PARTE 2: Julian descubrió que Noah había nacido exactamente nueve meses después de nuestra última noche juntos

Pensé que Julian respetaría mi mentira.

Me equivoqué.

Una hora después, mientras Noah dormía conectado al suero, escuché pasos frente a la habitación.

Levanté la mirada.

Julian estaba allí.

Todavía llevaba la ropa del hospital.

Una enfermera permanecía a su lado, claramente preocupada por que estuviera fuera de su habitación.

—Cinco minutos —dijo ella—. Después vuelve a la cama.

Julian asintió.

Yo me levanté inmediatamente.

—No puedes estar aquí.

Él no respondió.

Miraba a Noah.

Mi hijo dormía de lado, abrazado a su pequeño dinosaurio azul.

—¿Cuántos años tiene?

—Julian…

—Solo responde eso.

—Seis.

Vi cómo hacía el cálculo.

—¿Cuándo cumple siete?

Mi silencio contestó por mí.

Julian cerró los ojos.

—Nació nueve meses después de la última vez que estuvimos juntos.

—No hagas esto.

—¿Es mi hijo?

Me interpuse entre él y la cama.

—Noah está enfermo. Este no es el momento.

—Entonces dime cuándo será el momento.

—Cuando yo decida que puede soportarlo.

Aquello lo detuvo.

Julian miró nuevamente al niño.

—¿Él sabe algo de mí?

Sentí que la culpa me atravesaba.

—Cree que su padre viaja mucho.

Julian soltó una risa rota.

—Eso explica lo que dijo en el pasillo.

Lo miré.

—¿Lo escuchaste?

—Preguntó por su padre mientras tú lo llevabas en brazos.

Bajé la mirada.

—No quería que creciera pensando que alguien lo había abandonado.

—Pero yo no lo abandoné.

Su voz cambió.

—Ni siquiera sabía que existía.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Siete años de recuerdos regresaron de golpe.

La lluvia.

La maleta.

Aquella conversación.

La mujer que apareció en el apartamento de Julian asegurando estar embarazada de él.

Las fotografías.

Los mensajes.

Y finalmente las palabras que recibí desde su propio teléfono:

No vuelvas. Julian ha elegido su carrera y su familia.

—Porque me dijeron que ya habías elegido —respondí.

Julian frunció el ceño.

—¿Quién?

Antes de que pudiera contestar, Noah se movió.

Abrió lentamente los ojos.

—Mamá…

Corrí hacia él.

—Estoy aquí.

Entonces vio a Julian.

Lo observó durante varios segundos.

Julian parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Quién es? —preguntó Noah.

No estaba preparada.

—Es…

Julian no me ayudó.

Esperó.

—Un antiguo amigo de mamá.

Noah volvió a mirarlo.

—Te conozco.

Mi corazón se detuvo.

Julian parpadeó.

—¿A mí?

Noah señaló débilmente hacia mi bolso.

—Mamá tiene una foto tuya.

Cerré los ojos.

Había olvidado aquella fotografía.

La única que nunca conseguí tirar.

Julian me miró.

No dijo nada.

No hacía falta.

La enfermera apareció para llevárselo.

Antes de marcharse, Julian se volvió.

—No voy a presionarte delante de Noah.

Hizo una pausa.

—Pero necesito saber qué ocurrió hace siete años.

Aquella tarde, cuando Noah estuvo más estable, encontré a Julian esperándome en una sala privada.

Le conté todo.

La mujer.

El supuesto embarazo.

Los mensajes.

La advertencia de que desaparecería de mi vida si intentaba contactar con él.

Julian fue perdiendo el color.

—Nunca dejé embarazada a nadie.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Y jamás te envié esos mensajes.

Sacó su teléfono.

Buscó durante unos segundos.

Después me mostró una fotografía antigua.

La fecha era de dos semanas después de mi desaparición.

Julian aparecía frente a mi antiguo apartamento.

Debajo había un mensaje enviado a su representante:

Sigue sin estar. Nadie sabe dónde se fue.

—Te busqué durante meses.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Entonces alguien nos separó.

—Sí.

—¿Quién tenía acceso a tu teléfono?

Julian no respondió inmediatamente.

Eso me dio miedo.

—En aquella época, tres personas conocían mis contraseñas.

Su representante.

Su asistente.

Y su madre.

Me quedé helada.

Yo había conocido a Victoria Cross una sola vez.

Había sido suficiente.

Nunca me consideró adecuada para su hijo.

Julian se levantó.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La mujer que viste aquella noche existía.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Entonces mentiste?

—No era mi amante.

Julian tragó saliva.

—Trabajaba para mi madre.

Antes de que pudiera reaccionar, mi teléfono sonó.

Era mi madre.

Contesté.

—¿Mamá?

Su voz estaba extrañamente seria.

—¿Estás con Julian Cross?

Miré hacia él.

—¿Cómo lo sabes?

Silencio.

—Porque Victoria Cross acaba de llamarme.

Sentí frío.

—¿Después de siete años?

—No, cariño.

Mi madre respiró profundamente.

—Eso es lo que necesito decirte.

Me agarré al borde de la mesa.

—¿Qué quieres decir?

—Victoria lleva años sabiendo dónde vives.

No pude hablar.

—Mamá…

—Y hay algo que nunca te conté porque pensé que estaba protegiéndote.

Su voz se quebró.

—Cuando Noah tenía tres meses, Victoria vino a verme.

Miré a Julian.

Él había oído suficiente para comprender.

—¿Vio a Noah?

Mi madre tardó demasiado en responder.

—Sí.

Julian cerró los ojos.

Pero la siguiente frase fue todavía peor.

—Y no vino sola.

—¿Quién estaba con ella?

Mi madre comenzó a llorar.

—El representante de Julian.

Entonces comprendí que Noah jamás había sido el secreto que yo creía.

Dos de las personas más cercanas a Julian sabían desde hacía seis años que tenía un hijo.

Y habían conseguido que ninguno de los dos descubriera que el otro todavía nos estaba buscando.

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