PARTE 2: Los 360.000 euros no eran el único secreto de Daniel

No llamé a Daniel.

Llamé a mi abogada.

Le envié la fotografía de la escritura, el comprobante de la transferencia y los movimientos de nuestra cuenta conjunta.

—No firmes nada y guarda copias de todo —me dijo—. Primero averiguaremos exactamente qué ha hecho.

Aquella tarde abrí una cuenta únicamente a mi nombre y trasladé allí mi salario futuro.

No toqué dinero que pudiera convertirse en una disputa.

Solo dejé de añadir más.

Daniel regresó cerca de las diez.

—¿Has cenado?

Casi me hizo gracia.

—Sí.

Dejó las llaves.

—Valeria está pasando una situación complicada.

—Lo imagino. Un piso de 360.000 euros debe generar mucho estrés.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

Le mostré la transferencia.

Durante varios segundos no habló.

—Puedo explicarlo.

—Adelante.

—Es temporal. Valeria necesitaba estabilidad para Leo.

—¿Con nuestro dinero?

—También es mi dinero.

—Es una cuenta conjunta.

Daniel se pasó una mano por el rostro.

—Te lo devolveré.

Entonces comprendí algo.

No había dicho que la escritura fuera falsa.

—¿Desde cuándo planeabas comprarle ese piso?

—Lucía…

—¿Antes o después de que yo pidiera el divorcio?

Silencio.

Eso fue suficiente.

Cogí mi bolso.

Daniel bloqueó la puerta, sin tocarme.

—¿Adónde vas?

—A casa de mi hermana.

—No conviertas esto en algo más grande.

Lo miré fijamente.

—Tú convertiste 360.000 euros en algo bastante grande.

A la mañana siguiente, mi abogada consiguió una copia completa de la operación.

El piso no estaba solamente a nombre de Valeria.

Existía una cláusula adicional.

Leo tenía derecho de uso protegido durante años.

Eso me desconcertó.

Daniel siempre había sido indiferente con los niños ajenos.

¿Por qué estaba comprometiendo tanto dinero por el hijo de su ex?

Entonces recordé la lista.

Tarjeta sanitaria.

Certificado de domicilio.

Fotos.

Documentos originales.

No eran simples papeles para cambiar a Leo de colegio.

Parecían los documentos necesarios para reorganizar toda su vida.

Llamé al número desconocido que me había enviado la fotografía.

Respondió una mujer.

—Por fin.

—¿Quién eres?

—Alguien que trabaja en la inmobiliaria.

—¿Por qué me ayudas?

Hubo una pausa.

—Porque ayer Daniel preguntó si después de la Fiesta de la Luna podía modificar el titular definitivo del inmueble.

—¿A nombre de quién?

—Eso no quiso decirlo.

Sentí un escalofrío.

—¿Hay algo más?

—Sí. Daniel visitó el piso por primera vez hace casi ocho meses.

Ocho meses.

Mucho antes de aquel encuentro en el Registro Civil.

Aquello llevaba tiempo planeándose.

Esa tarde recibí otro documento de mi abogada.

No tenía relación con el piso.

Era una solicitud presentada semanas atrás para modificar determinados beneficiarios de una póliza privada de Daniel.

Mi nombre había desaparecido.

Valeria tampoco figuraba.

Solo aparecía uno.

Leo Álvarez.

Me quedé mirando la pantalla.

Llamé inmediatamente a Daniel.

Esta vez respondió.

—¿Qué quieres?

—Quiero saber por qué Leo figura como beneficiario de tu póliza.

Silencio.

—¿Quién te dio ese documento?

—Respóndeme.

—No es asunto tuyo.

—Todavía soy tu esposa.

Daniel respiró con fuerza.

—Precisamente por eso quería resolver todo después de la fiesta.

—¿Resolver qué?

Colgó.

Una hora después apareció en casa de mi hermana.

Pero no venía solo.

Valeria estaba con él.

Tenía los ojos hinchados.

—Lucía —dijo—, necesito hablar contigo sin Daniel.

Él giró bruscamente.

—Valeria, no.

Ella lo ignoró.

—El piso no fue idea mía.

—Cállate.

—Y los 360.000 euros tampoco.

Daniel avanzó, pero mi hermana abrió la puerta completamente y se quedó a mi lado.

Valeria sacó un sobre.

—Daniel me pidió que esperara hasta después de la Fiesta de la Luna para darte esto.

—¿Qué contiene?

Sus dedos temblaron.

—La razón por la que está haciendo todo por Leo.

Daniel palideció.

—No se lo des.

Valeria me entregó el sobre.

Dentro había un documento del Registro Civil.

El mismo lugar donde los había visto juntos.

Pero no era una escritura ni un trámite escolar.

Era una solicitud para corregir los datos de filiación de Leo.

Levanté lentamente la mirada.

—Daniel…

Valeria empezó a llorar.

—Lucía, hay algo que él nunca te contó sobre la época anterior a vuestro matrimonio.

Daniel cerró los ojos.

Y Valeria terminó la frase que él llevaba meses intentando impedir que yo escuchara.

—Leo no tiene tres años.

—¿Qué?

—Los documentos que viste no eran para cambiarlo de colegio.

Me señaló la última página.

—Eran para devolverle legalmente la identidad que alguien le cambió cuando nació.

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