PARTE 2: Ricardo descubrió que el 51% de la empresa era solo la primera pieza del plan

—¿Qué puede ser peor que intentar quedarse con mi empresa? —pregunté.

Ricardo cerró la carpeta.

—Que necesitan que usted mismo les entregue el control.

Miré nuevamente hacia el salón privado.

Alejandro reía junto a Renata mientras Federico Salazar repartía documentos entre los abogados.

—Explíquese.

Ricardo me llevó hasta una mesa apartada.

—La transferencia del 51% que vio es un borrador. Su firma aparece preparada, pero todavía necesitan determinados pasos corporativos para sostener la operación.

—Entonces aún no tienen la empresa.

—No.

Sentí por primera vez que podía respirar.

—¿Qué están celebrando?

Ricardo sacó otro documento.

Era una convocatoria para una reunión extraordinaria del consejo de Grupo Montalvo.

Fecha: lunes siguiente.

Motivo:

Reorganización administrativa y sucesión ejecutiva.

Debajo aparecía mi nombre.

Miguel Montalvo — retiro voluntario.

Solté una risa seca.

—No pienso retirarme.

—Ellos dicen que sí.

Ricardo me mostró varios correos.

Durante meses, Alejandro había hablado con directivos como si mi salida ya estuviera decidida.

Renata había preparado proyecciones financieras posteriores a mi retiro.

Federico negociaba con acreedores utilizando la futura integración de Grupo Montalvo como argumento.

Pero había algo que no entendía.

—¿Por qué esperar hasta ahora?

Ricardo bajó la voz.

—Porque mañana cumple setenta años.

Lo miré sin comprender.

Entonces deslizó hacia mí una copia de un acuerdo societario antiguo.

Reconocí inmediatamente la firma de Lucía.

Mi esposa.

—Encontré esto mientras revisaba archivos históricos —explicó Ricardo—. Hay disposiciones internas vinculadas a la estructura de voto y a cualquier cambio de control. Sus abogados tendrán que determinar exactamente cómo operan hoy.

Pasé los dedos por la firma de Lucía.

Ella había sido mucho más que mi esposa.

Había construido Grupo Montalvo conmigo.

Y siempre había desconfiado de Federico Salazar.

—Hay algo más —dijo Ricardo.

Sacó su teléfono.

—Antes de despedirme copié correos que podían demostrar por qué estaba cuestionando ciertas operaciones.

Uno era de Renata.

Alejandro confirmó que Miguel cenará fuera el viernes. Federico puede reunir a todos sin riesgo.

Mi cumpleaños.

No lo habían olvidado.

Lo habían utilizado.

El siguiente mensaje era de Alejandro:

Después del lunes, mi padre conservará el título honorífico. Eso debería mantenerlo tranquilo.

Sentí una tristeza mucho más profunda que la rabia.

Mi propio hijo había decidido que después de cuarenta años construyendo una empresa, bastaría con darme una oficina bonita y llamarme fundador.

Guardé mi teléfono.

—Ricardo, no voy a entrar ahí.

Pareció sorprendido.

—¿Qué hará?

—Celebrar mi cumpleaños.

Pedí una mesa para uno.

Me senté a menos de veinte metros de ellos y pedí el mismo vino que Lucía y yo habíamos tomado en nuestro trigésimo aniversario.

A las once y cincuenta y ocho, Alejandro me escribió.

Espero que al menos hayas cenado algo, papá. Te compensaré cuando vuelva.

Guardé también ese mensaje.

A la mañana siguiente no llamé a mi hijo.

Llamé a mi abogada, Elena Robles.

Durante horas revisamos cada documento de Ricardo.

No cancelamos contratos impulsivamente.

No vaciamos cuentas.

No amenazamos a nadie.

Preservamos información y solicitamos una revisión independiente de las operaciones cuestionadas.

Al mediodía, Alejandro finalmente llamó.

—Papá, ¿cómo estuvo tu cumpleaños?

—Tranquilo.

—Sigo en Monterrey. Quizá vuelva mañana.

Miré por la ventana.

—¿Cómo está Renata?

Hubo una pausa.

—Aquí conmigo.

Otra mentira.

—Dale recuerdos a Federico.

Silencio.

—¿Por qué mencionas a Federico?

—Por nada.

Colgué.

Tres minutos después, Ricardo recibió un mensaje de un antiguo compañero de contabilidad.

Alejandro acaba de ordenar revisar quién accedió a los archivos históricos.

Ya sospechaban.

Pero todavía no sabían cuánto conocíamos.

Entonces Elena encontró algo inesperado.

Los doce millones de pesos transferidos hacia sociedades relacionadas con los Salazar no parecían tener un único destino.

Una parte había terminado vinculada a un proyecto inmobiliario llamado Costa Esmeralda.

Reconocí el nombre.

Lucía lo había mencionado poco antes de morir.

—Miguel, prométeme que nunca harás negocios con Federico en Costa Esmeralda.

En aquel momento pensé que era simplemente otra de sus discusiones empresariales.

Ahora Elena abrió un documento fechado cuatro años atrás.

Federico había intentado obtener financiación para aquel proyecto.

Grupo Montalvo aparecía mencionado como posible socio.

Pero la solicitud había sido rechazada.

Por Lucía.

—Tu esposa bloqueó esto —dijo Elena.

—Entonces esperaron a que muriera.

—Quizá.

Seguimos revisando.

Y encontramos un correo escrito por Lucía apenas nueve días antes de su muerte.

Destinatario: Alejandro.

Mi hijo.

Alejandro, ya sé lo que Federico está intentando hacer. Si decides ayudarlo, tendré que contárselo a tu padre.

Me quedé mirando la pantalla.

Alejandro nunca me había enseñado aquel correo.

—¿Respondió?

Elena abrió el siguiente archivo.

Sí.

Una sola frase.

Mamá, estás entendiendo mal. Déjame arreglarlo antes de decirle nada a papá.

Cuatro años.

Mi hijo llevaba al menos cuatro años sabiendo que su madre sospechaba de Federico.

Entonces apareció un archivo adjunto al correo de Lucía.

Una fotografía de varias páginas escritas a mano.

Reconocí su letra.

En la última página había una frase subrayada dos veces:

Si Miguel llega a leer esto, significa que Alejandro eligió proteger a los Salazar.

Tuve que apartarme de la pantalla.

Todo aquel tiempo había pensado que la traición había comenzado después de la muerte de mi esposa.

Me equivocaba.

Lucía la había descubierto primero.

Y había dejado algo preparado por si nuestro propio hijo elegía el lado equivocado.

Elena pasó a la página siguiente.

Solo contenía una dirección.

Una caja de seguridad en Guadalajara.

Y debajo, seis palabras escritas por mi esposa:

Miguel debe abrirla sin Alejandro presente.

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