Dejé de golpear.
El silencio al otro lado pareció tranquilizar a Alejandro.
—¿Ves? —lo escuché decir—. Al final siempre entiende.
Saqué el teléfono del bolsillo.
Había una sola persona a la que quería llamar.
Sebastián contestó antes del segundo tono.
—Sofía.
—Estoy encerrada en el baño de una habitación VIP del Hospital Saint Gabriel.
Hubo dos segundos de silencio.
—¿Quién cerró la puerta?
—Alejandro.
La voz de Sebastián se volvió glacial.
—No toques nada. Voy para allá.
—Sebastián…
—Quince minutos.
Colgó.
Mientras esperaba, recogí cada fragmento del brazalete de mi padre.
Entonces noté algo extraño.
Una de las piezas metálicas estaba hueca.
Dentro había una diminuta llave.
Me quedé mirándola.
Mi padre jamás hacía nada sin motivo.
Quince minutos después, escuché voces en el pasillo.
Primero seguridad.
Después Alejandro.
—¡Esta es una habitación privada!
Y finalmente Sebastián.
—Entonces abre la puerta.
Mi corazón dio un vuelco.
Alejandro soltó una carcajada.
—¿Qué haces tú aquí?
—Vine por mi prometida.
Silencio.
Incluso Clara dejó de llorar.
—¿Tu qué?
La cerradura se abrió segundos después.
Cuando salí, Sebastián estaba esperando.
No preguntó por qué tenía los ojos rojos.
No hizo ninguna escena.
Simplemente se quitó el abrigo y lo colocó sobre mis hombros.
Entonces vio los pedazos del brazalete en mi mano.
Su expresión cambió.
—¿Quién hizo eso?
—Yo —dijo Alejandro—. ¿Algún problema?
Sebastián lo miró.
—Varios.
Alejandro dio un paso hacia nosotros.
—Sofía está enfadada. Se le pasará.
—No —respondí.
Saqué mi antiguo anillo de compromiso y lo dejé sobre la mesa.
—Esta vez no.
Clara palideció.
Alejandro sonrió con desprecio.
—¿Crees que Alarcón va a casarse contigo por amor?
Sebastián ni siquiera lo miró.
—Mañana a las diez firmaremos el acuerdo matrimonial.
Alejandro perdió la sonrisa.
—¿Estás hablando en serio?
—Completamente.
Tomé la mano de Sebastián y salimos.
Solo cuando llegamos al ascensor abrí la palma.
—Encontré esto dentro del brazalete.
Sebastián observó la pequeña llave.
Y se quedó inmóvil.
—Sofía… conozco esa llave.
—¿De qué?
—De las cajas privadas del Banco Imperial.
Una hora después estábamos frente a una caja de seguridad registrada por mi padre.
Dentro no había dinero.
Había documentos.
Contratos.
Grabaciones.
Y una carpeta roja marcada:
VARGAS.
La abrí.
La primera página mostraba transferencias realizadas durante los últimos dieciocho meses desde empresas de mi padre hacia sociedades vinculadas a Alejandro.
Sentí que se me helaban las manos.
Sebastián pasó varias hojas.
—Tu padre estaba investigándolo.
Entonces encontré una carta.
“Para Sofía. Si estás leyendo esto, significa que no tuve tiempo de contártelo personalmente.”
Tuve que sentarme.
Continué leyendo.
Mi padre decía que había descubierto quién estaba intentando apoderarse del Grupo Navarro.
Pero el último párrafo me dejó sin respiración.
“No confíes únicamente en las pruebas contra Alejandro. Él no empezó esto.”
Levanté los ojos hacia Sebastián.
Debajo había una fotografía.
Alejandro aparecía entrando en un hotel con otra persona.

No era Clara.
Era alguien a quien conocía desde niña.
Alguien que había estado en primera fila durante el funeral de mi padre.
Y, escrito detrás de la fotografía, había un nombre que jamás esperaba encontrar.