La manija volvió a moverse.
—¿Evelyn? —La voz de Flynn llegó desde el pasillo—. ¿Por qué cerraste?
Miré el panel oculto.
—Está afuera.
La voz del oficial de seguridad permaneció tranquila.
—No abra. La tripulación de seguridad ya ha sido alertada discretamente.
—Mis padres.
—Estamos contactándolos por un canal seguro.
Cerré los ojos.
Seguían vivos.
Por ahora.
—¿Y el viaje a las montañas?
Hubo una pausa.
—Señora Sterling, su padre canceló ese viaje esta mañana.
Casi se me doblaron las piernas.
—¿Por qué?
—Porque detectamos comunicaciones sospechosas relacionadas con su itinerario.
Flynn golpeó suavemente la puerta.
—Cariño, abre. Te traje tu medicina.
Miré las dos pastillas que aparecieron bajo la puerta cuando deslizó un pequeño sobre.
Mi estómago se revolvió.
—Estoy duchándome —respondí.
—Abre cuando termines.
Sus pasos se alejaron.
El oficial habló otra vez.
—No consuma nada más que le proporcionen. Se está coordinando asistencia médica.
Me senté en el suelo.
—Dijo que tengo un poder firmado.
—Su equipo legal ya está revisando ese documento.
—Yo recuerdo haber firmado papeles antes de la boda.
—Eso no significa que tengan el alcance que él afirma. No firme nada más.
Respiré lentamente.
Entonces pregunté:
—¿Por qué estaban esperando que activara el sistema?
La respuesta tardó unos segundos.
—Porque su padre recibió una alerta hace tres días.
—¿Qué clase de alerta?
—Un intento de acceder a información restringida sobre la estructura patrimonial Sterling.
Sentí frío.
—¿Flynn?
—La solicitud no estaba a su nombre.
El oficial hizo una pausa.
—Estaba vinculada a Fiona Mercer.
Mi suegra.
De pronto entendí por qué aquella mujer había pasado meses preguntándome cosas aparentemente inocentes.
Qué propiedades estaban a mi nombre.
Quién administraba los fideicomisos familiares.
Qué ocurriría si mis padres murieran.
Yo había pensado que simplemente era entrometida.
No.
Estaba recopilando información.
Veinte minutos después escuché movimiento en el pasillo.
No gritos.
No peleas.
Solo órdenes firmes.
Después alguien llamó tres veces siguiendo el código de seguridad de la familia Sterling.
Abrí.
Dos miembros de seguridad estaban afuera junto con la médica del yate.
Flynn ya no estaba allí.
Tampoco sus padres.
Me llevaron a otra zona protegida del barco y comenzaron a atenderme.
Conté exactamente qué había tomado y cuándo, sin intentar adivinar qué contenían aquellas pastillas.
Todo sería documentado y analizado por profesionales.
Entonces apareció el capitán.
—Señorita Sterling, necesitamos mostrarle algo.
En una pantalla había registros de comunicaciones recuperados por el sistema del barco.
No solo las conversaciones de aquellas setenta y dos horas.
También había actividad vinculada a dispositivos conectados a la red privada del yate.
Flynn había buscado información sobre mis cuentas.
Mis padres.
Protocolos sucesorios.
Incluso había enviado fotografías de documentos que yo guardaba en nuestra casa.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
El capitán cambió de página.
Ocho meses.
Me quedé inmóvil.
Nos habíamos casado hacía tres semanas.
—Entonces empezó antes de la boda.
—Sí.
Apareció otra conversación.
No pude ver el contenido completo porque ya estaba siendo preservado para la investigación, pero reconocí una fecha.
El día en que Flynn me pidió matrimonio.
Aquella noche me había llevado al restaurante donde tuvimos nuestra primera cita.
Había llorado cuando acepté.
Pero horas antes había enviado un mensaje a un contacto guardado únicamente como R.
Ella aceptará. Después tendremos acceso legítimo.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Quién es R?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces entró el jefe de seguridad.
Su expresión había cambiado.
—Hemos hablado con su padre.
—¿Está bien?
—Ambos están seguros.
Respiré por primera vez en varios minutos.
—Pero hay un problema.
Colocó sobre la mesa una fotografía.
Era una imagen tomada en la recepción de mi boda.
Flynn aparecía hablando con un hombre junto a la terraza.
Reconocí al hombre inmediatamente.
—Ese es Martin Hale.
Martin llevaba quince años trabajando para mi padre.
Conocía nuestros viajes.
Nuestros vehículos.
Nuestras propiedades.
Nuestros protocolos familiares.
—¿Por qué me enseña esto?
El jefe de seguridad puso una segunda fotografía.
Martin entregándole algo a Flynn.
—Porque el itinerario de sus padres hacia las montañas nunca fue público.
Me quedé helada.
—¿Está diciendo que Martin se lo dio?
—Estamos diciendo que muy pocas personas tenían acceso a esa información.
Entonces apareció mi padre en la pantalla de videollamada segura.
Su rostro estaba pálido.
—Evelyn.
—Papá.
Casi lloré al escucharlo.
—Estás a salvo —dijo—. Eso es lo único importante ahora.
—Flynn sabía vuestro itinerario.
Mi padre asintió lentamente.
—Y ahora sabemos algo más.
Levantó una carpeta.
—Revisamos cómo Flynn entró por primera vez en tu vida.
—Lo conocí en aquella gala benéfica.
—Eso creíamos.
Mi padre abrió la carpeta.
—Pero Flynn ya había intentado acercarse a una empresa Sterling casi dos años antes.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Para qué?
—Solicitó un puesto en nuestra división de gestión patrimonial.
—Nunca me contó eso.
—Porque fue rechazado.
Mi padre pasó otra página.
—Pero alguien desde dentro reactivó su expediente meses después.
—¿Quién?
Mi padre levantó la vista.
—Martin Hale.
El silencio fue absoluto.
Entonces recordé algo que había ignorado durante años.
Martin había sido precisamente quien nos presentó aquella noche.
Había sonreído, puesto una mano sobre el hombro de Flynn y dicho:
“Evelyn, tienes que conocerlo. Creo que ustedes dos tienen mucho en común.”

Aquello nunca había sido casualidad.
Flynn no había entrado en mi familia cuando se casó conmigo.
Alguien dentro de la familia Sterling llevaba casi dos años colocándolo en mi camino.
Y todavía no sabíamos si Martin era el cerebro del plan…
o simplemente otro hombre que recibía órdenes de alguien mucho más cercano a mi padre.