del segundo piso llegó una vocecita.
—¡Lucas!
Los tres levantamos la cabeza.
Sofía estaba detrás del cristal.
Pequeña.
Pálida.
Con su cabello oscuro recogido y aquellos mismos ojos Blackwood observándonos desde arriba.
Alexander dejó de respirar.
—Hay otra.
No fue una pregunta.
Tomé la mano de Lucas.
—Vámonos.
Alexander bloqueó el portal.
—Emma, son gemelos.
—Apártate.
—Son míos.
Mi expresión se enfrió.
—Son personas, Alexander. No posesiones que acabas de descubrir en un inventario.
Aquello lo hizo retroceder.
Entré con Lucas.
Pensé que me seguiría.
No lo hizo.
Pero veinte minutos después llamaron a mi puerta.
Abrí esperando encontrarlo.
Era la doctora de Sofía.
Su expresión era grave.
—Emma, llegaron los resultados.
Todo lo demás desapareció.
—¿Qué pasó?
—Necesitamos adelantar el tratamiento.
Mis piernas perdieron fuerza.
Entonces escuché pasos detrás de ella.
Alexander había subido.
La doctora lo miró.
Luego me miró a mí.
—¿Es familiar de los niños?
—No —respondí.
—Sí —dijo Alexander al mismo tiempo.
La doctora dudó.
—Necesitamos estudiar compatibilidad familiar cuanto antes.
Alexander se quedó completamente quieto.
—¿Compatibilidad para qué?
Lo miré.
Durante cinco años había temido aquel momento.
Pero jamás imaginé que llegaría así.
—Sofía está enferma.
Su rostro cambió.
—¿Desde cuándo?
—Desde que nació.
Alexander cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, ya no había frialdad.
—Haré cualquier prueba necesaria.
—No necesito tu dinero.
—No estoy hablando de dinero.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó.
Era el hospital.
Contesté.
Escuché durante unos segundos.
Luego miré a Alexander.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Aparté lentamente el teléfono.
—Encontraron una coincidencia preliminar en el registro de donantes.
Alexander pareció aliviado.
Hasta que añadí:
—El donante lleva tu apellido.
Su expresión se congeló.

—¿Quién?
Miré el nombre que acababan de enviarme.
Y sentí que cinco años de secretos acababan de abrir una puerta mucho peor.
—Tu hermano.