Martin dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Mi hermano? ¿Por qué preguntas?
Me encogí de hombros.
—Hace tiempo que no vemos a Kevin.
Margaret intervino demasiado rápido.
—Quizá venga después de tu viaje.
Sonreí.
—Qué bien.
Dos horas después estaba frente a la abogada Rebecca Sloan.
Puse sobre su escritorio los documentos de nuestra vivienda, los movimientos de la hipoteca y una fotografía del boleto ganador.
Rebecca comprobó los números dos veces.
Después levantó la mirada.
—Antes de hacer cualquier movimiento importante con el premio, vamos a revisar cómo se aplica la ley en tu situación concreta y cómo reclamarlo correctamente.
Asentí.
—¿Y la casa?
—No firmes ningún documento que te entregue Martin sin que lo revisemos primero.
Eso era exactamente lo que pensaba hacer.
Durante los siguientes días actué con normalidad.
No mencioné la lotería.
No discutí con Margaret.
Y no cancelé mi supuesto viaje a North City.
El jueves, Martin apareció con una carpeta azul.
—Son los documentos que te comenté.
Me los entregó.
—¿Qué son?
—Una actualización relacionada con la hipoteca.
Abrí la primera página.
Martin extendió un bolígrafo.
—Solo firma donde marqué.
Lo miré.
—¿No debería leerlos?
Sonrió.
—Clara, llevamos cinco años casados. ¿Desde cuándo necesitas revisar cada papel que te doy?
Desde que te escuché planear quitarme mi propia casa, pensé.
Pero sonreí.
—Tienes razón.
Tomé la carpeta.
—Los firmaré después de acostar a Bella.
Martin dudó.
—Preferiría enviarlos hoy.
—Entonces los leeré rápido.
Su sonrisa desapareció.
Aquella noche fotografié cada página y se las envié a Rebecca.
Su llamada llegó quince minutos después.
—No firmes absolutamente nada.
—¿Es la transferencia?
—Es más amplio de lo que esperábamos.
Los documentos otorgaban facultades relacionadas con la vivienda que yo jamás habría aceptado conscientemente.
Pero había algo todavía más extraño.
Entre las páginas aparecía una valoración reciente del apartamento.
—¿Quién solicitó esto? —pregunté.
—Estamos comprobándolo.
A la mañana siguiente fingí marcharme a North City.
En realidad, Bella y yo nos instalamos temporalmente con mis padres.
Martin creyó que yo estaba a cientos de kilómetros.
A las once, la cámara de seguridad de nuestro apartamento me envió una notificación.
Kevin había llegado.
Con Margaret.
Y con un hombre que llevaba una carpeta.
Observé desde el teléfono.
Martin los recibió.
Durante casi una hora hablaron en el salón.
El audio era demasiado lejano para entenderlo todo.
Pero escuché una frase perfectamente.
Margaret dijo:
—Cuando Clara vuelva, ya no podrá cambiar nada.
Cerré la aplicación.
No necesitaba seguir mirando.
Rebecca ya estaba documentando lo necesario.
Mientras tanto, inicié el procedimiento correspondiente para reclamar el premio con asesoramiento profesional.
Dieciocho millones.
Martin seguía sin saberlo.
Esa misma tarde me llamó.
—¿Cómo está North City?
Miré a Bella dormida junto a mí.
—Muy tranquila.
—¿Firmaste los papeles?
—Todavía no.
Silencio.
—Clara, te dije que eran urgentes.
—Entonces explícame exactamente qué autorizan.
Tardó tres segundos en contestar.
—Ya te lo expliqué.
—No. Dijiste “cosas del banco”.
Su tono cambió.
—¿Qué te pasa últimamente?
—Estoy aprendiendo a leer antes de firmar.
Colgué.
Una hora después, Rebecca me llamó.
—Tenemos otro problema.
—¿Qué ocurrió?
—La valoración del apartamento no se pidió únicamente para transferirlo a Kevin.
Me incorporé.
—¿Entonces?
—También se utilizó para preparar una solicitud financiera vinculada a una empresa.
Sentí un vacío en el estómago.
Martin nunca me había hablado de ninguna empresa.
—¿De quién?
—De Kevin y Margaret.
Guardé silencio.
—¿Martin lo sabía?
—Su nombre aparece en la documentación preliminar.
Cerré los ojos.
Aquello ya no era una madre favoreciendo al hijo menor.
Los tres habían estado planeándolo.
Cuando Rebecca continuó, su voz se volvió más seria.
—Clara, hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—La solicitud fue preparada hace casi cuatro meses.
Miré a Bella.
Cuatro meses.
Mucho antes de ganar la lotería.
Mucho antes de escuchar aquella conversación.
—Entonces llevaban meses planeando quedarse con la casa.
—Eso parece.
Rebecca hizo una pausa.
—Pero hay una segunda dirección en el expediente.
—¿Qué dirección?
Me la leyó.
La reconocí inmediatamente.
Era la casa de Margaret.
—¿Qué tiene que ver mi suegra?
—Según estos documentos, hace dos meses alguien inició también una operación sobre esa propiedad.
—¿Kevin?
—No.
Rebecca respiró profundamente.
—Martin.
Me quedé inmóvil.
—No entiendo.
—Yo tampoco. Porque Margaret aparentemente cree que Martin está ayudando a Kevin a conseguir tu apartamento.
—¿Y en realidad?
—Parece que Martin estaba preparando operaciones sobre las propiedades de las dos.
Miré el boleto ganador guardado dentro de la carpeta de mi madre.
De repente comprendí que había cometido un error.

Pensé que Martin y Margaret estaban juntos contra mí.
Pero quizá Margaret tampoco sabía con quién estaba casada yo.
Y si Martin estaba dispuesto a engañar a su propia madre, necesitaba descubrir qué pensaba hacer después de quedarse con ambas casas.