Renata avanzó lentamente.
Juliano levantó la botella cuando ella llegó a su lado.
—Felicidades —gritó alguien—. ¡Intenta recordar mañana que te has casado!
Otra explosión de risas.
Juliano sonrió torpemente.
Pero cuando sus ojos encontraron los de Renata, algo no encajó.
Su mirada estaba completamente lúcida.
Horas después, cuando finalmente llegaron a la vieja casa de piedra donde Juliano vivía en las afueras del pueblo, Renata permaneció junto a la puerta, preparada para defenderse.
Juliano dejó la botella sobre la mesa.
—Puedes cerrar tu habitación por dentro.
Renata parpadeó.
Su voz ya no arrastraba las palabras.
—¿No estás borracho?
Juliano vació la botella en el fregadero.
Era agua teñida con unas gotas de vino.
Renata retrocedió.
—¿Qué significa esto?
—Significa que nadie te ha vendido a un borracho.
—Ramona recibió dinero.
—Lo sé.
Juliano sacó un sobre.
Dentro había recibos, fotografías y copias de antiguos documentos.
—Tu tía no estaba intentando deshacerse de ti, Renata. Estaba intentando deshacerse de tu nombre.
Ella sintió un escalofrío.
Juliano abrió un documento amarillento.
Era una escritura de propiedad.
Renata reconoció inmediatamente el apellido de su padre.
—¿Dónde encontraste esto?
—En el archivo municipal, antes de que desapareciera el original.
Según aquel documento, su padre había sido propietario de varias hectáreas en las afueras del pueblo.
Las mismas tierras donde recientemente una empresa había comenzado a negociar la construcción de un complejo turístico.
—Mi tía siempre dijo que mi padre no dejó nada.
—Mintió.
Juliano colocó otra hoja frente a ella.
Después de la muerte de sus padres, Ramona había quedado como administradora temporal de ciertos bienes hasta que Renata alcanzara la mayoría de edad.
Pero Renata tenía veinticuatro años.
Y jamás había recibido nada.
—¿Por qué finges ser un borracho?
Juliano permaneció en silencio unos segundos.
—Porque hace tres años hice demasiadas preguntas.
Su hermano mayor había trabajado en el ayuntamiento.
Descubrió irregularidades relacionadas con varias propiedades de familias cuyos herederos habían abandonado el pueblo.
Después perdió su empleo.
Juliano continuó investigando.
Entonces comenzaron las amenazas.
—Cuando todos creen que eres un inútil —dijo—, hablan delante de ti.
Renata recordó las burlas de aquella noche.
De pronto dejaron de parecer inocentes.
—¿Y nuestro matrimonio?
Juliano bajó la mirada.
—Ramona vino a verme hace dos meses. Me ofreció dinero para casarme contigo.
Renata palideció.
—¿Por qué aceptaste?
—Porque necesitaba saber qué pretendía.
Sacó una hoja doblada.
Ramona había exigido que, después de la boda, Juliano convenciera a Renata para firmar varios documentos.
Entre ellos había una autorización relacionada con aquellas tierras.
—Nunca pensaba obligarte a firmar nada —dijo Juliano—. Quería sacarte de su casa antes de que encontraran otra manera de conseguirlo.
Renata sintió rabia.
—Podrías habérmelo contado.
—Y habrías confiado en el borracho del pueblo que acababas de conocer?
No pudo responder.
Entonces Juliano abrió un pequeño cajón.
—Pero esto es lo que realmente necesitas ver.
Sacó una fotografía.
En ella aparecían Ramona, el alcalde y otros dos hombres delante de la finca que supuestamente nunca había pertenecido a la familia de Renata.
La fotografía tenía quince años.
Su padre estaba con ellos.
Renata giró la imagen.
Había una frase escrita a mano.
Reconoció inmediatamente la letra.
Era de su madre.
“Si algo nos ocurre, no permitáis que Ramona administre las tierras de Renata.”
Renata dejó caer la fotografía.
—Mi madre sabía…
Tres golpes sonaron en la puerta.
Juliano apagó inmediatamente la lámpara.
—No hagas ruido.
—¿Quién es?
Él miró por una rendija de la ventana.
Su expresión cambió.
—Ramona.
Renata sintió que se le cerraba el pecho.
—¿Qué hace aquí a estas horas?
Juliano no respondió.
Afuera se escuchó la voz de su tía.
—Juliano, abre. Tenemos que terminar el acuerdo.
Después habló un hombre.
Renata reconoció la voz del alcalde.
—La chica debe firmar esta noche.
Juliano miró a Renata.
Pero entonces llegó una tercera voz desde el exterior.
Una voz masculina, cansada, que Renata no había escuchado desde que era niña.
—Si obligáis a mi hija a firmar una sola página, mañana todo el pueblo sabrá lo que hicisteis.
Renata dejó de respirar.

Juliano palideció.
Ella caminó lentamente hacia la ventana.
—No puede ser…
Porque aquella voz pertenecía al hombre cuya tumba Renata visitaba cada año.
Su padre.