PARTE 2: El informe que Mia no quería firmar

La encargada médica llevó a Mia directamente a enfermería.

Adrian quiso acompañarla, pero una voz firme lo detuvo.

—Mayor Wolfe, usted se queda.

El coronel Bennett avanzó desde el otro extremo del estacionamiento.

La expresión de Adrian cambió.

Aquello ya no era una discusión entre marido y mujer.

Había testigos.

Había una grabación.

Y ahora había un superior haciendo preguntas.

Mia se apresuró a cubrirse.

—Coronel, fue un malentendido. Yo tenía una molestia y Adrian solo intentaba ayudarme.

Bennett miró a la encargada médica.

—¿Existe algún informe?

—Ninguno.

—¿Alguna solicitud de asistencia?

—Tampoco.

La sonrisa de Mia desapareció.

Yo guardé el teléfono.

No necesitaba añadir nada.

En mi vida anterior había cometido el error de luchar contra Mia con rabia.

Esta vez dejaría que sus propias decisiones hablaran por ella.

Dos horas después regresé a casa.

Adrian apareció cerca de las diez.

—Suspendieron temporalmente a Mia del entrenamiento.

Dejé mi taza sobre la mesa.

—Entiendo.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

Adrian me observó como si aquella tranquilidad le resultara más inquietante que cualquier grito.

—Laura, ella puede perder su carrera.

—Entonces debería explicar lo ocurrido.

Su teléfono sonó.

Mia.

Contestó inmediatamente.

Al principio solo escuchó.

Después frunció el ceño.

—¿Cómo que los datos no coinciden?

Sentí un escalofrío.

Adrian se apartó hacia la ventana.

—Mia, cálmate. Voy para allá.

Cuando terminó la llamada, tomó las llaves.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Y se marchó.

Esperé exactamente cinco minutos.

Entonces mi propio teléfono vibró.

Era la encargada médica.

—Laura, encontramos una irregularidad.

—¿Cuál?

—Mia afirmó que aquella pomada correspondía a un diagnóstico anterior.

—¿Y no es cierto?

—El medicamento encontrado no coincide con el tratamiento que declaró.

Me incorporé lentamente.

—Hay algo más —continuó ella—. Cuando revisamos su versión, Mia aseguró que tú llevabas meses acosándola por celos.

Sonreí sin humor.

La misma estrategia.

Convertirme en la esposa desequilibrada.

—¿Adrian la respaldó?

—Todavía no.

—¿Por qué?

Hubo una pausa.

—Porque Mia mencionó como prueba un incidente ocurrido hace siete meses.

Recordé inmediatamente las fechas.

—Adrian estaba destinado fuera.

—Exactamente.

Mi mano se cerró alrededor del teléfono.

—Entonces, ¿qué encontraron?

—El registro de acceso.

Contuve la respiración.

—Laura, alguien entró en tus dependencias familiares aquella noche utilizando tu identificación.

—Yo estaba fuera de la ciudad.

—Lo sabemos.

Sentí que el pasado comenzaba a moverse bajo mis pies.

En mi vida anterior habían aparecido objetos extraños en nuestra casa.

Un pendiente.

Un pañuelo.

Un perfume que no era mío.

Yo había pensado que pertenecían a Mia.

Pero nunca descubrí cómo llegaron allí.

—¿Hay cámaras? —pregunté.

—Sí.

La mujer respiró profundamente.

—Acabamos de recuperar las grabaciones.

—¿Aparece Mia?

—Sí.

Cerré los ojos.

—¿Con Adrian?

—No.

Su respuesta siguiente borró cualquier sensación de victoria.

—Entró acompañada de un hombre.

—¿Quién?

—Todavía estamos verificándolo, pero encontramos su fotografía en otro expediente.

Se hizo un silencio.

—Laura… ese hombre conducía el camión implicado en tu accidente.

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