PARTE 2: La razón por la que Ethan nunca llegó al hotel

Nueve días después, Ethan entró en nuestra casa convencido de que me encontraría allí.

Dejó las llaves sobre la mesa.

—¿Dónde están Claire y Nora?

El mayordomo vaciló.

—La señora no ha regresado desde el viaje.

Ethan frunció el ceño.

—¿Nueve días?

—Sí, señor.

Sacó el teléfono.

Mis diecisiete mensajes seguían allí.

También el último que él había enviado:

Estoy ocupado. No exageres.

Marcó mi número.

Apagado.

Entonces llamó al hotel.

La respuesta terminó de despertarlo.

—La señora Reeves abandonó la habitación la mañana siguiente a su llegada.

—¿Con mi hija?

—Sí, señor.

—¿Adónde fueron?

—No disponemos de esa información.

Por primera vez, Ethan recordó que Nora tenía fiebre.

Llamó a varios hospitales hasta confirmar que habíamos pasado aquella noche en urgencias.

Nora había recibido atención y había sido dada de alta estable.

Eso debió tranquilizarlo.

No lo hizo.

Porque también descubrió algo más.

Yo había dejado como contacto de emergencia a mi hermana, Rebecca.

No a él.

Ethan llamó inmediatamente.

Rebecca contestó al tercer intento.

—¿Dónde está Claire?

—Segura.

—Quiero hablar con mi esposa.

—Debiste querer hablar con ella cuando tu hija estaba enferma.

Ethan apretó los dientes.

—Rebecca, no te metas en mi matrimonio.

—Tú saliste de él hace nueve días.

Y colgó.

Aquella misma tarde, Ethan recibió un correo de mi abogada.

No contenía amenazas.

Solo tres cosas.

Una solicitud formal de separación.

Una propuesta temporal para organizar los asuntos relacionados con Nora.

Y una petición para que cualquier comunicación conmigo se hiciera por escrito.

Ethan apareció en casa de Rebecca esa noche.

Yo no estaba allí.

—¿Dónde está?

—No voy a decírtelo.

—¡Es mi esposa!

Rebecca lo miró fijamente.

—Entonces quizá puedas explicarme por qué abandonaste a tu esposa y a tu hija en Miami para ir a ver a Vanessa Cole.

Ethan se quedó inmóvil.

Vanessa.

El nombre que yo todavía no conocía.

Rebecca había empezado a hacer preguntas después de recogerme del hospital.

No necesitó investigar demasiado.

Vanessa era directora de adquisiciones de Reeves Development.

Y aquella supuesta reunión urgente en Miami nunca había existido.

Ethan había ido directamente desde el aeropuerto a un apartamento de Brickell.

El apartamento de Vanessa.

Cuando mi abogada me enseñó las fotografías, no lloré.

Lo único que pregunté fue:

—¿Cuánto tiempo?

—Todavía no lo sabemos.

Entonces apareció algo inesperado.

El proyecto de Florida que Ethan llevaba meses utilizando como excusa para viajar estaba atravesando una revisión interna.

Y Vanessa figuraba en varios documentos.

Pero aquello seguía siendo problema de Ethan.

Yo tenía otro.

Nora.

Durante esos nueve días alquilé un pequeño apartamento cerca de mi hermana.

Organicé sus controles médicos.

Recuperé documentos personales que guardaba fuera de casa.

Y empecé a construir una vida donde no tuviera que suplicar a nadie que respondiera diecisiete mensajes.

La décima mañana, Ethan apareció en el despacho de mi abogada.

Parecía no haber dormido.

—Necesito hablar con Claire.

Yo estaba en la sala contigua.

Acepté verlo durante diez minutos.

Cuando entré, se levantó.

—Claire…

—Nora está bien.

Sus hombros bajaron ligeramente.

—Gracias a Dios.

—No gracias a ti.

Ethan cerró los ojos.

—Cometí un error.

—No. Un error es olvidar una reserva. Tú leíste que tu hija estaba enferma y decidiste que yo exageraba.

No tuvo respuesta.

Entonces pregunté:

—¿Quién es Vanessa?

Su silencio me bastó.

Pero antes de que pudiera responder, mi abogada entró.

Llevaba una carpeta.

—Claire, acaba de llegar algo relacionado con el viaje a Miami.

Ethan levantó la cabeza demasiado rápido.

Lo noté.

—¿Qué cosa?

Mi abogada colocó sobre la mesa una copia del registro de acceso al edificio donde vivía Vanessa.

El nombre de Ethan aparecía muchas veces.

Pero no fue eso lo que me sorprendió.

Había otro nombre registrado repetidamente durante los mismos meses.

Lo reconocí.

Era Thomas Reeves.

El padre de Ethan.

El hombre que llevaba cuatro años diciéndome que yo debía ser más comprensiva con los viajes de negocios de su hijo.

Miré a Ethan.

—¿Tu padre también conocía a Vanessa?

Ethan no respondió.

Su rostro había perdido todo el color.

Entonces comprendí que la mujer por la que había abandonado a Nora y a mí en el aeropuerto no era un secreto que Ethan hubiera estado escondiendo solo.

Toda la familia Reeves sabía mucho más de lo que me habían contado.

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